Dos defectos personales que debe evitar un directivo

Alejandro Fontana, PhD

En la literatura sobre el gobierno corporativo poco se habla de los defectos personales que debe evitar un directivo. Hay quienes piensan, que el estilo personal de vida no influye en el gobierno empresarial. Pero, no es así: una empresa no es otra realidad que el conjunto de relaciones personales entre quienes conforman la organización. De allí que la calidad personal de sus miembros tenga más influencia que el análisis estratégico del negocio. Por eso, me voy a referir a dos defectos que debe evitar todo directivo, especialmente la Alta Dirección de la empresa: el orgullo y el miedo.

Cuando una persona no quiere admitir que se ha equivocado a pesar de las evidencias; cuando no escucha a sus pares o subalternos y solo se fía de su propio criterio; cuando se considera superior a los demás; cuando no admite críticas; cuando cree que solo él hace bien las tareas; cuando se siente imprescindible; cuando todo lo confía a sus fuerzas; cuando no saluda al vigilante ni a las secretarias; cuando se siente herido por un comentario de un colega; cuando se molesta, porque rechazan su propuesta, entonces esa persona sufre del mal de orgullo.

El orgullo encierra al directivo entorno a sí, impidiéndole escuchar los consejos de los demás, y perdiendo, por tanto, objetividad y visión en las decisiones críticas; enrarece las relaciones con colegas, clientes, proveedores, subalternos o competidores, y ve fantasmas donde no existen: segundas intenciones, comentarios que nunca se hicieron o diálogos internos que nunca se han dado ni que se darán, y que generan una actitud interna de rechazo ante los supuestos “agresores”. Además, el orgullo personal de la Alta Dirección se contagia rápidamente al resto de los ejecutivos, e incluso,  al personal de la empresa. Aparece, entonces, la falta de objetividad en la evaluación del desempeño de la organización: se ven a los competidores solo como principiantes y como agentes incapaces de hacer algo bueno; se desprecia a los proveedores; se confía exageradamente en los éxitos pasados, y por tanto, se descuidan las actividades claves del negocio, generando así la decadencia de la organización.  En consecuencia, este defecto personal cuando se presenta en la Alta Dirección puede ocasionar graves daños a la empresa.

Por su parte, el miedo paraliza: no deja pensar con objetividad ni con oportunidad; impide actuar con la soltura que tiene quien lo hace basado en recta conciencia: siempre está dubitativo, calculando los movimientos en función de lo que será el futuro. También ocasiona un cuestionamiento continuo por los efectos de las acciones pasadas: si fueron positivas o no, si será criticado o alabado. De alguna manera hace que la persona viva hipotecada a lo que pueda suceder mañana. El miedo también genera fantasmas: hace que se espere lo peor en el futuro: ¡angustia!, y cuando se presenta en la Alta Dirección, genera un ambiente de incertidumbre e inseguridad en toda la empresa, lo que complica más la situación.

De otro lado, el directivo que tiene miedo tarda en actuar, aunque los resultados de sus acciones vayan a ser muy positivos: teme equivocarse; en especial, tarda en corregir: no enfrenta con el poder que tiene los abusos cometidos por otros ejecutivos. Y está excesivamente pendiente de lo que puede perder si actúa: el puesto, una promoción, un reconocimiento, la confianza de un superior.

Como estos defectos son personales, no pueden suprimirse de golpe; por lo tanto, para contrarrestar los efectos negativos presentes aún en el proceso de rectificación, el directivo debe procurar actuar con la mayor coherencia interna posible: enfocarse sinceramente en los fines de la organización y buscar, al mismo tiempo, lo mejor para los colaboradores, los clientes y los proveedores. Si actúa con esta coherencia, y no se mueve sujeto a sus intereses aprovechándose de los clientes, de los proveedores o de los colaboradores, le será más sencillo evitar el orgullo, y también el miedo. Entre otras actitudes, le resultará más fácil escuchar lo que otros sugieran o puedan aportar; le concederá a cada persona su espacio;  admitirá con sencillez sus propios errores y pondrá los medios para corregirlos. De otro lado, las consecuencias de sus acciones le asustarán menos: tendrá la seguridad de actuar en forma coherente y buscando el beneficio de todos; será más objetivo al evaluar la situación de la empresa; y experimentará menos fantasmas en su entorno: temores ante las reacciones de terceros.

El orgullo y el miedo son defectos que debemos erradicarlos de toda vida personal, en especial, del entorno empresarial. Por eso, todo directivo, y en especial la Alta Dirección, siempre debe estar alerta ante ellos.

Paternidad: una revisión de nuestro concepto

“toda paternidad procede de Dios”

Alejandro Fontana, PhD

En nuestra sociedad actual, no sabemos diferenciar los elementos característicos: los esenciales, de la paternidad. La impresión común es que la paternidad tiene como elemento esencial la generación biológica, y en este sentido, consideramos que el vínculo de la sangre es definitivo, trascendental.

No cabe duda que todos nosotros nos sentimos en deuda con quien nos trajo a la vida y ejerció  sobre nosotros la función de padre: es nuestro punto de partida en esta aventura que es vivir. Y en ningún momento, cuestiono en nada esa deuda, que yo mismo siento por quien fue mi padre, y a quien debo una gran admiración. Pero si profundizamos un poco más allá de las primeras impresiones, pienso que nos daremos cuenta que la generación biológica no encierra en sí todo el contenido de lo que significa la paternidad.

Dicho de otro modo, no basta generar biológicamente para ser padre, porque toda paternidad, según la premisa que encabeza este ensayo procede de Dios. Según esta verdad revelada por El mismo, solo El es padre; y el hombre también puede serlo, pero solo en cuanto es semejante  El.

La paternidad, visto así, es una cualidad divina que solo la Revelación es capaz de mostrarnos. Únicamente la doctrina cristiana es la que enseña esta realidad; solo ella es la que nos ha transmitido esta cualidad divina: “Voy a mi Padre y a vuestro Padre”, se recoge en el Evangelio. Por tanto, la paternidad que nosotros conocemos –la paternidad de la carne- solo es un reflejo de la auténtica paternidad.

Lo que ocurre es que nosotros extrapolamos hacia Dios lo que conocemos a nuestro alrededor: partiendo de la realidad terrena, queremos sacar conclusiones de la realidad divina. Pero siendo la paternidad una cualidad divina -que entre nosotros solo se da como reflejo-, deberíamos razonar en sentido inverso: analizar cómo es esta realidad a nivel divino, y deducir, en consecuencia, a qué se refiere la realidad de la paternidad entre nosotros.

Si obramos así, lo primero que descubriremos es que siendo Dios padre en plenitud, El no  engendra biológicamente, y por tanto, que la generación biológica no puede ser el elemento esencial de la paternidad humana.

De otro lado, si observamos el comportamiento animal, podemos notar que entre ellos también existe la generación biológica: es el medio para la transmisión de la vida y la permanencia de la especie. Pero entre los animales, no notamos el resto de componentes que sí se dan en la familia humana.  La vaca, por ejemplo,  solo atiende al ternero durante una temporada muy corta; y el toro, desaparece de escena casi de modo inmediato.

Este comportamiento no es el de una familia. En nuestro caso, la reacción de los padres es muy distinta. Ellos permanecen alrededor de las nuevas vidas mucho tiempo.  Y es que el vínculo de la familia tiene una misión, la paternidad es, realmente, un encargo: hacer viable esas nuevas vidas. Solo así se entiende esa permanencia.

Las nuevas vidas humanas necesitan de un apoyo material, afectivo y en otras muchas dimensiones para ser viables.  Pero, si seguimos profundizando en nuestro análisis, nos encontraremos que esta viabilidad no puede reducirse tampoco a un tipo de vida que finalmente termina; una vida que dentro de unos años -pocos o muchos- va a acabar. Eso sería haber recibido el encargo de un esfuerzo descomunal, para que, sin consideración alguna, todo se derrumbe trágicamente. Hay un refrán español que podría aplicarse a esta situación: “mi gozo en un pozo”.

Las ansias de vida que hay en todo ser humano no pueden satisfacerse únicamente con una vida como la que conocemos: que termina, que por más que se prolongue, cada vez muestra un mayor deterioro. Estas ansias de vivir, necesariamente, tienen que satisfacerse con otra especie de vida: una que sea plena, sin deterioro y con una capacidad de crecimiento cada vez mayor: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” son unas palabras de Nuestro Señor que recogen los Evangelios, y que confirman que, efectivamente, podemos aspirar a una realidad mejor.

Pero los Evangelios también recogen otra cita del Señor. “La vida eterna es que te conozcan a Ti, Padre, y a quien Tú has enviado”. Haciendo alusión a esta afirmación del Señor, el Papa Benedicto XVI ha comentado que en este pasaje se nos revela que la auténtica vida es conocimiento: conocimiento del Padre y de quien El ha enviado, Jesucristo nuestro Señor.

Por lo tanto, si la paternidad es la participación en la vida, en la generación de la vida, la auténtica paternidad solo se realiza en la transmisión del conocimiento de Dios, y en concreto, de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la paternidad como cualidad divina; y ésta es la paternidad de la que podemos ser un auténtico reflejo. Uno es padre, cuando lleva a Cristo con su ejemplo, con su enseñanza, con su modo de ser, con sus reacciones. El conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo solo puede ser personal, y como tal, exige la propia experiencia y la personal vivencia para poder transmitirse.

Una última consideración. De la parábola del hijo pródigo, hemos aprendido el valor del arrepentimiento y de la comprensión  que merecen quienes están junto a nosotros y se equivocan; pero quizá pocas veces hemos reflexionado sobre una realidad que también se nos transmite en esa enseñanza divina: que un hijo es un heredero. Pero un heredero no solo de los bienes materiales y del patrimonio, como solemos considerar; sino, fundamentalmente, un heredero del rol. 

Un hijo, por serlo, está llamado, necesariamente, a heredar al padre, pero a heredarlo, principalmente, en su función de padre; y por eso, su principal objetivo mientras es hijo debe ser la preparación para asumir un día, cuando le corresponda, esa función.

En consecuencia, si un católico es hijo de Dios,  está llamado, entonces, a asumir un día -diría que siempre antes de lo que lo espera- el rol de padre. Pero, ¿padre de quién?; ¿de los que genere biológicamente? No. De todos aquéllos que Dios Padre haya puesto cerca de él. Si Dios quiere que él genere biológicamente a unos, por supuesto: los ha colocado cerca. Pero esta cualidad de cercanía se abre a todos los que de un modo u otro coinciden con nosotros.

Y responderemos a esta invitación, y seremos sus padres, en la misma medida que generemos en ellos la auténtica vida: el conocimiento de Dios Padre y de Jesucristo: un conocimiento que solo puede transmitirse, cuando se posee.

La gran revolución social: comprender la dimensión personal del hombre

Alejandro Fontana, PhD

Desde antiguo, el hombre ha buscado su perfeccionamiento. Es decir, ha sido consciente de que él mismo es un ser de aprendizajes. Se dio cuenta que era capaz de pasar de un estado inicial a uno superior o inferior según las decisiones o acciones que desarrollaba: si repetía unos ejercicios físicos, percibía que crecía en fuerza física; si practicaba más con el arco y la flecha el tiro al blanco, que podía cazar con más facilidad; que si repetía un conjunto de frases varias veces, luego podía recitarlas sin tener que mirar el documento escrito.

Es decir, rápidamente se dio cuenta que la repetición jugaba un papel importante en el perfeccionamiento de sus cualidades. Y como su existencia estaba muy vinculada con el entorno físico, empezó a darle más valor a la repetición de acciones que lo hacían físicamente más perfecto: más fuerte, más veloz o más ágil. En este contexto, no es difícil imaginar que los hombres primitivos dieran tanta importancia al desarrollo de las capacidades físicas, y que, aun, centraran en ellas el ideal de la perfección.

Pero el progreso que el hombre también comenzó a desarrollar sobre el entendimiento de la naturaleza cambió sustancialmente este enfoque. Entendió, por ejemplo, que utilizando un instrumento largo y contando con un punto de apoyo podía mover grandes pesos; y que no requería desarrollar una gran musculatura para mover esos bloques; o que enrollando una cuerda con varias vueltas a un poste cilíndrico, podía sujetar un barco al muelle. El hombre, entonces, aprendió que conocer las causas de los fenómenos era mucho más útil que desarrollarse físicamente.

Y entonces, cambió el centro de atención de lo que debía cultivar en su propio ser. Este es el momento cuando el hombre descubre que su supervivencia viene facilitada más por el desarrollo de su inteligencia y voluntad que por el desarrollo físico. Es un momento de un gran descubrimiento, porque comprende que la especie humana difiere sustancialmente del resto de las especies de la naturaleza: mientras todos ellos deben aprender a adaptarse al ambiente; el hombre, no. El hombre no se adapta al ambiente, si no que es capaz de adaptar el ambiente, de modo que puede sobrevivir en él. Y esto se da, porque es capaz de aprender las causas que dominan la naturaleza.

Llegados a este punto de la evolución del aprendizaje humano, me parece muy pertinente hacer notar una realidad que puede pasarnos desapercibida, pero que Fernando Sellés, advierte muy oportunamente: la inteligencia humana no tendría sentido en un mundo que no fuese regido por unas leyes. Es decir, existe una complementariedad entre la naturaleza del universo y la capacidad de entender las causas de la inteligencia humana, a tal punto que si la naturaleza no fuera racional, no tendría sentido esta capacidad humana. De nada le serviría al hombre su racionalidad si el mundo fuese caótico.  

Con todo esto, se entiende que la sabiduría fuese el gran ideal de la cultura helenística. Y podríamos decir que hasta allí llegó la humanidad por su cuenta. Sin embargo, la gran revolución social se presenta recién cuando al hombre se le explica que además de ser un ser vivo y racional, es un ser personal.

El concepto de persona tiene su origen en la reflexión teológica cristiana, no en el mundo filosófico griego. Fue un concepto que debió crearse para explicar -de algún modo- la extraña proposición y novedad del cristianismo: en Un Solo Dios hay Tres. Una unidad, que por ser la divina, tiene que reclamar la absoluta identificación. Y entonces, se entendió que esta unidad de tres solo podía darse si dentro de esa unidad se presentaban solo relaciones. Y así se habló, de Un solo Dios y Tres personas, tres relaciones: Padre, Hijo y el Amor entre Ellos: Espíritu Santo.

Por eso, el concepto clásico de persona hace referencia a la relación. Como Carlos Llanos señala, es “el modo propio e irrepetible de relacionarse con los demás”. Y él mismo agrega: “el clásico y venerable concepto de persona no entraña ningún factor de egoísmo, oposición, preponderancia o clausura”.

En consecuencia, la gran revolución social ha tenido su inicio en este cambio de concepción del ser humano. Más que pensar en el desarrollo de sus habilidades físicas o de un entendimiento cada vez más profundo de las causas de la naturaleza, la cuestión de fondo es haber entendido que ambos tipos de desarrollo -muy necesarios- deben orientarse para salir de sí mismo. Que no se trata de una perfección humana sin referencia a los demás, sino que estos crecimientos: física e intelectual han de orientarse para servir a otros. Dicho de otro modo, la vida humana -en su plenitud- responde a un propósito externo a uno mismo, que le da sentido.

Antes de terminar pretendería que saquemos algún propósito práctico. En los últimos años, nuestra sociedad le ha dado mucha importancia al desarrollo de las capacidades físicas: gimnasios, competencias deportivas, estrellas del deporte, mayor actividad deportiva. Ha ocurrido algo semejante con la promoción de actividades intelectuales: mejorar el acceso a la educación, estudios de posgrado, gestión del conocimiento en las empresas. Pienso que paralelamente a esto pienso deberíamos promover -y quizás con mucho más empuje- aquellas actividades que nos ayuden a crecer en nuestra capacidad de servicio a los demás: religiosidad, retiros espirituales, voluntariado, visitas a enfermos y a hospicios, visitas a familiares ancianos, donaciones, participación en actividades vecinales, etc. Robert Putnam encontró en uno de sus estudios una correlación significativa: los países con más desarrollo económico son aquellos países donde sus ciudadanos realizan más actividades de voluntariado.   

La gran revolución social no pasa por quitarle a unos sus bienes para dárselos a otros; consiste más bien, en que uno mismo salga de sí, y que con su testimonio de vida, contagie a otros de este bien propiamente humano.  

Las competencias directivas que exige la sostenibilidad

Alejandro Fontana, PhD

Pienso que ya estamos frente a un contexto empresarial que comprende que los resultados de una empresa no pueden reducirse al aspecto económico. Larry Fink, el CEO de BlackRock, uno de los fondos de inversión más grandes de Estados Unidos, dirigiéndose a los CEOs de las empresas donde este fondo tiene inversiones, les comentaba que las inversiones de fondos privados en empresas con activos sostenibles habían superado el último año los 288 billones de dólares. Y quien habla de activos sostenibles hace referencia a operaciones que claramente buscan un impacto positivo en lo social, y al mismo tiempo, no ocasionar un daño al medioambiente.

Por lo tanto, hoy en día, unos buenos resultados económicos no son suficientes para justificar una inversión económica: son condición necesaria, pero no suficiente. Interesa mucho el cómo se hayan conseguido dichos resultados.

Si trasladamos esta cuestión al plano directivo, comprobaremos que un comportamiento directivo capaz de tener en cuenta la eficacia sin dañar el ambiente ni el contexto social reclama la existencia de dos niveles adicionales al resultado económico: los resultados alcanzados en la dimensión operativa y la dimensión evaluativa. Es decir, un nivel que se caracteriza por el dominio teórico y práctico de la naturaleza física: la dimensión operativa; y otro nivel, que corresponde a la capacidad de evaluar las actitudes de los demás actores: la dimensión evaluativa.

Me parece que la dimensión operativa no exige mucha explicación: intuitivamente es posible pensar que este dominio es un elemento clave del buen hacer de una empresa. Parte del cómo sostenible de unos resultados empresariales viene dado por el mayor dominio que se vaya consiguiendo con la ejecución de la operación.

La sostenibilidad exige, pues,  que la empresa no puede dormirse en su éxito. Debe seguir aprendiendo y preocuparse por adquirir más dominio de la técnica, el arte, el conocimiento de las necesidades del consumidor. Es decir, el cómo sostenible implica una apertura a la innovación en los directivos, en primer lugar, y en toda la organización, en general.

Quizás entender la dimensión evaluativa en la empresa como parte de la exigencia de la sostenibilidad sea menos intuitivo. La dimensión evaluativa hace referencia al plano de los valores personales y corporativos. Estaríamos sosteniendo que no puede haber sostenibilidad si faltan valores. Y es que, en una organización, solo estos son los que pueden detener una acción que atente contra el medioambiente, o que tenga un impacto social negativo.

El aprendizaje que debe adquirir un directivo no puede limitarse al dominio de la técnica o de los conocimientos. También ha de preocuparse por adquirir unas cualidades más profundas: empatía, humildad, desprendimiento, espíritu de servicio, responsabilidad. Y a esto se le llama dimensión evaluativa, porque el aprendizaje en estas cualidades habilita al directivo a evaluar dichas cualidades en las personas que le rodean. La evaluación de una cualidad, o incluso, de un conocimiento exige que el evaluador tenga un dominio mayor en dicha cualidad o conocimiento del que tienen los evaluados. Solo puede evaluar correctamente en matemática, quien tiene un dominio mayor en matemática que los evaluados; y solo, puede evaluar en empatía, quien posee un nivel de empatía mayor.

En consecuencia, el cómo sostenible de una actividad empresarial reclama también a los directivos una apertura al aprendizaje de valores. Es decir, a una preocupación por la calidad de la propia personalidad.

El cómo sostenible puede ayudarnos a humanizar la actividad empresarial…

En busca de un dominio de la ética de los negocios

Alejandro Fontana, PhD

Hay diversos sucesos que últimamente nos han llevado a prestar una atención más delicada a la evaluación ética de las decisiones de los directivos. En nuestra sociedad, tenemos una sensibilidad mayor por los actos de corrupción que hemos presenciado. Además, somos testigos de los inconvenientes que generan para la sociedad. Pero esta sensibilidad no solo se ha presentado en nuestro país; es un efecto universal, y la presión internacional nos llega también por indicadores de la dirección como el ESG. La componente governance de este indicador es el que está precisamente relacionado con las acciones que buscan evitar los actos de corrupción.

Ahora bien, el contexto empresarial siempre ha estado gobernado fuertemente por los principios utilitaristas. Es decir, que una acción tenga consecuencias económicas positivas para la empresa es suficiente para considerarla como la más conveniente. Algo semejante se da con la aplicación del criterio costo/beneficio: “si el beneficio es mayor que el costo, se justifica la inversión o el proyecto”. Lo usual, por tanto, es que solo se mire el impacto económico. Esto es lo que significa el utilitarismo.

Pero los actos no pueden calificarse éticamente solo por las consecuencias que tienen. La ética no puede considerarse al margen de la realidad, o de los bienes, como comenta Sellés. La ética es un trípode que se apoya en tres patas: el bien propio del acto que se analiza; las normas que regulan el acto en la sociedad; y las virtudes que dicho acto genera. Por eso, continúa este filósofo, una acción ética es aquella      que elige un bien que desarrolla la inteligencia, y al mismo tiempo, desarrolla la voluntad. En contario, la elección de un bien que no genere un desarrollo en la inteligencia y en la voluntad no es un acto ético. Y es más ético, el acto que genere más desarrollo en la inteligencia y más desarrollo en la voluntad. Pongamos un ejemplo, perseguir el bien común de una sociedad supone un gran desarrollo en la inteligencia: diseñar la solución, implementarla adecuadamente, participación de muchos actores, mucho estudio, mucha interdisciplinaridad, muchos involucrados; y un gran desarrollo en la voluntad: muchas coordinaciones, mucha precisión, mucho trabajo bien elaborado, mucha perseverancia, mucha fortaleza, mucha justicia y muchos involucrados. Perseguir el bien común es, por eso, el acto más ético en una sociedad.  

Ahora bien, quería fijarme en el punto clave de la evaluación ética, porque allí también cometemos algunos errores de apreciación. El foco de atención de la ética no es lo que le suceda a los demás. Este es un impacto muy valioso de esta ciencia, tanto así, que como explica Juan Fernando Sellés, es lo que hace que la ética sea la única realidad capaz de unir a los componentes de una sociedad. El foco de la atención de la ética es el cuidado de la personalidad del propio decisor.

Por lo tanto, cuando hablamos de ética de los negocios nos referimos, fundamentalmente, al cuidado de la calidad personal de los decisores en los negocios. Lo que la ética de los negocios busca es que nosotros mismos -los decisores de los negocios- contemos con el conocimiento necesario para protegernos, a nosotros mismos, de nuestras decisiones libres que podrían dañar nuestra personalidad. Toda decisión empresarial siempre la toma una persona o un grupo de personas. La empresa no decide, deciden unas personas por la empresa, aunque la decisión se atribuya a la empresa. De allí que esas decisiones terminen teniendo también un impacto en la personalidad de cada uno de los directivos implicados en ellas.  

Y entonces, viene bien recordar que la valoración ética de todo acto humano libre depende de tres componentes. El acto en sí; la intención por la que se hace el acto; y las circunstancias que rodean al acto. De estos tres elementos, el acto en sí es el más importante. Hay actos que nunca son éticos, es decir, independientemente de cuáles sean las circunstancias y las intenciones, esos actos siempre tendrán una valoración ética negativa. Por ejemplo, la comercialización de drogas, la explotación de niños, el engaño en la venta, etc. En este tipo de actos, ni la intención ni las circunstancias pueden revertir la valoración ética del acto; nunca pueden convertirlo en un acto ético. Por eso, no es ético comercializar drogas, aunque con ese dinero vaya a financiar un orfelinato; o ese dinero lo use para educar a mis hijos.

Sin embargo, sí puede ocurrir que un acto que en sí es noble o tiene una valoración ética positiva se pervierta por la calidad de la intención o por las circunstancias que lo acompañan. Por ejemplo, la venta de un automóvil, que en sí tiene una valoración ética positiva, es éticamente negativa si la intención del vendedor es engañar al comprador; o las circunstancias del comprador no son las adecuadas para la adquisición de ese producto.

Los directivos de una empresa de retail en nuestro medio hacían muy bien cuando analizaban las compras que hacían sus propios colaboradores utilizando las facilidades de la venta al crédito. Habían descubierto que muchos de ellos se dejaban llevar por la presión de consumo de los clientes de esas tiendas, y asumían créditos que estaban muy por encima de sus posibilidades económicas al adquirir artefactos electrodomésticos en la propia tienda donde atendían.

Antes de terminar esta breve exposición quisiera advertir una realidad en la que en ocasiones erramos. Como la intención es una componente totalmente interna -desde fuera nadie puede conocerla-, la valoración ética solo puede hacerla el propio actor. Los demás nunca tendremos la información completa: siempre nos faltará el dato de la intención; y no será válido asumir uno, por más que nos parezca, a nosotros, que asumimos el más habitual o frecuente.

Por ejemplo, si un empresario o una persona natural financia a un partido político y no desea que se sepa que lo hace, a priori, no puede decirse que ese acto sea corrupto. Financiar un programa político y que otros no lo sepan no es un acto en sí no ético.

¿Este tipo de acto puede deteriorarse éticamente? Indudablemente, ¡sí!, pero dependerá de la intención y de las circunstancias con que se dio dicho financiamiento. Por ejemplo, si la intención fue financiar para obtener favores cuando dicho partido esté luego en el poder, el acto no es ético. Pero el conocimiento de esta intención, solo la tiene el propio actor. El juicio ético le corresponde a él; los demás no tenemos la información completa. Por eso, al momento de juzgar los actos de terceros bajo la dimensión ética, hemos de cuidar no traspasar este límite. Podríamos cometer un serio error… y nosotros ser los no éticos.

Desde fuera, solo podemos definir como no éticas, las acciones que en sí mismas no son éticas; pero no aquellas que siendo en sí éticas, pueden deteriorarse por la intención o las circunstancias del decisor.  

Aunque la corrupción parezca cubrirlo todo, es vencible

Alejandro Fontana, PhD

Algunas de las acciones del nuevo gobierno de nuestro país parece que siguen la misma línea de búsqueda de intereses personales que han tenido varios gobiernos anteriores. Hay, incluso, varios compatriotas nuestros que ya se sienten arrepentidos de haber confiado en un discurso que parecía ser diferente.

Ante esta situación, no es extraño que el ánimo de muchos de nosotros sea de una cierta desesperanza. Quizás, es que muchos seguimos pensando que la solución a nuestros problemas, y entre ellos, la corrupción del estado, viene por un cambio de sistema. Caer en la cuenta que esto no se da una vez más hace que nuestra ilusión decaiga, y que además, consideremos que no hay mucho más que hacer.

Pero la realidad es diferente, porque no es el sistema el determinante, sino las personas, y además, cada una de ellas. Por eso, una vez más debemos levantar la mirada, y fijar los objetivos donde siempre debieron estar: la solución a los problemas de corrupción pasa necesariamente por la calidad moral de cada uno de nosotros; por la adquisición de las virtudes morales: justicia, templanza, fortaleza y prudencia; y por descubrir que la vida tiene un sentido trascendente: un propósito personal.

Quiero llamar la atención sobre un hecho real, que por ser sencillo y frecuente, nos puede pasar inadvertido, pero que sin embargo, puede cambiar el enfoque de nuestra mirada sobre la realidad. Me gustaría preguntarle a cada uno de los lectores lo siguiente: a tu alrededor, ¿hay más gente buena o hay más gente mala?… Sí, allí donde estás, en tu barrio, en tu empresa, en tu oficina, en el hospital donde te atiendes o en la clínica a la que acudes, ¿qué tipo de persona encuentras con más frecuencia?… Y creo no equivocarme, si respondo por ti: realmente, hay más gente buena que mala.

Por lo tanto, si esto es así, ¿tenemos motivos para desanimarnos, porque aún seguimos luchando contra la corrupción?… ¡Pues, no!, incluso, me atrevo a afirmar: en las oficinas de la administración pública hay también más gente buena que corruptos.

Y entonces, ¿qué debemos hacer para erradicar la corrupción de nuestro país, de nuestras empresas y de nuestra administración pública? La respuesta es sencilla: seguir trabajando de modo honrado; no dejarse ganar por el corto-circuito de la solución de corto plazo a costa de lo ético; trabajar con seriedad y responsabilidad; ser justo; ser generoso con los que menos tienen…

El bien, el buen obrar es difusivo, atractivo y contagioso. Lo bueno atrae, motiva, despierta interés. Le ocurre exactamente lo que le pasa a la luz: donde aparece, disipa las tinieblas; vence la oscuridad. Por tanto, la mejor manera de vencer a la corrupción en nuestro país no es deseando alcanzar un sistema que todo lo arregla, pero que por ser sistema, no nos puede arreglar a nosotros. Pienso que esta alternativa nos puede ilusionar, pero debemos reconocer también que nunca será suficiente; siempre será necesario que involucre, en lo personal, a cada uno de nosotros.

No deseo terminar este breve artículo sin dirigirme a las personas que laboran en la administración pública. Varios de ellos pueden sentirse ahora más desanimados por las características éticas de sus jefes o de los nuevos funcionarios de confianza de los políticos de turno.  

Pienso que ustedes tienen un rol muy importante en el cambio moral de la administración pública. En el Estado, no puede ejecutarse ninguna disposición sin que la firme o avale un funcionario público. La clave, por tanto, está en la calidad moral de quienes ocupan estas posiciones. Y como ya hemos visto que hay más funcionarios públicos buenos que malos, a los que procuran hacer el bien, simplemente, hay que animarlos a seguir siéndolo; y a que además, lo muestren.  Hemos de pedirles que sigan trabajando con mucha seriedad y profesionalidad; que continúen preparándose; que mejoren su dominio de la legislación; que digan no a los planteamientos y propuestas dudosas, aunque procedan de arriba; y que muestren los resultados positivos que tienen. Me pongo a su disposición para ayudarlos a documentar las experiencias positivas que tengan…

Y, sobre todo, consideren que su actuación será una fuente de bien, una luz que disipa las tinieblas de la corrupción, porque llamará a la imitación: el bien siempre es atractivo y difusivo. Con seguridad, será el medio de conseguir un cambio eficaz ante la corrupción: “el mal solo se vence con abundancia de bien”.

El auténtico interés por los más vulnerables

Alejandro Fontana, PhD

Una de las cualidades que se le debe pedir a todo líder empresarial y a todo gobernante es una auténtica preocupación por los demás. Sin esta cualidad, no hay liderazgo directivo ni tampoco hay misión que pueda realizarse.

Para que la autoridad sea auténticamente humana, debe salir del círculo del propio interés. Esta es una condición que tiene toda acción humana para evaluarse como tal. Como comenta el Prof. Rivera en su artículo sobre cómo empoderar a los nuevos líderes empresariales con sentido ético, la gestión empresarial solo se puede llamar humana cuando el decisor decide pensando en no dañar su propia calidad personal. Es decir, actúa saliendo de sí mismo, anteponiendo los intereses del conjunto a su propio interés.  

Con la misma lógica, puede afirmarse entonces que en el caso de un gobernante, su autoridad no se erige para imponer sus propias ideas o las convicciones del grupo que representa. La auténtica autoridad en una sociedad o de una nación tiene fundamento solo cuando se busca el bien común: lo que verdaderamente sirve y beneficia al conjunto.

No se trata de lo que a le gusta o le disgusta al que gobierna, sino de centrarse en lo que conviene al conjunto: lo más oportuno, lo más apremiante. Hace unos días, hemos escuchado en el discurso del señor Castillo comentar su visión sobre el uso que le agradaría dar a nuestro Palacio de Gobierno, y su deseo de que este se convierta en el museo de las culturas.

Siguiendo el discurso de su candidatura, y en parte también el de su mensaje, siempre ha prometido dar voz a todos los peruanos. Por lo tanto, pienso que en un tema tan vinculado con nuestra tradición y tan representativo de nuestra nación, no cabría tomar decisiones propias, sino abrirse a la opinión de expertos y del público en general ¿Qué queremos los peruanos? ¿Es eso lo que nos preocupa en este momento? Es una medida que debiera pasar también por un análisis económico. La autoridad debe primar el bien de todos los peruanos, no anteponer unas opiniones y gustos personales.   

Sin embargo, esto no es lo que más me ha llamado la atención de la actuación del Sr. Castillo. Donde no veo ninguna coherencia es entre su anunciada motivación electoral: una preocupación por los más necesitados, y la indiferencia que muestra a las consecuencias económicas de sus decisiones políticas. Ahora mismo, estas están afectando muy negativamente a los más necesitados del país.

Desde que el Sr. Castillo apareció en el plano político del país, después de la primera vuelta, el tipo de cambio se incrementó considerablemente, pero sin ninguna razón macroeconómica que justifique dicho incremento. Todo se debe al temor del desastre económico que causaría un gobierno comunista en nuestro país. Pese a esto, el 29 de julio nombró como primer ministro a una persona que había sido acusada de apología terrorista; y al día siguiente, como canciller, a un antiguo guerrillero. La respuesta económica no ha sido otra, sino la que podía esperarse: un incremento mayor del tipo de cambio. Es decir, un impacto más negativo aún en las economías domésticas.

Todo incremento del tipo de cambio trae como consecuencia un incremento de los precios de las materias primas y de los insumos importados; y estos, un incremento de la gasolina, del precio de los alimentos, de la harina, etc. Es decir, todo un desequilibrio económico que termina afectando especialmente a la población más vulnerable.

Viendo esta realidad, no tengo otra alternativa que dudar de la sinceridad del Sr. Castillo cuando afirma que le preocupan los más vulnerables. Si aún no se ha dado cuenta del vínculo estrecho que hoy en día existe entre la economía y las perspectivas políticas de un país, pienso que a partir de ahora cuidará mucho sus decisiones políticas. Pero, si al darse cuenta de lo que él mismo está ocasionando no rectifica, entonces ya no tendría más opción que afirmar, con seguridad, que él no tiene una preocupación auténtica por los más vulnerables.   

Una realidad que habitualmente no queremos mirar: la propia muerte

Alejandro Fontana, PhD

Al escribir sobre este tema no quiero caer en tragedias ni dramas. Mi propósito no es asustar a los lectores, ni hacerlos sentir mal. Es simplemente ayudarlos a ser conscientes de una realidad que siempre está presente en toda vida humana. Y que por eso, es mucho mejor tenerla en cuenta, y vivir dándole la cara.

¿Y esto también es necesario advertirlo en el mundo empresarial? ¡Yo pienso que sí…! Los directivos de empresas somos seres humanos; y la premisa de que un día voy a morir, con mucha seguridad nos ayudará a decidir mejor: ¿Qué dejo? ¿Qué he hecho que sea valioso? ¿Qué sentido ha tenido el tiempo que llevo viviendo? ¿Y en los años que me quedan, qué puedo hacer con ellos?

Además, de nosotros dependen muchas personas. Según el tamaño que tenga nuestra empresa o corporación, las familias a las que de una manera u otra afectamos con nuestras decisiones o con lo que dejamos de hacer pueden contarse hasta por miles. Me gustó mucho un comentario de Jack Ma, el dueño de Alibabá, en una entrevista que le hicieron en Estados Unidos. En ella, él comentó que cuando uno maneja una empresa con una facturación de miles de millones, entonces ya no puede solo pensar en sí mismo, sino que debe pensar en los demás, en todos aquellos que dependen de esa empresa. “¡Es gran una responsabilidad!”, acotó.

Mirar de frente a la propia muerte nos ayuda a perderle miedo; …el miedo no es buen compañero de viaje. Por eso nos conviene profundizar en esta realidad, y esto es lo que querré hacer brevemente ahora.  

La muerte no es el final de la vida… ¡No!, al contrario, es el inicio del amor. Los que son verdaderamente cristianos lo tienen muy claro, y por eso viven más tranquilos.  Además, ellos saben que para ellos será el encuentro con el Amor, escrito con mayúscula, porque en cristianismo, escribir Dios o Amor es escribir, exactamente, lo mismo.

Ahora bien, no siendo cristiano uno también puede experimentar la misma convicción: que la vida no termina con la muerte. La persona humana no se puede reducir a la nada con la muerte: ¡la vida sería un absoluto y triste absurdo!… La capacidad de querer a los demás nunca se pierde, porque esa realidad no es corruptible como lo es la materia; no hay forma de que se consuma. Su inmaterialidad nos sirve para afirmar que la persona trasciende lo temporal…

La vida es una realidad mucho más rica que lo únicamente biológico. De hecho, conocemos formas de vida que superan la dimensión biológica: como la amistad, el cariño entre esposos y entre padres e hijos. La amistad es un estadio de vida superior: tiene unas componentes inmateriales, que superan la dimensión biológica y por eso es mucho más fuerte, y eterna… si se sigue cultivando. Lo notamos en la coordinación y la sincronización que se da entre amigos, o entre las personas que se quieren.

En el sector empresarial también tenemos experiencia de este tipo de vida. Quienes han tenido la posibilidad de trabajar en un área donde prima la amistad, habrán descubierto la gran diferencia. Más aún, estoy seguro que no solo lo han pasado bien, además habrán vivido una etapa de mucha creatividad y eficacia. En consecuencia, pienso que tenemos suficientes argumentos para pensar que entre los distintos tipos de vida, también cabría uno que no requiriese la dimensión biológica.

¿Por qué entonces no querer mirar la realidad tal como es, y a partir de ella plantear cómo viviremos el tiempo que aún nos queda? Una comparación algo original, pero muy práctica es aquella que dice que vivir es como ir de compras con una tarjeta de débito de la que no se sabe el saldo que aún tiene… Casi seguro, que si nos sucediera esto en algún momento, miraríamos con mucho más cuidado lo que compramos…no sea que nos quedemos sin lo más necesario.

Puestos a dar la cara a esta realidad totalmente humana; una idea final, que tomo de un clásico de la mística castellana del siglo XVI y un gran poeta: “Al atardecer, nos examinarán en el amor”… Los auténticos hombres contemplativos son capaces de hacer este tipo de síntesis de la vida. Creo que es un consejo que podríamos tener presente…    

Un aprendizaje aún pendiente en el sector empresarial

Alejandro Fontana, PhD

Hay directivos de empresas que consideran que el pago de los impuestos es su principal contribución al desarrollo. Pienso que nadie discute lo relevante que los impuestos de algunas empresas pueden ser para el sostenimiento del aparato estatal y de las iniciativas públicas.  Sin embargo, lo que quizás tenemos que reconocer es que para los habitantes de la localidad donde operan las empresas, esto no es suficiente.

Por eso, es un deber para los que estamos en la Academia mostrarle a la Alta Dirección de las empresas que cualquier iniciativa empresarial en un territorio determinado la convierte, de facto, en un actor co-responsable del destino de la población de dicho territorio. Y debemos comentarle también, que cuando la empresa asume adecuadamente este rol, no solo consigue vencer las resistencias sociales que pudieran haber surgido; sino que además, levanta el nivel económico, social y cultural del entorno donde opera, convirtiéndose así en un soporte auténtico del desarrollo local.

En este sentido, desearía comentarles los detalles de una intervención empresarial en una zona suburbana de Lima, que ilustra muy bien estas ideas.

El responsable del proyecto, un joven egresado de una universidad donde se procura enseñar a los alumnos a tener sensibilidad por los demás, llegó a la zona a construir un complejo comercial. En ese momento, se percató de las condiciones de vida de su población: sin servicios, con viviendas rudimentarias, sin veredas ni pistas, etc. Todo esto le planteó en conciencia hacer algo por esta población.

Como era de esperar, antes de iniciar las obras de este complejo se le presentaron algunas agrupaciones locales en plan de protesta. Ellos reclamaban, porque sentían que el futuro complejo comercial iba a quitarles sus pocos recursos. Sin embargo, accedió a conversar con sus dirigentes, y les preguntó que querían. Al terminar la reunión, él se había comprometido con unas obras para la población.

Cuando se lo comentó a sus jefes, la reacción de ellos fue de gran disgusto. Consideraban que él se había excedido en sus atribuciones. Sin embargo, como este joven profesional era muy hábil, les respondió que él había hecho sus cálculos y que todos los recursos necesarios para las obras de la localidad, él los iba a obtener de los ahorros que pensaba conseguir en el proyecto original. Bajo este supuesto y con su compromiso, sus jefes le aprobaron sus decisiones previas.

Entonces, con un seguimiento cercano del proyecto pudo asegurarse los recursos necesarios, y así consiguió cumplir los compromisos que había adquirido con la población. Sin embargo, cuando estaba por concluir la obra, recibió una llamada telefónica del principal directivo local. Ellos le pedían ahora una cancha de vóleibol. En ese momento, este joven directivo recordó que aún le quedaba pendiente la construcción del estacionamiento, y que además, este era bastante amplio. Entonces, accedió a construirles también esta cancha. Para hacerlo, le bastaba ampliar una cantidad mínima el estacionamiento, pintar unas rayas y colocar una net. Y así lo hizo.

Cuando faltaban pocos días para la inauguración del centro comercial, recibió una nueva llamada del dirigente local. Pero cuando le preguntó qué más necesitaban, este dirigente le dijo que ya nada más; que lo que la población quería saber era cuándo abrían, para ir cuanto antes a comprar al local…

No cabe duda que esta historia puede repetirse en múltiples ocasiones. Requiere, eso sí, directivos sensibilizados por las necesidades de la población; y también, que sean capaces de hacerse honradamente con los recursos necesarios. Ahora bien, el efecto puede ser mucho mayor si la Alta Dirección de las empresas se convence de esta premisa: toda iniciativa empresarial tiene un rol protagónico en el desarrollo de la población que vive en el territorio donde opera la empresa.

No es ético actuar contra conciencia

Alejandro Fontana, PhD

La ética es una ciencia que tiene como objetivo cuidar al decisor o agente, más que a los afectados por la acción de aquel. Aristóteles afirmaba que cuando un hombre comete una injusticia, el más perjudicado no es el sujeto que padece la injusticia, sino el que la comete. Y esto se da, porque con una determinación libre y sin que medie ningún tipo de coacción, ese sujeto actuante se ha hecho injusto, ladrón, mentiroso, deshonesto, etc. Y la principal consecuencia de ese hecho será que dicha condición nunca se la podrá quitar ni retirar: él mismo se la impuso con su decisión voluntaria y libre.

Entonces, para evitar que la persona humana se imponga a sí mismo y por propia voluntad este tipo de condiciones es que surge la ética. La ciencia que ayuda a ser consciente de las consecuencias que podrían tener en él sus propias acciones. Ahora bien, esta ciencia con este tema específico busca un agente perfeccionante. Si se trata de criterios para juzgar mejor, busca un juez. Ese juez es la conciencia personal que todo ser humano posee. La conciencia es un hábito innato -sindéresis, le llamaban los escolásticos- que tiene como función distinguir la calidad de bien en una acción (comúnmente decimos: la capacidad de distinguir lo bueno y lo malo de un acto). En la realidad, se trata de la capacidad de apreciar el tipo de bien que atrae detrás de cada una de las alternativas que la elección presenta. De un lado, un bien sensible, pero limitado y pequeño en una posición; y en el otro, un bien grande, pero arduo y difícil.

Esta situación hace que la preocupación por la calidad del juicio personal sea una tarea esencial en la persona humana, y a la que deberíamos dedicar tiempo y energía. Debemos evitar que este ‘juez’ interno no sufra deformaciones por falta de objetividad, es decir, por falta de conocimiento de la realidad. Una vez más, la frase “la verdad os hará libres” cobra una relevancia singular. Solo el conocimiento adecuado de la realidad, permitirá que nuestra conciencia emita juicios acertados, y que, por tanto, nuestras acciones sean libres, en el sentido de llevarnos a donde realmente deseamos ir.

Ahora bien, una vez que la conciencia emite su juicio, actuar al margen de dicho juicio no es ético. No podríamos decir que somos éticos, si habiendo comprobado la falsificación de una realidad, dejáramos de oponernos a dicha falsificación por comodidad, por cansancio, por una simple renuncia ante las consecuencias de una larga espera. En este sentido, y con relación a las últimas elecciones presidenciales, no serían éticos quienes estando convencidos de que hubo un fraude, no continuaran oponiéndose a dicho hecho. Para ellos, no es ético claudicar.  

Antes de terminar dos consideraciones. A nivel ético, lo que está en juego son los valores personales; es decir, la calidad de nuestra personalidad. Y finalmente: no temer la realidad, no temer la verdad… La verdad nos libera, también de las acciones delictivas de nuestra vida pasada. Para saber más de esto, basta preguntarles a los cristianos. Ellos están convencidos de que la Verdad se ha encarnado, precisamente, para liberar a todo hombre que lo quiera de su pasado equivocado.