El reto de la rectitud en las elecciones: las personas siguen siendo claves

Alejandro Fontana, PhD

Recientemente los peruanos nos hemos expresado políticamente para elegir las autoridades democráticas que liderarán nuestro país los siguientes cinco años. En condiciones de un verdadero interés por el bien común, a estas alturas, hubiéramos conocido ya el resultado de nuestra elección. Los hechos, sin embargo, apuntan a mostrar que el proceso no ha sido conducido bajo la óptica de la búsqueda del bien común.

Por lo tanto, esta situación me permite analizar la relevancia que nuestra sociedad ha prestado o no, a la adquisición de una calidad moral de sus integrantes. Me preguntaría, ¿los criterios morales están presentes en nuestra vida profesional? ¿de qué manera desde las empresas y desde la administración pública se promueve y se enseña este tipo de comportamiento? ¿cuánto se profundiza en las cuestiones éticas en las Escuelas de Negocio y en las Escuelas de preparación para la actividad pública? Hemos de convencernos, que la sostenibilidad de una sociedad requiere la construcción de criterios éticos a nivel personal y colectivo.

Para mostrar, de modo académico esta realidad voy a utilizar un modelo elaborado por el profesor Josep Rosanas, del IESE. Es una modelo sencillo que puede aplicarse a toda realidad donde se presenten una estructura formal de actuación: un reglamento de un club, un sistema de incentivos en una empresa, una norma jurídica, etc.; y la actuación propia de los decisores, quienes deben aplicar dicho reglamento, sistema o norma.

 Como tenemos dos variables independientes, entonces podemos armar un espacio cartesiano. En el eje horizontal aplicaremos la calidad técnica del sistema formal (reglamento, sistema o norma); y en el vertical, la calidad moral de los decisores que aplican dicho sistema. Con relación a la calidad técnica del sistema formal, podemos plantearnos dos alternativas. De un lado, que el sistema es justo y muy bueno: ha sido hecho con mucha precisión y buscando efectivamente el bien común. Y de otro lado, que el sistema tiene más bien fallas técnicas, o que es ambiguo y tiene muchos puntos que darían ocasión a faltas de justicia, corrupción, etc.   Finalmente, en cuanto a los decisores, podríamos optar también por dos alternativas de clasificación: se trata de personas justas; o más bien, se trata de personas que buscan su propio interés y no el bien común.

Como consecuencia de esto, obtendríamos la matriz que se recoge en la siguiente figura:

Fuente: Teoría de los sistemas formales e informales del Prof. Josep Rosanas

Por lo tanto, esta matriz nos permite apreciar que los escenarios deseables son el A y el D. Ambos escenarios con un elemento común: la calidad ética de los decisores. De allí la necesidad que como sociedad, tenemos de empeñarnos cada vez más en fomentar y promover la calidad moral. Es una cualidad imprescindible para nuestros directivos, jueces, autoridades políticas, funcionarios, directivos de sindicatos, profesores, profesionales, comerciantes, operarios, técnicos, estudiantes universitarios, escolares, niños…

Pienso también, que a partir de este análisis, cada uno de nosotros puede hacerse una idea  de qué deberíamos exigir como sociedad al observar unas irregularidades en el actual proceso electoral.  

Ante las próximas elecciones

Alejandro Fontana, PhD

            Dentro de pocos días, en nuestro país, se decidirá la calidad de futuro que queremos para nosotros y para los nuestros. Algunos piensan que todo ya está hecho, que lo que nos tocará será sufrir una serie de atropellos y despojos, porque el destino así lo ha querido, o porque, acaso, otros no hicieron antes lo que debían hacer.

            Si fuera así, una vez más, se cumpliría aquello de que otros son los que deciden nuestro destino, sin darnos cuenta, también una vez más, que el porvenir siempre ha estado y seguirá estando en nuestras manos y en nuestros corazones.  La decisión no la tomarán otros, porque la podemos, la debemos tomar nosotros mismos.

            A lo largo de las publicaciones que he hecho hasta ahora, he procurado desvelar la responsabilidad que tenemos aquellos que ocupamos puestos directivos en el sector empresarial. Somos responsables de nuestros colaboradores, en particular; y en general, del bienestar de la sociedad. Quienes estamos en el sector empresarial no solo generamos una riqueza material; fundamentalmente, resolvemos una necesidad social, una problemática que no se resolvería si faltasen las empresas. El impacto y la capacidad que tiene, por tanto, este sector es muy grande. Y como tiene estas capacidades, también hemos de sentirnos responsables por el bienestar de toda la población, especialmente de los más débiles.

            Por tanto, con la preocupación por el futuro de todas estas personas y sus familias, y sabiendo que por nuestra posición podemos llegar a muchas familias, considero que estamos en capacidad de neutralizar la amenaza política actual. Cuando el sector empresarial se vincula con las familias de sus colaboradores, las de sus proveedores y las de las economías domésticas, se genera un escudo tan fuerte que ninguna amenaza política es capaz de vencer. En ese sentido, me gusta mucho poner el ejemplo de Industrias San Miguel del Caribe, que superó un torbellino político en República Dominicana, precisamente, por la fuerza de su vinculación con las familias de los pobladores y las de las economías domésticas.

            Como tareas, nos quedan: ahora, hacer ver a las personas que dependen de nosotros, que si deseamos un país con libertad y con bienestar, especialmente para los más necesitados, solo tenemos una opción. E inmediatamente luego, asumir el rol que nos corresponde: promover y velar por el bienestar social. Estamos llamados a trabajar intensamente por el bienestar de nuestra gente, y también por la de aquellos que huyendo de realidades crueles vengan a cobijarse a este país generoso, que siempre se ha caracterizado por su hospitalidad con el extranjero.

            El peor momento de la historia del país lo vivieron nuestros abuelos o bisabuelos al terminar la Guerra del Pacífico. Ningún medio de producción quedó en pie; todo había sido destruido. Hubo hambre y muchas penurias. La tarea, además, era enorme; había que rehacer todo, y eso, sin contar con el apoyo de la generación joven, que había caído en la defensa de la patria. Pero esos hombres y mujeres, que habían perdido sus hijos, se sorbieron sus lágrimas, se levantaron, y ellos mismos, reconstruyeron nuevamente la nación, generando alimento y cobijo a toda la población. No contaron con ninguna ayuda internacional, tampoco con la ayuda del Estado, que no tenía nada, porque el único ingreso que le había quedado fue el pobre impuesto de la aduana del Callao. Todo se hizo con el esfuerzo y el trabajo de todos, eso sí, asumiendo cada uno su rol en la búsqueda del bienestar social.  Una década después, y a pesar de las pérdidas que se habían tenido, la economía del país era más floreciente, incluso, que la de antes del conflicto.    

            Adjunto un testimonio de alguien que padeció en primera persona el horror del terrorismo. Eso es lo que las ideologías del odio generan a su alrededor. Este testimonio puede ayudarnos en la labor que ahora, debemos asumir para defender a nuestra gente y a los más vulnerables de nuestro país. La historia, felizmente, sigue estando en nuestras manos…

CARTA ABIERTA A MIS COMPATRIOTAS

Por Mons. José Antonio Eguren Anselmi

Queridos Compatriotas: Después de haber orado y discernido, les escribo esta “Carta Abierta” ante la difícil encrucijada en la cual nos encontramos de cara a la segunda vuelta electoral. Mi amor al Perú me ha movido a hacerlo. Lo hago como un peruano más, que no quiere para su país que el totalitarismo comunista destruya nuestra libertad, nuestros derechos e independencia, aquellos que precisamente hace 200 años nos legaron nuestros Próceres y por la cual derramaron su sangre nuestros Héroes.

La disyuntiva electoral ante la cual nos encontramos ha traído a mi memoria males y peligros que pensé que nunca más volverían a aparecer en nuestro futuro como país. Ha traído el recuerdo de una ideología totalitaria que acepta que el fin justifica los medios, sin importar si éstos traen atropellos, violencia y muerte. Es la utilización de la democracia por quienes no creen en ella sino solamente en su ideología.

Cuando era un joven sacerdote me enteraba a diario con dolor y estupor de las atrocidades que cometía en aquel entonces el terrorismo demencial de Sendero Luminoso: masacres de comunidades enteras de humildes pobladores de nuestros Andes y Selva, así como de personas en las ciudades. A ello se sumaban los asesinatos de miembros de nuestras Fuerzas Armadas y Policía Nacional, y los demenciales atentados con coches bomba llenos de dinamita y anfo, de odio y muerte. En algunas ocasiones me tocó confortar espiritualmente a familias a quienes el terrorismo les asesinó o secuestró a un ser querido.

Los jóvenes de hoy no han vivido aquella época de barbarie y zozobra en las que además pasábamos largas noches sumidos en la oscuridad por el derribo de las torres de alta tensión, y nuestros padres esperaban nuestro regreso a casa sumidos en la angustia y el temor, pues no existían los celulares en aquellos tiempos.

Recuerdo que, cuando San Juan Pablo II realizó su histórico primer viaje apostólico al Perú el año 1985, regresando el 4 de febrero ya de noche de su visita a Piura y a Trujillo, Lima quedó en tinieblas por un nuevo atentado terrorista, y en la cumbre del cerro San Cristóbal se dibujó la hoz y el martillo, símbolos del nefasto comunismo, «intrínsecamente perverso» como enseñaba Pío XI, que proclama al odio y a la violencia como los motores de la historia. ¿Volverá a dibujarse 36 años después?

En 1989, fui vicario parroquial y me tocó servir pastoralmente en la zona de Ate-Vitarte, que en aquellos tiempos era un distrito con fuerte presencia senderista. Fui amenazado de muerte, exigiéndome Sendero cerrar el templo y no volver. No hice caso. Según me contaron mis entonces feligreses, por desencuentros providenciales en días y horas, los que iban a atentar contra mi vida no me encontraron.

Los comedores parroquiales de mi capilla de la Santísima Cruz de Ate, que daba alimento gratuito a los más pobres en aquellos tiempos de crisis y violencia homicida, fueron varias veces saqueados por los terroristas quienes se llevaban las reservas de alimentos para los pobres y destruían la humilde infraestructura de los comedores al grito de, “hoy es paro armado, aquí nadie cocina”, pretendiendo así amedrentar a las valerosas mujeres que se disponían a cocinar para las familias de su comunidad, pero que nunca dejaron de hacerlo a pesar de las amenazas. Jamás se dejaron robar la esperanza.

No olvidemos que el odio totalitario de Sendero Luminoso a la fe católica llevó al asesinato de tres sacerdotes por negarse a abandonar a su grey, los cuales fueron beatificados el 2015. Recientemente el Papa Francisco también ha firmado el decreto de beatificación por el martirio de la religiosa misionera María Agustina Rivas López conocida como «Aguchita», asesinada en 1990. El factor común de los cuatro era la práctica de la caridad con el prójimo y predicar en nombre de Cristo.

Para los llevados por la ideología senderista y comunista, darle de comer a los hambrientos, es adormecer sus conciencias frente a la “lucha de clases” y a la “revolución”. Para ellos, la religión es, como afirmaba Marx, el “opio del pueblo”. No nos extraña por eso su odio a la fe, a cuyo anuncio se ha forjado el Perú, y que ha sido y es fuente de unidad, amor y fraternidad entre los peruanos de todos los tiempos, de todas las clases sociales y de todas las sangres, porque sólo Cristo puede ser principio y fundamento de una auténtica reconciliación social.

Ahí está como prueba de ello la procesión del Señor de los Milagros, la manifestación pública de religiosidad popular más grande del mundo. Ahí está también, como prueba de ello, el decidido compromiso solidario y caritativo de la Iglesia en estos tiempos de pandemia con los enfermos y sus familias, y con los que hoy han perdido su trabajo y pasan hambre.

De otro lado, no olvidemos que la libertad religiosa es un derecho fundamental de la persona humana a defender, y que por encima de las ideologías y los partidos políticos, está la verdad de Cristo, plenitud de todo lo humano, y para los católicos, nuestra adhesión a la Iglesia, la cual siempre nos ha inculcado, junto con la fe, nuestro amor y compromiso con el Perú, nuestra Patria. No hay que olvidar que el 90% de los peruanos se identifica con la fe cristiana.

Soy consciente de la penuria, pobreza y miseria por la que pasan aún hoy en día millones de compatriotas que no tienen los más elementales servicios públicos, e igualdad de oportunidades para su realización personal, familiar y comunitaria. Ciertamente existe en amplios sectores sociales de nuestro país una rabia y una frustración por culpa de los malos gobiernos que hemos tenido y de un sector frívolo de nuestra sociedad que aborda la vida con superficialidad, preocupándose solamente por lo que le pasa a nivel individual, sin comprometerse con las necesidades de los demás, especialmente de los más pobres.

Todo ello se ha agravado aún más por la terrible pandemia que todavía sufrimos, acentuada por la pésima gestión de los que integran el Ejecutivo, y que ha cobrado la vida de miles de compatriotas, sumiendo en el dolor y la pobreza a muchísimas familias peruanas que no tienen un acceso digno a los servicios de salud. Las desigualdades injustas y la marginación han de ser un constante incentivo para toda conciencia, especialmente la cristiana, pero no por medio de opciones de odio y de muerte.

Precisamente como nos dijo de forma profética San Juan Pablo II en Ayacucho en 1985: “Grave es la responsabilidad de las ideologías que proclaman el odio, el rencor y el resentimiento como motores de la historia. Como el de los que reducen al hombre a dimensiones económicas contrarias a su dignidad. Sin negar la gravedad de muchos problemas y la injusticia de muchas situaciones, es imprescindible proclamar que el odio no es nunca camino: sólo el amor, el esfuerzo personal constructivo, pueden llegar al fondo de los problemas”.

Ver ahora que el peligro de la alternativa violentista y totalitaria de aquellos tiempos pueda hacerse del poder en el Perú en las próximas elecciones me lleva a decirles a mis compatriotas que no podemos permitir que grupos vinculados o afines a Sendero Luminoso, o acríticos a éste, puedan regir los destinos de nuestra Patria para perpetuarse en el poder y llevar adelante su agenda de división, violencia y más pobreza, bajo la falsa apariencia de formas democráticas, pero que son en verdad expresiones de la manipulación del poder y del adoctrinamiento.

¿Queremos ser otra Cuba, Bolivia, Nicaragua o Venezuela, donde la libertad sea conculcada? ¿Queremos un país sin democracia dónde la pobreza extrema llegue a niveles siderales? ¿Queremos un Perú donde nuestra fe cristiana no sea respetada y tomada en cuenta? La sangre de 70,000 muertos de la época de la delincuencia terrorista que sufrió el Perú, nos reclama no ser cómplices de la tragedia que les costó la vida. Esperemos que la sabiduría del pueblo no se vea engañada por falsas promesas que aprovechan sus frustraciones para llevarlo a un precipicio.

 Los que nos han gobernado, especialmente en los últimos 20 años, tendrán que rendir cuentas, no sólo ante la justicia humana, sino sobre todo ante la Divina, por su incapacidad e indolencia para resolver los problemas estructurales del país pudiendo hacerlo, por no haber luchado contra la corrupción y/o haber participado de ella, por no haber promovido adecuadamente la justicia social en áreas tan importantes como la salud, la educación, la vivienda, el trabajo, y la economía habiendo recursos abundantes para ello, y por haber envilecido la política con la mentira y el beneficio propio, cuando ésta es una de las formas más preciosas de la caridad, porque el objetivo de la política es la búsqueda de algo tan noble y elevado como el bien común.

Los peruanos iremos a las urnas el próximo 6 de junio, curiosamente en la víspera del “Día de la Bandera”, que conmemora la gesta de Arica, donde un puñado de valientes peruanos resistió al invasor hasta el último cartucho. El Coronel Francisco Bolognesi Cervantes y sus soldados hoy nos miran desde la gloria. A ellos no les preocupaba sufrir o morir. Sólo les preocupaba una sola cosa: No defraudar al Perú. Y no lo hicieron, dejándonos una de las más hermosas páginas de amor a nuestro país. Hoy sus voces nos gritan desde lo más alto del Morro: “Peruanos, hermanos, no defrauden al Perú. Vean vertida nuestra sangre y entregada nuestras vidas. No defrauden a nuestra Patria”.

Que el próximo 6 de junio, Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, fiesta de tanto arraigo y devoción en el Perú, Jesús, realmente presente en la Hostia Santa, bendiga a nuestra Patria, la libre de todo peligro presente y futuro que ponga en riesgo la paz, el orden social y los derechos fundamentales de todos los peruanos. Que Jesús Eucaristía, nos ayude a preservar nuestra frágil democracia, y con ella la libertad, la justicia, la unidad y la amistad social en el Perú.

San Miguel de Piura, 24 de mayo de 2021

Monseñor José Antonio Eguren Anselmi

DNI 07187551

Solo es rico quien sabe ser pobre

Alejandro Fontana, PhD.

Los recursos materiales son medios, no fines. Sin embargo, tienen la rara capacidad de absorber a la persona: son atractivos, brillan y deslumbran… Un viaje de descanso en el que no tienes que hacer nada, que pasarás los días visitando lugares turísticos, y en la noche saldrás a comer a lugares atractivos. Y en el que viajarás con comodidad y rodeado de amistades…

Cuando alguien tiene ocasión de vivir este tipo de experiencias, no es de extrañar que luego pueda imaginarse la vida así; y que pretenda que la mayor parte de su vida tengan este cariz. Pero si sucede esto, lo que se ha dado es un desenfoque del valor que tienen los medios materiales. De ser medios, se han convertido en fines de una vida.

Los pensadores griegos llegaron a darse cuenta de esto. El refinamiento de la cultura helenística llegó a tal nivel, que Aristófanes quiso recoger en una de sus comedias una advertencia sobre el desenfoque en el uso de los bienes materiales. En una de sus comedias, este autor personifica a la pobreza agobiada de invectivas por la sociedad de Atenas. Y por más que la pobreza protestaba: “pero, yo soy quien hago mejores a los hombres”, la expulsaron brutalmente de la ciudad.   

Pero, ¿cómo distinguimos que estamos usando los bienes materiales como medios y no como fines? ¿Qué permite a una persona que dispone de medios materiales seguir siendo pobre?

Los bienes materiales son medios y no fines cuando su uso contribuye al engrandecimiento de nuestra personalidad. Por ejemplo, al disfrutar un plato sabroso, que seamos capaces de que nos brote un gracias a las personas que lo prepararon; y un gracias, también, al Creador, que ha ordenado todo en el tiempo para que podamos disfrutar, en ese momento, de ese bien. Los bienes materiales también son medios cuando nos ayudan a ser más conscientes de nuestra dependencia: que somos objeto del cariño y la atención de otras personas, y que, por tanto, estamos en deuda con ellas.

En este sentido, tampoco hemos de olvidar, que todo lo que gastamos es consecuencia de un gran plexo. Un plexo social formado por todos aquellos que de alguna manera han contribuido a que nosotros estemos disfrutando de esos bienes materiales: los que trabajan en la explotación de los recursos naturales, los que participan de los diversos eslabones de la cadena logística, los que están en la manufactura, los que nos facilitan los bienes con su servicio, los que mantienen la ciudad, los que aseguran la energía eléctrica, los que dan seguridad, etc. En la disponibilidad de unos medios materiales hemos de ser conscientes de la deuda que tenemos con ellos.

Al disponer de los bienes materiales también conviene vivir la solidaridad con las personas que sufren. Cuando tenemos la oportunidad de disfrutar un momento agradable, conviene recordar que en ese mismo momento hay muchas personas –que no conocemos– que están padeciendo en una clínica o en un hospital. Por tanto, es una buena ocasión para acompañarlos en sus dolencias: una pequeña privación nuestra –en sí, un pequeño detalle de pobreza– puede ser muy significativo.

Una pobreza que podemos vivir cuando, sin que nadie lo advierta, simplemente no escojamos el plato que más nos gustaría, sino el que en nuestro ranking de platos apetecibles, hemos colocado en el segundo lugar.

En una ocasión, en Genève, estaban dos directivos de empresas financieras almorzando en uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Al tratar sobre sus estilos de vida, uno de ellos, y ya en un momento de confianza, le comentó al otro, que él procuraba tener un estilo de vida pobre.

–“Y ¿cómo vives la pobreza?, le objeto su compañero comensal. “¡Ahora mismo, estamos en uno de los restaurantes más caros de Genève!”, continuó.

– “Has visto la carta”, le comentó el protagonista de la historia.

– “De entrada, tú has pedido este plato; yo, este otro. De plato de fondo, tú pediste este; yo este otro. Y de postre, tú pediste este; y yo, este otro. Todos los platos que yo he escogido son más económicos que los platos que tú escogiste…”

Si el protagonista de esta historia no nos hubiera contado, probablemente nunca nos hubiéramos enterado de estos detalles tan personales, pero reales de cómo él vivía la pobreza. Como recogía Aristófanes al hablar de la pobreza: “soy yo quien hago mejores a los hombres”. Por eso, si no conseguimos introducir a la pobreza en nuestra propia vida cotidiana con detalles de desprendimiento pequeños, pero reales, no conseguiremos ser dueños de los bienes materiales, sino que ellos serán los dueños de nosotros. Un peligro que como directivos de empresas hemos de evitar.   

Entre la libertad y el estatismo

Alejandro Fontana, PhD

Queramos o no, la disyuntiva política que vive nuestro país se debate entre dos cosmovisiones sobre la sociedad humana: ¿o vivir respetando la libertad de la naturaleza humana, o recortarla totalmente para evitar los posibles abusos que esa libertad pueda ocasionar?

No somos, sin embargo, una sociedad novedosa en cuanto a sus decisiones políticas. Esta situación se ha presentado muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad. Incluso, se presenta en escenarios más cotidianos, como, por ejemplo, las decisiones de un gobernante, de un directivo en una empresa o de un padre de familia.

Gestionar la libertad no es una tarea sencilla. Pensemos en nuestra experiencia personal. Acaso, mirando con cierta distancia algunas decisiones propias del pasado, ¿no hemos sentido cierto remordimiento por algunas decisiones nuestras? Personalmente, cuando miro cómo manejaba de niño mi tiempo durante los veranos, suelo reclamarme haber dedicado mucho tiempo a ver dibujos animados en lugar de haber practicado más deporte: nadar, jugar tenis, básquetbol… ¡Ahora me parece que esa capacidad física adicional me vendría muy bien para la actividad que tengo entre manos!

La gestión de la libertad es difícil, porque uno debe atenerse a las decisiones de los decisores. Y cuando se producen errores o abusos, lo que ordinariamente brota es el deseo de cortar absolutamente esta cualidad. Muchas veces, nos imaginamos que prohibiendo acciones conseguiremos resolver el problema de la libertad humana. Por eso, algunos piensan que para evitar abusos en la negociación de precios, la solución sería suprimir la empresa privada, y que todo lo facilite el Estado. También, que la solidaridad debe ser obligatoria, y por tanto, que los fondos de pensiones de unos tienen que usarse en beneficio de todos. O que todos deben usar el mismo color de uniforme escolar, para que nadie sienta una discriminación (y esto ya lo vivimos en nuestro país en los años 1970). Y en fin, muchas recetas antiguas como la humanidad para resolver un problema intrínseco a la naturaleza humana: la gestión de la libertad humana.

Para resolver los inconvenientes que plantea esta gran cualidad humana: la libertad, la solución nunca se dará por un cambio de estructuras. Este problema solo se resuelve promoviendo más, a nivel individual, la libertad personal.  Es decir, sensibilizando a cada decisor a actuar no por normas externas y arbitrarias, sino bajo un esquema ético basado en bienes, normas y virtudes.  Nos toca ayudar a comprender a los distintos decisores que los verdaderos bienes son aquellos que hacen que su inteligencia desarrolle más, y que al mismo tiempo que su voluntad sea más capaz de ejecutar y sobreponerse al cansancio. Ayudarles a que en la disyuntiva de elegir entre bienes diversos, no se dejen engañar por bienes que no tienen verdadera relevancia: posesión sin medida de bienes materiales, satisfacción propia de comodidades inmediatas, bienes que no reclaman esfuerzo, etc.    

Y en lo social, ir por un sistema de control compatible con la libertad humana, que ha tenido mucho éxito en el sector empresarial cuando se ha aplicado: el control de pares. Cuento una anécdota significativa. En un país -no diré, por motivos obvios, cuál-, los directivos de una asociación de empresas notaron que en el sector no se estaba cuidando la calidad de los productos. Entre las empresas, había una práctica común que consistía en rebajar el insumo principal. En estas condiciones, la calidad de los productos no era la mejor, pero los consumidores no se daban cuenta de ello, y los fabricantes continuaban con sus prácticas.  

Sin embargo, un directivo de esta asociación de empresas se empeño en hacer ver a todos los fabricantes que si ellos seguían con este tipo de prácticas, nunca desarrollarían el sector, y que por tanto, nunca podrían competir internacionalmente. Además, como en esta asociación se hacían mediciones semanales de la calidad de los productos, él pensó que podrían tomar algunas medidas para cambiar este tipo de prácticas “corruptas” (vamos a llamarlas por el nombre que se le daría en nuestro medio, aunque nos resulte un poco fuerte).  

Convocó, entonces, a todos los fabricantes de este producto, y les comentó sus ideas.

Si seguimos así, nunca desarrollaremos el sector. Por tanto, este tipo de prácticas vamos a erradicarlas. Para hacerlo, cada uno de ustedes me deja, ahora mismo, un cheque por 100,000 dólares, firmado, y en blanco. Yo los pondré en la caja fuerte. Y empezamos a verificar la calidad de los productos fabricados a partir del siguiente mes. Si encuentro un producto que no cumple con la calidad, cojo el teléfono, llamo al fabricante, y le digo: mira, va una; a la siguiente, cobro el cheque.

Al salir de la reunión, cada uno de los fabricantes le dejó un cheque por 100,000 dólares, firmado, y en blanco. Al final del primer mes, se hicieron las pruebas de calidad. De todos los productores, hubo nueve que habían rebajado el insumo principal. Entonces, este directivo tomó el teléfono, y llamó a cada uno de ellos. “Mira, les dijo, hemos encontrado que en tus productos se ha rebajado el insumo principal. ¡Va una! A la siguiente, cobro el cheque…”

Lo interesante fue, que este directivo nunca tuvo que cobrar ningún cheque. Todos cortaron con esas malas prácticas que se había extendido entre ellos. Y ahora mismo, este sector es uno de los más importantes de ese país: la calidad de sus productos y el nivel de innovación es de carácter internacional.  

La corrección de este problema no vino de prohibiciones estatales, o de un cambio de estructuras, o, incluso, de la supresión de la iniciativa privada: que debía ser castigada por cometer estos abusos… Provino de la visión de un directivo que veía el largo plazo como lo relevante para el sector, y que, para esto, la calidad de los productos era indispensable. Eso sí, todo, en un contexto de respeto y promoción de la libre iniciativa.

Salvo los casos de personas que han perdido, por sus propias decisiones, su libertad interior, y que son una amenaza permanente para los demás, la supresión de la libertad nunca es camino para resolver los problemas sociales. Entre libertad y estatismo nos toca elegir dentro de poco. ¡Ojalá seamos conscientes de lo fundamental que es la libertad para la naturaleza humana!

Lo que realmente hace salvaje al hombre es el odio

Alejandro Fontana, PhD

Son varios los autores que a lo largo de la historia de la humanidad nos han advertido del efecto deformante que tienen el odio en el hombre. Joseph Conrad, es uno de ellos, con su libro El corazón de las tinieblas. Otro es Primo Levi, que con su obra Si esto es un hombre, permite meditar personalmente sobre cómo el odio en todo momento, forma o cultura solo trae degradación y vacío.

A pesar de eso, pasan los tiempos y no terminamos de aprender. Lamentablemente, en los últimos años hemos presenciado como algunos se han dejado arrastrar por el odio en nuestro país; y hoy mismo, vemos como algunos intentan sembrarlo en las motivaciones internas de otros muchos. Si se habla de los “nadies”, de los que no tienen nada confrontándolos con los que tienen algo, lo que se está sembrando es el odio.

No cabe duda, que quienes así proceden saben el poder que tiene esta invocación. El odio es una fuerza muy poderosa. Si alguien preguntara porqué, podríamos darle una explicación sencilla: la voluntad, en toda circunstancia, es una potencia que siempre está abierta al infinito, y por lo tanto, tras una libre determinación, puede ir hasta el extremo. Algo que no sucede, en cambio, con las potencias físicas: si tienes hambre, ¿cuántos panes te puedes comer? ¿2, 10, 100, 1000…? Nuestras potencias físicas tienen un límite; las inmateriales, no.

Por eso, en moral, se distingue entre una acción humana producto de la debilidad de la voluntad, es decir, que la persona actúa más por la fuerza de sus pasiones sensibles –su voluntad no es capaz de controlarlas–, y aquella acción que se produce por una voluntad que ha empezado a odiar. En este último caso, en moral se dice que la voluntad se ha deteriorado. Que se ha hecho incapaz de reconocer el bien de la realidad, y que por tanto, en el extremo, no lo soportará. Más aún, esta desesperación ante el bien llega a tal nivel, que incluso, no podrá soportar ni siquiera el bien que hagan los demás.

Pongamos un ejemplo sencillo para ilustrar esta involución humana. Si alguno no le gusta la música, lo que hace es no acudir al concierto, apagar el radio o retirarse de la habitación donde otros están escuchándola. Sin embargo, a nadie con buen juicio se le ocurre ir y matar a los músicos, por el hecho de que tocan música. En la historia de la humanidad, tenemos, lamentablemente, muchas lecciones de cómo el odio ha llevado a aniquilar a los “músicos”: el régimen nazi odiaba a unas personas por el solo hecho de ser de descendencia hebrea; los regímenes comunistas en Rusia, China, Cuba, los países del Este de Europa, e incluso, en España, durante las Repúblicas, persiguieron y aniquilaron a personas que solo hacían cosas buenas en favor de otros.    

El odio no es el camino para redimir a las personas que sufren. Cuando existe verdadero interés por el desarrollo de los menos favorecidos, lo que las personas bien intencionadas promueven es un ámbito de cooperación. La cooperación entre los distintos actores de la sociedad es el único camino para el desarrollo. El desarrollo, como comenta el prof. Cazorla, un extraordinario catedrático y al mismo tiempo gestor del desarrollo local, no es del entorno, sino de las personas. Somos nosotros los que debemos desarrollarnos como personas -los que tienen y los que no tienen- para que hablemos de desarrollo. Los primeros tendremos que comprometer nuestros recursos: materiales, conocimientos, capacidad de organización y afán de servicio; y los segundos deberán poner también recursos materiales, su capacidad de gestión, su creatividad, su idiosincracia y su deseo de compartir con los demás. El desarrollo económico es realmente el resultado de un desarrollo como personas, internamente y en la capacidad de compartir lo que se comienza a conseguir.  

Alejemos de nosotros todo atisbo de odio; y alejemos también todo sistema político que se fundamente en él. Destruye a las personas, y contradictoriamente, más, a quienes lo promueven, aunque no se den cuenta de ello. A cambio, comencemos a promover un ambiente de cooperación, a compartir más los bienes que disponemos con todos aquellos nos rodean. Quizás este sea nuestro mejor aporte en este momento de decisiones…

La verdad os hará libres…

Alejandro Fontana, PhD

Siempre que me he topado con esta frase, me ha impresionado. Ahora mismo, resuena en mi interior, quizás por algún suceso personal que he vivido en estos días. Curiosamente, y por eso, creo que reflexionar sobre ella, nos puede ayudar a comprender las limitaciones que tienen los sistemas de gobierno basado en el conteo de votos.  

Para la humanidad, entender qué es la libertad humana no le ha sido sencillo; pienso que aún, hoy mismo, nos resulta difícil comprenderla. ¿Qué significa que un ser con una naturaleza dada sea libre? ¿hasta qué límites puede acercarse con esa capacidad recibida? O acaso, ¿no hay ningún límite?

Pienso que a nadie de nosotros, a estas alturas, le queda duda que somos seres libres que nunca elegimos ser libres. Sea uno creyente, agnóstico o ateo; esto es una realidad comprobable empíricamente. Ninguno de nosotros tuvo la oportunidad de elegir entre ser un ser libre o ser un ser sujeto a una instintividad absoluta. Cuando uno se acerca a la antropología realista, una de las afirmaciones que desconciertan es leer que los instintos en la naturaleza humana —todos los instintos, incluso el sexual— son débiles. Y argumenta: si los instintos humanos fueran fuertes, el ser humano no tendría posibilidad de no seguirlos. Creo que todos hemos tenido ocasión de comprobar, que al menos en alguna ocasión, hemos sido capaces de sobreponernos al hambre, la sed, el sueño, y un largo etc.  

La experiencia personal y ajena también nos permite comprobar que hay decisiones tomadas libremente que nos dañan. ¡Es curioso! Para muchos, la ética es la ciencia que previene no dañar a terceros; la ética, realmente, lo que busca es que no nos dañemos a nosotros mismos con nuestras propias decisiones. Siempre me ha llamado la atención esa secuencia fotográfica que muestra la evolución dramática de un joven que cayó en el consumo de estupefacientes. Nadie lo obligó a seguir ese camino, lo siguió, porque decidió hacerlo libremente. Sin embargo, la pregunta que podríamos hacernos es la siguiente: ¿era eso lo que él quería para él? ¿Con ese futuro soñó toda su vida?

Para que la libertad humana dé su fruto: se llegue a dónde se quiere ir realmente, es necesario seguir la premisa recogida en la frase que encabeza este artículo. Solo la verdad permitirá ejercer adecuadamente esta capacidad que se llama libertad… Pero, la verdad no es el resultado del diseño propio, ni tampoco el de un colectivo. La verdad es la realidad, y por tanto, una realidad a la que debemos acercarnos con respeto, como ahora estamos aprendiendo a hacerlo cuando comprometemos con alguna de nuestras acciones el medio ambiente.

El domingo pasado, un buen bloque de decisores, incluso, —me atrevería a decir que muchos de ellos de los más vulnerables del país— han optado libremente por una opción. Pero, ¿qué procedimiento siguieron para hacer esa decisión? ¿se informaron adecuadamente; pidieron consejo sobre lo que debían decidir; confrontaron lo que ha ocurrido antes con las propuestas totalitarias en nuestro país y en otros países? Lo lamentable, es que las personas más vulnerables son las que más sufren, precisamente, en los gobiernos totalitarios y estatistas. Lo que les parecía ser la solución de sus problemas, no es más que el medio para una situación aún más complicada.

Si antes de ejercer la libertad, el ser humano no se preocupa por reconocer la realidad, lamentablemente no llegará a donde deseaba ir, no alcanzará el objetivo que deseaba alcanzar. Porque, simplemente, por falta de los conocimientos adecuados, le ha fallado la elección del camino. Y el punto de llegada será otro, muy probablemente, muy lejos del que inicialmente se planteó como objetivo.

Una ultima reflexión para el entorno directivo. Una mayoría de votos en un comité o un directorio no aseguran que la decisión sea la debida. Lo decisivo no viene por el aspecto cuantitativo, sino por la cualidad —la calidad de cada uno de los votos. Para ser eficaz, cada uno de los miembros de dicho colectivo debe profundizar antes su conocimiento sobre la realidad en la que se decide. Solo la verdad, os hará libres…

En el orden de las cosas, lo primero es dar. En el orden de las personas, lo primero es aceptar

Alejandro Fontana, PhD

Ante la complejidad de nuestro vivir, viene bien tener algunas ideas que nos ayuden a decidir. Las decisiones son esenciales en la vida humana: siempre estamos decidiendo, aunque en ocasiones no seamos tan conscientes de sus consecuencias. Por eso, este artículo desarrolla un criterio que puede ayudarnos a distinguir las diferencias entre el plano de las cosas y el plano personal. Al distinguir esas diferencias, entendemos mejor la realidad. Entendiendo la realidad, es más fácil decidir mejor.

Los bienes materiales no existen para poseerlos, sino para darlos. Por eso siempre deben estar en tránsito, en camino de generar otros bienes superiores.  La principal característica de lo material es ser medio. Medio para otros bienes mayores: unas veces, otros bienes materiales;  y en otras ocasiones, unos bienes espirituales. En este sentido, un reloj es un medio para dar un bien mayor: ser puntual, tener orden en el día. Un carro permite obtener otros bienes mayores a él: un ahorro de tiempo, un orden personal; y también la capacidad de apoyar a otras personas: ahorrándoles tiempo, facilitándoles su trabajo. Además, un carro también puede ser un medio para la unión familiar: la familia sale el fin de semana y el carro les permite pasar juntos un día divertido. En este caso, la movilidad ha servido para incrementar la unidad familiar que es una riqueza muy grande. Y un ejemplo muy superior: la movilidad puede ser medio para el fortalecimiento de la unidad conyugal. Muchos maridos suelen dejar el carro en casa para que lo use su mujer: llevará los niños al colegio o  saldrá de la casa con más comodidad. En este caso, ese carro se ha convertido en un medio para un bien muy superior: es causa material de unión entre marido y mujer. Y como esta unión es esencial en la naturaleza humana, ha pasado a jugar un rol inigualable.

Hay bienes materiales que tienen la capacidad de personalizarse.  Es decir, bienes materiales capaces de expresar la personalidad de quien lo usa. Digo quien lo usa, porque los bienes materiales son siempre medios. Como no hay dos personas iguales, esta capacidad de expresar una personalidad particular, los hace singulares: se vuelven únicos. En este sentido, podríamos decir que hay bienes materiales que van con una personalidad y no con otra. O que una personalidad se expresa mejor en uno de ellos que en otro. Esta es la razón de ser de los distintos colores, las distintas formas y diseños que diferencian una posibilidad de otra. Aquella capacidad de expresar una personalidad amplifica la realidad material. Casi se podría decir que la universaliza, porque incluye la exclusividad de la persona. Por ejemplo, una señora que manda hacerse una joya. La combinación de las piedras preciosas, la forma y los metales utilizados, todo ello obedece a una expresión de su personalidad, a una riqueza que es personal. Y esto es una realidad natural, no artificial.

Esta capacidad de los bienes materiales para expresar la personalidad también juega un rol en la vida social. Pero no como una posibilidad, sino como una exigencia. Aunque al hombre le basta cubrirse para protegerse de las inclemencias del frío, la vestimenta cumple un rol más alto en la vida social. La combinación de formas y colores no son una arbitrariedad social, son la expresión de un dominio y de una sensibilidad interior. Por tanto, hay colores, formas y detalles que dibujan una personalidad. Y hay vestimentas que desdicen de ella.

Algunos consideran que el caos, la suciedad y el mal olor son expresión de autenticidad. Otros, que la libertad personal permite a un estudiante universitario presentarse en clase en ropa de baño y polo manga cero.   Pero el mal olor, la suciedad y el caos no expresan a la persona, la ocultan. La realidad personal es lo más digno de la creación: es lo más sublime, lo más refulgente. Ese conjunto andrajoso expresa en último término una ausencia de virtudes y hábitos en la esencia del sujeto. Y una esencia sin virtudes ni hábitos oculta la realidad personal. En consecuencia, no es expresión de autenticidad, sino todo lo contrario: esconde lo más auténtico del ser humano: su ser persona. Lo mismo le ocurre al estudiante universitario que piensa que es más libre, porque puede presentarse en clase en ropa de baño y polo manga cero.

Aunque el clima sea caluroso, sobre el bienestar físico siempre está la necesidad de crecer en hábitos y virtudes que el desarrollo de su personalidad le exigen al individuo. Quien es más dependiente del  entorno externo en sus elecciones es también el menos recio a la hora de las decisiones. Una característica de estos individuos es su facilidad para la queja: muchas variables externas les afectan, y por tanto, caen con facilidad en un agobio existencial. Agobio que los atormenta, en primer lugar, a ellos; pero también a los que conviven con ellos. Por el contrario, quienes son más capaces de soportar las dificultades externas son más firmes en sus decisiones; más tenaces en la práctica. Y esta actitud es un  buen fundamento para quien ambiciona grandes ideales.

De otro lado, la vida social es natural a la persona, y por tanto, fuente de enriquecimiento. Lo esencial de la vida social es la comunicación. Esta comunicación no solo se hace con palabras y gestos, sino también con los bienes materiales que el individuo dispone. Así como hay palabras que reflejan respeto, admiración, simpatía; también hay formas de vestir que reflejan estas actitudes. La vida social es una realidad natural de un orden superior al material; incluso al del propio bienestar físico. La vida social corresponde al mundo personal: a la relación entre personas; y en esta dimensión, más que en dar, lo primero como ya se ha expuesto al iniciar este artículo es aceptar. Una auténtica aceptación de los demás lleva a comunicarse con ellos con respeto, con admiración y con empatía. Por eso, ni el modo de hablar ni el modo de vestir deben estar ajenos a esta realidad. El modo de presentarse debe acomodarse a la aceptación que merecen los demás, por el hecho de ser personas.s

Algunos pueden pensar que estas afirmaciones solo pueden darse en un medio económicamente pudiente. No cabe duda, que la mayor disposición de medios materiales permite una mayor facilidad de prendas y de su combinación; pero no lo asegura, como lo prueba el mal gusto de muchos grupos pudientes. Supone, sobre todo, una riqueza interior.  En el interior de nuestro país, hay aún algunas comunidades andinas donde sus pobladores llevan una vestimenta colorida perfectamente cuidada. Allí no hay una riqueza material abundante, pero este detalle revela, sin ninguna duda, su riqueza personal. Una riqueza que no se ha perdido a lo largo del tiempo, sino que se ha conservado, a pesar, incluso, de las dificultades económicas por las que estas comunidades han atravesado.

Volviendo al orden de las cosas, en esta dimensión no solo hay bienes materiales, también los hay inmateriales. Y al igual que los primeros, su razón de ser también es el dar. Pero como son inmateriales, cuando se dan no se agotan. Por tanto, habría que decir que más que entregar, se comparten. Estos bienes son los conocimientos del orden material. Hay dos grandes grupos de este conocimiento: los de la propia experiencia y los del experto. En ocasiones, solemos darle mucha importancia a este segundo: lo vemos como más alturado, más seguro, más firme. Estas cualidades corresponden a este tipo de conocimiento, sin embargo, no hay que despreciar el conocimiento experimentado: aquél que cada persona va adquiriendo con su experiencia de vida. Por ejemplo, un médico no debe despreciar las sugerencias de su paciente: no debe olvidar que quien experimenta la enfermedad es el paciente. Él es quien percibe los cambios de la medicación, quien siente los síntomas, quien mejor puede dar razón de las distintas combinaciones de tratamiento, medicación, clima y una larga enumeración de variables. Muy sabiamente, un gran médico internista enseñaba a sus alumnos que el paciente siempre tiene la razón. Por tanto, un conocimiento experto que desprecie el conocimiento experimentado comete un grave error.

El conocimiento es un bien inmaterial que tenemos para compartirlo. Esa es su razón de ser. Cuando se da, además, se incrementa. No solo en el número de personas que lo poseen, sino también en profundidad. Quien enseña, quien lo comparte, es quien más aprende: es quien más profundiza. Siempre se abre a detalles aún no descubiertos, tanto en lo que respecta a su divulgación como en la propia cuestión. Por eso, estamos llamados a compartir lo que dominamos. Es una de las mejores formas de alcanzar un dominio mayor. Pero su razón de ser es enriquecer a otros. En el orden de la cosas, lo primero es el dar.

Esta realidad del mundo de las cosas contrasta, sin embargo, con la actitud de muchas personas. Para algunos, los bienes materiales sirven para expresar una imagen. No una personalidad, que sería lo apropiado; sino una imagen que no es propia, pero que se busca que otros la tengan de sí. Hay personas que adquieren un carro para reflejar algo que no son o algo que es incluso contrario a lo real. Por ejemplo, hay quien adquiere un carro lujoso para que sus clientes piensen que cuando va a visitarlos, no le interesa su dinero, cuando realmente es así. En estos casos, se falsea la realidad. Cuando esto sucede, se produce un deterioro en la propia personalidad. Aparecen unos motivos diversos a lo real, y la personalidad pierde su natural trasparencia. Ya no se mueve solo por la verdad, sino por otros motivos que guarda en su intención. Entonces ya no emerge el ser personal en toda su claridad. Y este proceso tiende a ser, lamentablemente, creciente. 

Por eso el mundo comercial se equivoca cuando piensa que el incremento de las ventas debe promoverse a través de la promoción de una imagen que no corresponde a lo real. Algunos hablan de aspiraciones internas; otros de promover la autenticidad, lo que cada uno desea ser. En cualquiera de los casos, las situaciones promovidas no reflejan la realidad de la persona: son más bien imágenes artificiales sin un fundamento real. Por esto mismo, serán imágenes débiles que en lugar de constituir un despliegue objetivo, y por tanto, predecible, aunque creativo y abierto a la universalidad, constituirá un conjunto aleatorio, errático y, en algunos casos, hasta degradante. Al no fundamentarse en la realidad de la persona, aquellas construcciones promovidas por el mundo comercial no tienen un asidero consistente, no responden a exigencias de la persona. No son, por tanto, algo propio, sino ajeno y extraño. Su existencia es temporal y efímera.

En cambio todo lo que se promueva atendiendo a la realidad personal; todo aquello que contribuya a que su esencia sea capaz de expresar la riqueza del ser personal, al permitirle ser su realidad más propia, resultará en una fuente de interés y de atractivo más fácil de predecir, por lo consistente; y será mucho más creativo. Una característica del ser personal es su creatividad.

Este conjunto de reflexiones pueden servir para tener una idea más precisa de la diferencia que se da entre el orden de las cosas y el orden de las personas. Distinguir esta diferencia y sus consecuencias puede servirnos para decidir mejor, y para ayudar a decidir mejor.

El mayor aporte al conocimiento de quién y cómo somos

Alejandro Fontana, PhD

Un día como hoy, no podría dejar de hacer referencia al hecho histórico que más repercusión ha tenido en la historia de la humanidad. Si miramos la existencia del hombre a lo largo de todo el tiempo transcurrido, no se ha producido ningún cambio más significativo en nuestro modo de pensar y de ser, que el que ha introducido el Rabí Jesús de Nazareth.

Ningún pensamiento o doctrina ha revelado más al hombre el enorme potencial del que es capaz. Ninguna exposición ha sido tan inspiradora – y sigue siéndolo – para hombres y mujeres. Personas de muy diversas condiciones, de diversas culturas y costumbres han encontrado un sentido tan trascendente a sus vidas, que su influencia no solo ha tenido impacto mientras vivían, sino que han llegado a personas que nunca las conocieron. Y siempre con una característica, un movimiento a la bondad, al servicio, al darse uno mismo.

Pero este es un pensamiento que no se construyó entre unos hombres que idealizaron una figura humana. No se trata de un ideal imaginado, sino de una persona humana concreta, que existió y que fue conocida como Jesús de Nazareth. Así lo confirman historiadores no cristianos como Flavio Josefo, de origen hebreo, que escribió de él en su obra Antigüedades de los Judíos,  un escrito anterior al año 100 de nuestra era; o el testimonio de Plinio el Joven, un romano de noble alcurnia, cónsul en Bitinia y el Ponto, que escribe de él en sus Epístolas a Trajano el año 112 ó 113 de nuestra era; o las referencias de Tácito, otro historiador noble romano, que recoge lo que los discípulos de Crestos han  sufrido en los relatos que hace sobre las actividades de Nerón.  

Y ¿qué introduce este personaje tan singular en el pensar y modo de ser humano? ¿qué deja tras de sí que impacta tanto a los hombres, también a aquellos que se han movido y se mueven en el mundo de la empresa?

Lo que Jesús de Nazareth descubre a la humanidad son aspectos que ningún hombre o mujer hubieran podido imaginar nunca. Pienso que nos descubre modos vivir que para nosotros eran inconcebibles; incluso, algunos de ellos, lo siguen siendo el día de hoy. Ahora mismo -y con toda la carga de cristianismo que tiene nuestra civilización-, tengo la impresión que sabemos muy poco de lo que es el amor. Y para mostrarlo, simplemente quiero contraponer la idea que tú, lector, tienes de esta cualidad, con una expresión de San Agustín de Hipona, escrita ya en el siglo V de nuestra era, pero que aún hoy puede ayudarnos a reconocer que sabemos poco: “si no amas a todos, no amas a nadie” … ¿No es cierto que al comparar ambas ideas o expresiones -la propia y la de Agustín de Hipona-, uno se queda con la impresión de que aún sabe poco del amor?

El desconcierto que produce la belleza y excelsitud de la doctrina cristiana llevó a que Romano Guardini se cuestionara por su origen en la siguiente dirección. El hombre que ha explicado estos ideales y consejos de vida, Jesús de Nazareth, es el mismo que dijo de sí mismo ser Dios. Por lo tanto, se cuestiona este autor alemán, ¿o estamos ante un desequilibrado que dice de sí mismo ser Dios, y que, sin embargo, ha inventado una doctrina sumamente excelsa y admirable, o estamos realmente ante el mismo Dios, que ha venido a explicarnos hasta qué alturas pueda aspirar el ser humano?

A partir de la consideración de que es el mismo Dios el que nos ha venido a enseñar cómo ser humanos, Benedicto XVI, en una Lectio divina al Seminario de Roma, el año 2011, destacó cuatro rasgos eminentemente cristológicos. Podríamos decir, cuatro novedades para la humanidad que el Rabí de Nazareth, Dios encarnado, introduce radicalmente en el pensamiento humano:  la humildad, la mansedumbre, la magnanimidad y saber sobrellevar a los demás con el amor.

Humildad, que no consiste solo en una disposición de modestia, sino fundamentalmente, y esto es lo radical, en el hecho mismo de imitar a un Dios que es capaz de rebajarse hasta hacerse criatura, “que se rebaja hasta mí, que es tan grande que se hace mi amigo, sufre por mí, muere por mí”. O lo que es lo mismo, ha venido a enseñarnos que sin humildad, no es posible amar, porque humildad y amor son dos caras de la misma moneda.

Mansedumbre, como actitud indispensable para ayudar a ver estas características sublimes de la naturaleza humana. La verdad no puede imponerse, solo cabe que se acepte libremente; y por eso, debe convencerse “sin violencia, … con el amor y la bondad”; con una actitud de apertura y de mansedumbre, aunque esto tome tiempo, y nos cueste ir a ese ritmo.

Magnanimidad, que siempre significará ir más allá de lo justo, de lo debido. Al observar la actitud divina, esta es una de sus claves. No se queda en “lo estrictamente necesario”, sino que nos enseña que tenemos la capacidad de darnos “a nosotros mismos con todo lo que podamos”.

Y finalmente, saber sobrellevarse con el amor. La alteridad es el reto propio de la naturaleza humana, porque la persona no se explica a sí misma solo en la individualidad, sino en la co-existencia con otros. No es viable el individuo humano solo; es más bien, un ser social por naturaleza. Por eso, solo en comunidad con otros puede llegar a ser lo que está llamado a ser. De allí la razón de ser de la familia, de la Iglesia y de la sociedad.  Y la gestión de esta alteridad requiere como fundamento el amor; eso sí…con sus características divinas: aquellas que Agustín de Hipona llegó a reconocer.

Con esto, espero haber ayudado a reconocer que los hechos que recordamos en estos días son los que más han contribuido a que podamos identificar el potencial de nuestra naturaleza. A partir de allí, podemos generar muchos impactos positivos en el mundo empresarial. Es una tarea muy bonita, reservada a los que compartimos esta doctrina y a todas las personas de buena voluntad…

El reto de la belleza personal: pasar de la atención externa a la interna

La belleza de la amistad. Imagen cortesía de Pixabay

Alejandro Fontana, PhD

Las facilidades que nos da nuestro tiempo, los avances científicos y tecnológicos, la imagen que proyecta Hollywood y los medios de comunicación han hecho que cada vez sea más asequible estar pendientes de nuestra apariencia física. Hoy en día se pueden encontrar suplementos vitamínicos especializados; alimentos balanceados adecuadamente o enriquecidos de modo que el efecto nutritivo sea mayor; especialistas que pueden aconsejarnos sobre las cantidades apropiadas de los distintos alimentos; y por supuesto, una gran disponibilidad de productos cosméticos, de rutinas físicas perfectamente estudiadas y una gran disponibilidad de espacios donde poder llevarlas a cabo.

Al mismo tiempo, son muchos los que experimentan positivamente los efectos que puede generar una buena apariencia física. No cuentan únicamente razones de salud, sino, fundamentalmente, efectos en la interacción personal. La belleza humana siempre ha sido un factor de admiración; esto lo reconoció ya el mundo griego, cinco siglos antes de Cristo. Esta civilización se preocupó por premiar la belleza corporal, a tal punto que cuando el pueblo romano -fundamentalmente agrícola y militar- en su expansión de dominio llegó a Atenas, quedó totalmente fascinado por las expresiones de belleza que encontró: esculturas, mobiliarios, adornos, refinamientos, baños, perfumes, ropas delicadas, gimnasios, etc. Se dice que el deslumbramiento de los romanos fue tan grande, que se afirma que no fue Roma quien conquistó Atenas, sino Atenas la que conquistó Roma. La civilización griega absorbió por completo a la población romana, e instaló en este pueblo su forma de vida.  

La buena apariencia física tiene, por tanto, un efecto cautivador inmediato, que se tangibiliza en el número de admiradores. Y quienes experimentan este efecto -la capacidad de atraer de modo instantáneo-, quedan cautivados por su eficacia. Por eso, no es extraño que mucha gente -joven y madura- esté hoy día, de alguna forma, obsesionada por tener un cuerpo ideal.

Como casi todo en la persona humana, no existirá ningún problema si hay un autocontrol capaz de evitar la fascinación y la obsesión, como comenta el Prof. Sarráis, por la apariencia personal y de los demás. Este autor señala que quien se deja arrastrar por un cuidado de la apariencia física demandante, termina esclavo de dos pasiones: la envidia que le producen otros cuerpos mejores y más bellos que el suyo, y los celos que padecerá cuando sus admiradores alaben o admiren más a otras personas.

Otro inconveniente que este autor también señala a una atención excesiva a la apariencia física es el hecho de solo valorar en los demás su apariencia externa. Sin pretenderlo, deja de lado una belleza que es mucho más importante para la persona humana: la belleza interior, es decir, la bondad personal.

El cuidado del propio cuerpo obedece al deseo que todos experimentamos por sentirnos bien en él. Este argumento es necesario, pero no es suficiente, porque como persona humana, tenemos un propósito de vida. Centrarse en sentirse bien impide que uno salga de sí, y que por tanto, no pueda enfocarse en hacer el bien. Esto es, en trabajar, precisamente, la belleza interior. Como comenta el Prof. Sarráis, si la persona humana no da este paso, lo más probable es que ponga su razón al servicio de ese sentirse bien en su cuerpo, y acabe auto-engañándose, pensando que la finalidad de su cuerpo es producir sensaciones placenteras, aunque ellas le dañen su cuerpo y su mente.  Sin duda, tenemos aún un reto por delante…

Satisfacción de necesidades y generosidad

Alejandro Fontana, PhD

En el contexto del management, hay muchos autores que han entendido que el sentido primordial de la existencia humana es la ‘satisfacción de necesidades’; unas carencias que podrían clasificarse como materiales, de conocimiento y afectivas. Para Leonardo Polo, sin embargo, esta visión hace imposible la sociedad, porque una sociedad de consumo empobrece, degrada.

Que la persona humana tiene necesidades es un hecho real, pero reducir la vida personal a solo el desarrollo propio es un error. Las necesidades en la persona tienen sentido de medio: son bienes para alcanzar otros bienes que no son necesarios para uno mismo, sino para otros como uno: seres humanos. La misma viabilidad del ser humano ha sido confiada al cuidado de otros seres humanos, quienes deben velar por él. Esta es la experiencia que todos nosotros tenemos del cuidado que recibimos de nuestros padres en los primeros años de vida. Ese cuidado fue esencial para la viabilidad de nuestro ser. El hombre es confiado a otros; y en especial, a la mujer.

El fin del hombre no es, por tanto, su propio desarrollo; sino preocuparse y darse al cuidado de otros. Como persona, el ser humano es un ser donante; es un ser capaz de atender a los demás. Podríamos decir que su razón de ser es la paternidad, pero no solo una paternidad biológica, sino el cuidado y la responsabilidad extendida a todos los que están, de algún modo u otro, cerca de él.

Con estos fundamentos sobre la realidad humana, creo que ahora podemos pensar en el modo como usamos y disponemos de nuestros bienes materiales. En concreto, de la disposición interior que tenemos para compartirlos con otros. Preparando este breve artículo, revisé, hace unos días, una publicación de IPSOS, que basada en el Censo de Población de 2017 y en la Encuesta Nacional de Hogares de 2018, ofrece datos sobre la composición socioeconómica de nuestro país. El resultado fue el siguiente: el 2% de la población del Perú pertenece al segmento socioeconómico A, es decir, tiene un ingreso mensual mayor a 12,660 soles; y el 10% de la población pertenece al segmento socioeconómico B, o sea, tiene un ingreso mensual mayor a 7,020 soles.

Muy probablemente, al ir leyendo este documento habrás comprobado, y no con cierto asombro, que estás entre el 2% más favorecido de la población peruana.  Al mismo tiempo, es probable también que se hayan venido a la mente todos los bienes que aún no posees, y te hayas visto como una persona muy necesitada. Sí, es una reacción propia de nuestra imaginación; pero lo que es muy evidente, ante estos datos reales y ante el hecho de que por naturaleza somos seres donantes, que tenemos -que tienes- por delante una gran responsabilidad. Siguiendo con la imagen de la paternidad que mencioné anteriormente, tenemos un claro llamado a sentirnos responsables de muchas personas que están a nuestro alrededor.

Esto no significa que ahora debamos salir a repartir todo lo que tenemos a las personas que andan por las calles pidiendo limosna; significa, más bien, que al momento de disponer de los recursos materiales que tenemos, seamos conscientes de esta paternidad. Habrá quienes estén llamados a generar más puestos de trabajo; otros, a tener juntos con amigos iniciativas en beneficio de los menos favorecidos: niños, ancianos, enfermos, personas con algunas limitaciones. Nos tocará también apoyar más las iniciativas educativas que fomentan la generación de valores en nuestro país. Y también, nos tocará incluir en la formación de nuestros hijos y colaboradores el valor de la generosidad. Y probablemente, esto último, más que con razonamientos, con comportamientos que sean generosos.

Una pregunta adecuada es ¿cómo, cada uno de nosotros, estamos viviendo la generosidad? Cuando alguien se acerca a pedirte algo, ¿compartes algo con él: una propina, un dulce, una mirada amable? Cuando alguien nos atiende en un restaurante, ¿cómo reconoces esa atención? ¿qué tan magnánimo eres con la propina?

Como menciona Lucià Pou i Sabaté, generosidad es “…salir de uno mismo, dejar de estar ‘en-si-mismado’ -metido en sí mismo- y pasar a estar ‘en-tu-siasmado’ -volcado hacia el tú de los demás-”. Y ella misma concluye: “quizá aparentemente ‘no sirve de nada’, pero cuando falta no queda nada que sirva.