Entre la libertad y el estatismo

Alejandro Fontana, PhD

Queramos o no, la disyuntiva política que vive nuestro país se debate entre dos cosmovisiones sobre la sociedad humana: ¿o vivir respetando la libertad de la naturaleza humana, o recortarla totalmente para evitar los posibles abusos que esa libertad pueda ocasionar?

No somos, sin embargo, una sociedad novedosa en cuanto a sus decisiones políticas. Esta situación se ha presentado muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad. Incluso, se presenta en escenarios más cotidianos, como, por ejemplo, las decisiones de un gobernante, de un directivo en una empresa o de un padre de familia.

Gestionar la libertad no es una tarea sencilla. Pensemos en nuestra experiencia personal. Acaso, mirando con cierta distancia algunas decisiones propias del pasado, ¿no hemos sentido cierto remordimiento por algunas decisiones nuestras? Personalmente, cuando miro cómo manejaba de niño mi tiempo durante los veranos, suelo reclamarme haber dedicado mucho tiempo a ver dibujos animados en lugar de haber practicado más deporte: nadar, jugar tenis, básquetbol… ¡Ahora me parece que esa capacidad física adicional me vendría muy bien para la actividad que tengo entre manos!

La gestión de la libertad es difícil, porque uno debe atenerse a las decisiones de los decisores. Y cuando se producen errores o abusos, lo que ordinariamente brota es el deseo de cortar absolutamente esta cualidad. Muchas veces, nos imaginamos que prohibiendo acciones conseguiremos resolver el problema de la libertad humana. Por eso, algunos piensan que para evitar abusos en la negociación de precios, la solución sería suprimir la empresa privada, y que todo lo facilite el Estado. También, que la solidaridad debe ser obligatoria, y por tanto, que los fondos de pensiones de unos tienen que usarse en beneficio de todos. O que todos deben usar el mismo color de uniforme escolar, para que nadie sienta una discriminación (y esto ya lo vivimos en nuestro país en los años 1970). Y en fin, muchas recetas antiguas como la humanidad para resolver un problema intrínseco a la naturaleza humana: la gestión de la libertad humana.

Para resolver los inconvenientes que plantea esta gran cualidad humana: la libertad, la solución nunca se dará por un cambio de estructuras. Este problema solo se resuelve promoviendo más, a nivel individual, la libertad personal.  Es decir, sensibilizando a cada decisor a actuar no por normas externas y arbitrarias, sino bajo un esquema ético basado en bienes, normas y virtudes.  Nos toca ayudar a comprender a los distintos decisores que los verdaderos bienes son aquellos que hacen que su inteligencia desarrolle más, y que al mismo tiempo que su voluntad sea más capaz de ejecutar y sobreponerse al cansancio. Ayudarles a que en la disyuntiva de elegir entre bienes diversos, no se dejen engañar por bienes que no tienen verdadera relevancia: posesión sin medida de bienes materiales, satisfacción propia de comodidades inmediatas, bienes que no reclaman esfuerzo, etc.    

Y en lo social, ir por un sistema de control compatible con la libertad humana, que ha tenido mucho éxito en el sector empresarial cuando se ha aplicado: el control de pares. Cuento una anécdota significativa. En un país -no diré, por motivos obvios, cuál-, los directivos de una asociación de empresas notaron que en el sector no se estaba cuidando la calidad de los productos. Entre las empresas, había una práctica común que consistía en rebajar el insumo principal. En estas condiciones, la calidad de los productos no era la mejor, pero los consumidores no se daban cuenta de ello, y los fabricantes continuaban con sus prácticas.  

Sin embargo, un directivo de esta asociación de empresas se empeño en hacer ver a todos los fabricantes que si ellos seguían con este tipo de prácticas, nunca desarrollarían el sector, y que por tanto, nunca podrían competir internacionalmente. Además, como en esta asociación se hacían mediciones semanales de la calidad de los productos, él pensó que podrían tomar algunas medidas para cambiar este tipo de prácticas “corruptas” (vamos a llamarlas por el nombre que se le daría en nuestro medio, aunque nos resulte un poco fuerte).  

Convocó, entonces, a todos los fabricantes de este producto, y les comentó sus ideas.

Si seguimos así, nunca desarrollaremos el sector. Por tanto, este tipo de prácticas vamos a erradicarlas. Para hacerlo, cada uno de ustedes me deja, ahora mismo, un cheque por 100,000 dólares, firmado, y en blanco. Yo los pondré en la caja fuerte. Y empezamos a verificar la calidad de los productos fabricados a partir del siguiente mes. Si encuentro un producto que no cumple con la calidad, cojo el teléfono, llamo al fabricante, y le digo: mira, va una; a la siguiente, cobro el cheque.

Al salir de la reunión, cada uno de los fabricantes le dejó un cheque por 100,000 dólares, firmado, y en blanco. Al final del primer mes, se hicieron las pruebas de calidad. De todos los productores, hubo nueve que habían rebajado el insumo principal. Entonces, este directivo tomó el teléfono, y llamó a cada uno de ellos. “Mira, les dijo, hemos encontrado que en tus productos se ha rebajado el insumo principal. ¡Va una! A la siguiente, cobro el cheque…”

Lo interesante fue, que este directivo nunca tuvo que cobrar ningún cheque. Todos cortaron con esas malas prácticas que se había extendido entre ellos. Y ahora mismo, este sector es uno de los más importantes de ese país: la calidad de sus productos y el nivel de innovación es de carácter internacional.  

La corrección de este problema no vino de prohibiciones estatales, o de un cambio de estructuras, o, incluso, de la supresión de la iniciativa privada: que debía ser castigada por cometer estos abusos… Provino de la visión de un directivo que veía el largo plazo como lo relevante para el sector, y que, para esto, la calidad de los productos era indispensable. Eso sí, todo, en un contexto de respeto y promoción de la libre iniciativa.

Salvo los casos de personas que han perdido, por sus propias decisiones, su libertad interior, y que son una amenaza permanente para los demás, la supresión de la libertad nunca es camino para resolver los problemas sociales. Entre libertad y estatismo nos toca elegir dentro de poco. ¡Ojalá seamos conscientes de lo fundamental que es la libertad para la naturaleza humana!

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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