La vida familiar del directivo de empresas (II)

Imagen de Matla Brand en Pixabay

Alejandro Fontana, PhD

Hace unas semanas escribí una breve reflexión sobre la confusión de contextos que sufrimos cuando evaluamos las acciones de la vida familiar con los criterios del entorno laboral. Ahora, quisiera completar esas ideas con cuatro peligros, que según Juan Luis Lorda, nos amenazan en casa.

Este autor los denomina como los “cuatro demonios domésticos”, y son circunstancias con las que tendremos que lidiar siempre para que el ambiente familiar sea acogedor y no agote. El primero de estos peligros es la proximidad. En el ámbito familiar no hay distancia. No se coincide con los demás solo cuando uno está bien peinado y lavado; o cuando está totalmente despierto y en todas sus capacidades, como si sucede en el ámbito laboral. En casa, uno está en vitrina las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Por eso, se pueden generar con facilidad situaciones de tensión; y muchas de ellas, causadas por detalles insignificantes, pero que nos han afectado en momentos en los que tenemos las “defensas bajas”.

Este peligro siempre está y estará presente, aunque no se perciba, incluso entre los miembros de la familia que mejor se llevan. Por eso, hemos de estar alerta para que una pequeña chispa no se convierta en un incendio que amenace con quemar toda la casa. Y para eso, pienso que la mejor actitud nace de ser consciente de esta realidad de la convivencia humana y de estar alerta.

El segundo peligro es la impertinencia. En el ambiente familiar, el grado de confianza es tan alto, que se genera espontáneamente un juego familiar en el que todos participan. El juego consiste en molestar al otro; y en dar, precisamente, en aquello que más molesta. Y lo curioso es que el modo de divertirse familiar es observar cómo el otro se molesta. Por eso, no es raro que los hermanos menores molesten a los mayores sacando en la mesa las situaciones que los dejan en ridículo, o que los mayores fastidien a los menores riéndose de algún defecto: el tamaño de las orejas o la necesidad de seguir usando pañales.

Este modo de diversión familiar tiene el peligro de herir y de generar resentimientos; y por eso, lo que convendría es tener medida, y no seguir molestando cuando uno ya se percató la vez anterior del comentario, que él no fue nada oportuno. El secreto es la medida; por lo demás, es parte de la vida familiar.

El tercer peligro es el caos. Una casa sin orden agobia, y por tanto, no hay tranquilidad ni el descanso que uno esperaría tener. En consecuencia, conviene un cierto horario: levantarse, desayuno, almuerzo, comida y acostarse. El horario familiar no solo es una ayuda para la convivencia; también es un requisito importante para la salud física y mental de cada uno de los miembros del hogar. Un médico psiquiatra, profesor del IESE, nos explicaba a los profesores del PAD que el organismo humano funciona biológicamente mejor cuando el cuerpo tiene rutinas fijas. Y por eso, él nos aconsejaba que tuviéramos unas horas fijas para levantarnos, desayunar, almorzar, comer y acostarnos.

Además del horario, también conviene el orden material. El hogar no es un lugar para dejar todo por todas partes. Y en el orden de la casa, todos podemos y debemos colaborar. El caos también lo causan los gritos que provienen de servicios que nadie desea asumir. Todos estos detalles generan un ambiente de carencia de coordinación que hace que la vida familiar sea poco grata, y que canse. Para modificarlo, lo mejor es el ejemplo, pero sin reclamar que los demás hagan lo mismo. La educación siempre es por imitación. Basta hacer, seguir haciéndolo y no reclamar que los demás lo hagan. Terminarán haciéndolo, aunque tomará tiempo.

El cuarto peligro es el aburrimiento, es decir, que con facilidad se implantan unas rutinas. En el hogar, es fácil que se instale la argumentación del siempre se ha hecho así; y que, por tanto; todas las semanas se siga la misma rutina. La inercia nos suele ganar. Sin duda, estas rutinas son las que crean tradiciones en las familias; pero de lo que también debemos ser conscientes es que conviene cierta dosis de sorpresa y de innovación para generar dinamismo y expectativa. Esto supone un poco de esfuerzo, especialmente de quienes hacen cabeza. Por tanto, conviene tenerlo en cuenta: es parte de la tarea. Una frase muy sugerente es la siguiente: “adivinar es servir”. En la vida familiar, hay que ser un tanto adivino: qué sorprenderá a los demás, qué agradará.

Espero que estas breves reflexiones nos ayuden a identificar de modo concreto las expresiones de estos peligros en nuestra propia casa. Siendo más conscientes de ellos, podremos procurar no caer en ellos. Con seguridad mejorará la calidad de la vida familiar; y como consecuencia, también la calidad de nuestra actividad directiva.

Tiene igual mérito el trabajo de un barrendero que el de un gobernante

Foto de Refhad en Unsplash

Alejandro Fontana, PhD

Siempre me llamó la atención la siguiente frase: “todo trabajo es hermoso a los ojos de Dios si se hace con amor y se termina con esmero. (…) Ante Dios tiene igual mérito el trabajo de un barrendero que el de un gobernante si esos trabajos se hacen bien, con amor, con finura en los detalles, con afán de servir”.

Sin duda, quien las pronuncia tiene una visión trascendente de la vida; y precisamente por esto, es capaz de reconocer el alcance que puede tener una actividad humana por sencilla y humilde que sea. Vamos a llegar a lo mismo, pero partiendo de un plano más vivencial. De paso, comprobaremos cómo los hombres santos pueden otear con facilidad lo que nos supone razonamiento y esfuerzo a quienes no tenemos esos niveles de intimidad con Dios.

Una sentencia que suelo proponer en las sesiones que doy y que ordinariamente sorprende al auditorio -directivos de empresas- es la afirmación de que el ser humano no es un consumidor, sino un ser que aporta. En las empresas, cuando se piensa en las población de una localidad, siempre se analiza su realidad desde el enfoque de consumidores: un sujeto con necesidades no satisfechas y que siempre está buscando satisfacerse.

Indudablemente, toda persona tiene necesidades y estas, ordinariamente, lo mueven a resolverlas; pero él no solo es necesidades; o dicho de otro modo, a él no solo le importa satisfacer sus necesidades. Hago una aclaración: al hablar de sus necesidades, pienso también en las necesidades de sus seres queridos: a fin de cuentas, cuando alguien quiere a otro, lo identifica consigo mismo; y por eso cabe comprender las necesidades de los seres queridos dentro de las necesidades propias.

Retomando el hilo, el ser humano es más que necesidades. Es un sujeto con intimidad; y por tanto, único, irrepetible e insustituible; y tener intimidad significa biografía y reflexión. Pero además, es un ser capaz de auto-movimiento, y un auto-movimiento que dirige su intimidad fuera de sí. Por eso es posible la vida social, el bien común y la capacidad de construir con otros lo que no podría construir solo. Es decir, por esta característica de su naturaleza, las necesidades de unos seres humanos con los que no tenía ningún vínculo se convierten en reto que debe asumir; en aporte al que se siente invitado a participar.

Ahora bien, si trasladamos este análisis al ámbito laboral, podemos entonces comprender que el oficio, la profesión o el trabajo es mucho más que medio para una relación solo contractual. Desde la perspectiva personal: es una tarea que procede de alguien único, irrepetible e insustituible; pero además, es el aporte singular de ese alguien a un conjunto de otros seres humanos. Algo, por tanto, invalorable. Pero como para que esta tarea sirva realmente, tiene que ser bien hecha y pendiente de los detalles, entonces, como decía nuestra cita inicial: “tiene igual mérito la labor de un barrendero que el de un gobernante si esos trabajos se hacen bien, con amor, con finura en los detalles, con afán de servir”.     

Desde aquí quiero expresar un agradecimiento muy especial y sincero a todas las personas que cada mañana nos limpian las calles y las veredas de nuestras ciudades. A todos aquellos que cada día o cada noche hacen posible que nuestra ciudad no esté llena de basura, y por tanto, de todos los problemas que eso generaría. El trabajo que Ustedes hacen es sumamente importante y valioso para todos los demás que vivimos en la ciudad; y que muchas veces no sabemos agradecer como deberíamos. Son Ustedes, que con su trabajo nos cuidan de modo muy especial.

No es un trabajo para nada prescindible; es sumamente necesario, y es el aporte personal que Ustedes nos hacen.  ¡El regalo que nos brindan! ¡Gracias por su trabajo!

Un proyecto educativo atrayente: hacer que la vida de nuestros alumnos sea diferente

Alejandro Fontana, PhD

Existe un estrecho vínculo entre lo que un profesor es y el nivel de educación que alcanzarán sus alumnos o discípulos. Por eso, una tarea imprescindible para un profesor de postgrado es el conocimiento personal y la capacidad de auto-dirigirse que haya conseguido.

Para auto-dirigirse adecuadamente es necesario profundizar en la realidad antropológica. Necesitamos tener un concepto claro de lo que la persona humana es y las realidades y capacidades que posee. Por ejemplo, es difícil saber lo que uno es capaz de hacer, porque no se tiene experiencia previa de lo que no se ha hecho antes.

Ahora me limitaré, siguiendo a Juan Fernando Sellés, a hacer una reflexión breve sobre la vida humana: la vida es un movimiento desde dentro, unitario y regulado.

En primer lugar, la vida se caracteriza por ser un movimiento interno, es decir, desde dentro. Todo aquello que tiene vida, define su movimiento desde dentro de él, no desde fuera. Es una acción, no una reacción. A diferencia del cohete que va hacia la luna, el movimiento del ser con vida es siempre suyo. Ahora bien, si la característica de la vida es el desde dentro; el fin de la vida no puede estar fuera de ella, sino que debe ser interior. El fin de los seres vivientes es vivir, más aún, alcanzar más vida. De allí que notemos que el anhelo de la vida no es solo vivir, sino vivir mejor, lograr una vida más perfecta: mejores condiciones, más comodidades, etc. Hay por tanto grados de vida. Y en estos grados, la  vida es más perfecta en la medida que hay más reflexión personal: cómo quiero ser en unos años, qué objetivos quiero alcanzar, qué aportaré, por qué hago esto. Sin esta autodeterminación el nivel de vida es mínimo.

En segundo lugar, la vida es un movimiento unitario. La unidad del ser vivo indica que en él hay un principio unificador que es precisamente la vida. La vida es auto-movimiento unitario. Por eso los grados de vida son más altos cuanto más integrados están. En el hombre esta unidad puede contemplar aspectos de su actuación personal. El hombre que aúna sus apetitos es un hombre más vivo que el que no lo logra. Quien unifica sus decisiones en torno a un ideal, a un objetivo común, a un modelo es un hombre con más vida. Por eso la forma de vida más elevada en el hombre es la vida que hace referencia a la relación personal -íntima- con Dios.

Por eso podemos afirmar que el hombre más sociable es vitalmente más pujante que el que se aparta o disgrega de la convivencia. Ha desarrollado virtudes para esa sociabilización; y las virtudes son formas muy altas de vida; son cualidades que permiten la unidad en un estadio más alto: la organización, la empresa, la sociedad. Sin asociatividad no se pueden afrontar algunos retos, pero interactuando con otros es posible vencer dificultades imposibles para el individuo. La unidad del conjunto, por tanto, habilita para la producción de bienes. Pero estas estructuras sociales requieren que los individuos engranen con facilidad, y esta capacidad la adquiere un hombre cuando desarrolla virtudes. Por eso es necesario trabajar en el nivel personal para conformar organizaciones eficientes y eficaces.

En tercer lugar, la vida es un movimiento regulado, ordenado. La vida implica orden interno, compatibilidad de todas las partes entre sí. En las formas sensibles de vida hay una subordinación de las partes inferiores a las superiores, y todas respecto del principio vivificador: el individuo tiene que adaptar sus funciones al entorno, y el individuo es para la especie. Por tanto, en este ámbito quien regula es el principio vivificador de la especie.

Esta observación nos permite mostrar la inmaterialidad del principio vivificador que ordena lo inferior a lo superior. Pero además, también permite comprobar que a más vida, más exigencia de orden, de subordinación de las partes. Este orden es mucho más patente en el cuerpo humano que en los animales y vegetales. Sin embargo, como la vida humana no se reduce a lo corpóreo, en el hombre se dan también otros niveles de orden. Una persona puede ser más ordenada que otra en sus pertenencias, en sus planes, en su trabajo, en sus intereses. El orden se constituye así en una señal de mayor vitalidad, y el orden más importante se dará a nivel de los fines. Una vida ordenada en sus fines es una vida con mayor nivel vital, con mayor perfección. 

Como profesores de carreras empresariales nos toca enseñar un conocimiento que genera más conocimiento técnico; y nos toca enseñar unas técnicas. Pero aunque no seamos conscientes, también transmitiremos nuestra visión de la realidad, del mundo, de la vida. Siempre habrá un mensaje de este índole en nuestras enseñanzas, en nuestra opinión y en nuestra conversación. Y como la educación es por imitación, si por algún motivo hemos conquistado la admiración o la atención de nuestros alumnos, ellos, sin ser del todo conscientes,  van a imitarnos o van a asumir nuestra visión particular.

Por lo tanto, en nuestros alumnos influye mucho nuestro modo de ser. No solo la profundidad de un concepto comercial, estratégico o financiero, sino también el modo como lo decimos, como lo formulamos. Por eso interesa mucho que estemos atentos a cómo respondemos una pregunta en clase: con serenidad, con claridad, con aplomo, sin apuro y valorando la intervención. También conviene que reflexionemos nuestras opiniones sobre la realidad nacional, y sobre aquello que valoramos o damos importancia: el comentario que hacemos sobre un excelente beneficio después de impuestos, el análisis que presentamos ante una venta a un precio desorbitante, o el modelo de auto que más nos impresiona, etc.

Todos estos aspectos reflejan de algún modo el nivel de vida que cada uno posee: si está  determinada desde dentro, si es unitaria y si es ordenada. Nuestra reflexión debe hacerse en estas coordenadas;  y en la medida que estas características estén presentes en nuestra propia vida, nuestro nivel de vida será más alto, y transmitiremos un mensaje de mayor calidad antropológica.  

Hasta aquí hemos visto que como profesores necesitamos un conocimiento más profundo de las realidades antropológicas.

Hablemos ahora del objetivo de nuestro proyecto educativo. Lo que hemos revisado sobre la vida apunta a considerar que en la realidad humana se pueden superponer distintos niveles de vida. En este sentido, uno  de los más altos es el que se abre a la atención de las necesidades de quienes tiene cerca. En consecuencia, yo quiero proponer para nuestro proyecto educativo el mismo objetivo que Joseph Schumpeter se propuso en su madurez: hacer que la vida de nuestros alumnos sea diferente.

Como profesores de carreras empresariales pienso que tenemos el peligro de quedarnos en el plano del hacer. Una gran preocupación por conseguir que nuestros alumnos dominen unos conceptos, unas materias y unas técnicas: la enseñanza de la herramienta y del análisis. Incluso, nuestra preocupación puede ir algo más allá; y entonces resulta que nos preocupa también que ellos redacten mejor, que se comuniquen oralmente con soltura. Pero aún así, seguiremos estando en el plano del hacer.

Conviene recordar aquí una verdad a veces olvidada: lo más importante de un proyecto o de un negocio no son los resultados. Lo más importante siempre será el aprendizaje que queda en cada uno de los que participó de dicho proyecto o negocio. Por eso, pienso que nuestra actividad docente tiene que centrarse más en este aprendizaje, y en concreto en: ¿qué actitud tienen nuestros alumnos frente a la verdad? y ¿cómo responden ante una posibilidad de servicio?

Somos una Escuela de Negocios, y por tanto, un colectivo que busca la verdad. La Escuela no es un mecanismo para la certificación profesional. No se pasa por la Escuela para cumplir los requisitos necesarios para el ejercicio profesional: esta visión es limitada. Se pasa por la Escuela para aprender a explicar la realidad, para tener una metodología que permita profundizar en el conocimiento,  adquirir la capacidad de diseñar e implementar unos procesos, para seleccionar y motivar a otras personas.

Por eso, para el alumno el gran motivador de su aprendizaje no puede ser una nota, ni tampoco un comentario externo. Tiene que ser la misma fuerza del querer saber más lo que le lleve a profundizar en su materia de concocimiento. Por eso, parte de nuestra tarea debe centrarse en conseguir que nuestros alumnos prueben la fuerza motivacional del saber.

Y como el saber debe abrirse necesariamente hacia los demás, si se quiere profundizar en él: la alegría se incrementa cuando se comparte; el conocimiento, también como lo propone Ricardo Yepes; en el mundo intelectual será imprescindible fomentar la actitud de servicio. Para que el propio conocimiento crezca, hace falta enseñarlo.

Entre nuestros alumnos hay que promover esta actitud de servicio: que no teman perder tiempo enseñando a otros lo que ellos ya saben. Es la mejor forma de aprender, pero también, la manera más sencilla de abrirse a las necesidades de los demás. Y esta apertura les permitirá acceder a un conocimiento de la realidad más preciso; diferente -muchas veces- al de la burbuja en la que han vivido inmersos durante mucho tiempo. 

Tenemos muchas oportunidades para trabajar en el cambio de actitud de nuestros alumnos: iniciativas de investigación, proyectos, grupos de desarrollo o de interés, clubes de lectura o de análisis. Estas iniciativas nos permitirán conocer mejor las circunstancias, los dominios, las carencias y las necesidades de cada uno de ellos; y por tanto, tendremos más elementos para ayudarlos. 

Después de estas reflexiones, pienso que podríamos concluir con dos ideas y un propósito. Si deseamos dar una educación de otro nivel; nosotros -profesores- debemos, en primer lugar,  buscar ser más persona: una decidida apertura al crecimiento personal. Esta apertura nos llevará a hacer que la vida de nuestros alumnos también sea distinta. Nos corresponde enseñarles la belleza de la verdad, la fuerza del saber y la realización personal que supone el servicio a los demás. Por eso, el principal aporte que podemos darles es actuar para cambiar su actitud personal.

La vida familiar del directivo de empresa

Imagen de Jill Wellington en Pixabay

Alejandro Fontana, PhD

La familia ocupa un lugar excepcional en la vida de cualquier ser humano, y por tanto del directivo. Sin embargo, las exigencias de los resultados del entorno empresarial con frecuencia llevan a olvidar esta realidad.

La dedicación al trabajo no amerita un descuido de la vida familiar, porque “en la familia se realizan bienes humanos excelentes”, y además: “los bienes de la familia y el hogar son la parte más importante de la felicidad humana” (Lorda, 2010). Las actividades del hogar nos parecen -y realmente lo son-, actividades muy vulgares; y que, por tanto, no pasa nada si no las hacemos. Acompañar a un hijo de ocho años en su partido de fútbol; explicar una lección de matemática; llegar a tiempo para acostar al más pequeño; ordenar una habitación: todo esto nos parece tan vulgar, que lo imaginamos como delegable o que al dejarlo de hacer no ocurre nada grave.

Y efectivamente, todo eso es muy vulgar, y más aún, nos parece que cualquiera podría hacerlo; pero todo eso es -al mismo tiempo- muy noble, muy humano y muy auténtico. Y por tanto, cuando lo hace un directivo de empresa, ocurre algo maravilloso: él se hace más noble, más humano y más auténtico.

De otro lado, como la sobrevivencia de la empresa requiere resultados, el entorno empresarial se vuelve “excesivamente” objetivo en la evaluación de los miembros de la empresa. Y cada uno cuenta por lo que aporta a la organización: por eso, no se ve bien que alguien esté en la organización y no aporte lo que los demás; y que lo sostenga el esfuerzo de los demás.

Por eso, no es extraño que este modo de pensar se traslade -casi involuntariamente- al ámbito familiar, donde la lógica es bastante distinta.  En palabras de Benedicto XVI:

la familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el lugar primario de ‘humanización’ de la persona y de la sociedad, la ‘cuna de la vida y del amor’ (2007).

En la vida familiar, a las personas no se les acepta por su aporte, sino por lo que son: hijos, padres, abuelos o tíos. Nadie debe demostrar que es valioso para que se le quiera y se le atienda. Y es que, como comenta Lorda, “los lazos de la carne y de la sangre son los cauces naturales y espontáneos del amor, de la confianza e incluso de la economía” (2010).

Por eso, lo primero que debería advertir un buen profesional al regresar a casa es el cambio de lógica, porque de no hacerlo calificará mal muchas de las realidades que se le presentarán en ese ambiente. El hogar es el lugar donde cada uno se manifiesta como es; y esto da al ambiente una sensación de paz y confianza muy grande. Allí es donde se experimenta “el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo” (Benedicto XVI, 2008).

Para terminar esta breve reflexión, tomaría una cita de Juan Luis Lorda, que refleja muy bien el gran impacto que tiene la vida familiar en el ámbito laboral y en la sociedad:

si los padres son sanos y tienen un mínimo de dominio de sí mismos, llegarán a querer mucho a sus hijos; y ese amor los llevará a ser más responsables, mejores trabajadores, mejores ciudadanos, mejores hombres; les dará una tarea y unas aspiraciones: hará que su vida tenga sentido, y les proporcionará muchos momentos de orgullo y felicidad” (2010).

Y esto dejará un legado. La siguiente generación habrá aprendido en la escuela del hogar la realidad más profunda de la vida humana: que la vida familiar es una componente esencial de la felicidad personal. En palabras de Benedicto XVI: «solo así será posible ayudar a los jóvenes a comprender los valores de la vida, del amor, del matrimonio y de la familia. Solo así se podrá hacer que aprecien la belleza y la santidad del amor, la alegría y la responsabilidad de ser padres y colaboradores de Dios para dar la vida» (2007).

La carga liviana de nuestra contribución en la construcción del bien común

Foto de Ethan Jameson en Unsplash

Alejandro Fontana, PhD

Se ha dicho que cuando algo es de todos, es de nadie; y que esta realidad solo genera la pérdida o el deterioro de cualquier bien. A un estudiante americano que pasó una temporada en Lima, viviendo en una residencia de universitarios, le llamó la atención lo bien cuidada que estaba la casa. A diferencia de lo que él había experimentado en una residencia en Los Angeles, donde el lavadero de la cocina terminaba cada día más lleno de platos sucios, que todos los universitarios residentes dejaban sin lavar. Y lo que él encontró en esta casa de Lima fue un cuidado y una limpieza a la que contribuían todos los que vivían en ella.

Esta anécdota pretende mostrar dos hechos: primero, que el descuido por lo común se presenta en todas partes del planeta; y en segundo lugar, que en nuestro país existen ambientes donde lo común se cuida; y que por tanto, no es un sueño pensar que como sociedad podemos cuidar mucho más los bienes comunes.

Los bienes comunes son los que construyen y hacen posible la convivencia grata. Los seres humanos estamos llamados a con-vivir, pero no por contrato, como lo pensaba Rousseau; sino, porque el hombre es un ser personal. Ser persona significa ser interioridad y al mismo tiempo ser para otros. Por eso, -y es además algo que todos podemos descubrir en nuestra propia vida- más que preguntarse por ¿quién soy yo?, la pregunta que uno debería hacerse, como lo sugiere Rosini, es ¿para quién soy yo?  

Como lo social es una característica de nuestra naturaleza, la convivencia en la sociedad debemos gestionarla como una componente importante de nuestra personalidad; es decir, como una tarea con la que contribuimos y un espacio del que disfrutamos. Lamentablemente, en nuestra época,  el individualismo se ha impuesto como una norma de vida por teorías económicas o ideologías mal concebidas como sociales. Pero, no siempre fue así en la historia de la humanidad. Messori, en uno de sus libros comenta que el momento de la historia en el que mejor lo pasaron los enfermos, las viudas, los huérfanos y los pobres fue la Edad Media. Una época de la historia donde no había Estado, sino muchas iniciativas sociales que nacieron de la preocupación de individuos concretos, que motivados por el cariño que tenían al Señor, decidieron dedicar parte o todo su tiempo -su vida- a aliviar los problemas de los que sufrían o no accedían a un bienestar concreto. Y como agrega Messori: esas personas se comportaron así, porque esa época de la historia se caracterizó por el gran amor a Dios que se dio en esas sociedades.

Este hecho no hace más que confirmar la realidad personal del ser humano. Alguien con interioridad -con capacidad para reflexionar y decidir por sí mismo a qué dedica su tiempo- y un ser que al mismo tiempo sale de sí mimo para actuar resolviendo los males que aquejan a otros seres humanos, especialmente, a los más débiles.

Por eso, nuestra contribución al bien común no puede alejarse de la calidad espiritual que cada uno tenga, porque el movimiento de salida de uno mismo exige una riqueza interior: una reflexión sobre la propia razón de ser, sobre los recursos que se tienen y las capacidades que uno posee; y todo esto, abriendo los ojos a los problemas y necesidades de los demás. Toda una sensibilidad interior que solo puede partir de la auténtica fuente de todo bien: Dios mismo. Si hoy vemos que el bien común es menospreciado, en parte se debe a que nuestra espiritualidad se ha empobrecido.

Por eso, en la construcción del bien común, más que pensar en otras estructuras sociales o en buscar las personas que con todo lo arreglarán con el poder en sus manos, lo que deberíamos plantearnos es trabajar más la calidad de nuestra propia espiritualidad. Así, descubriremos la realidad tan enormemente rica que perdemos cuando no abrimos las puertas de nuestra interioridad a la amistad con el Señor.

Y entonces, nuestra contribución al bien común no será una carga pesada; una obligación externa que impone una autoridad -muchas veces cuestionada por su comportamiento-, sino una acción que procede de un convencimiento propio, y de la actividad de un ser que cada vez goza más cuando comparte. Y cuidaremos con alegría no ensuciar las calles, no dañar las paredes del vecino, no inquietar bruscamente con el claxon, no querer ser el primero en el tráfico; y mejor aún, nos sumaremos con ilusión y entusiasmo a muchas iniciativas propias o ajenas que ayuden a hacer más grata la vida en común.

Reflexiones sobre actitudes que pueden contribuir a la sobrevivencia del acoso sexual en nuestras organizaciones

Alejandro Fontana, PhD

El número y las consecuencias de los acosos o violencias sexuales en el trabajo sigue siendo alto y traumático para el agredido y para la organización. Un estudio de Joni Hersch, publicado en IZA World of Labor , en julio 2024, ha vuelto a poner en la mesa de trabajo este problema presente aún en las empresas a nivel mundial.

Al mismo tiempo, y considerando los esfuerzos que se hacen en las corporaciones empresariales por abrir más espacio a la participación de la mujer, resulta contraproducente que estas mismas corporaciones, sin darse cuenta, puedan estar fomentando un ambiente que genera, precisamente,  violencias sexuales hacia las mujeres que provienen de hombres o de mujeres en posiciones superiores. Este documento, intenta explicar los mecanismos que explican este resultado contraproducente.     

Definición de acoso sexual

Hersch, en su artículo,  recoge la definición de acoso sexual que proporciona uno de los documentos de la Secretaría de las Naciones Unidas:

cualquier insinuación sexual no deseada, solicitud de favores sexuales, conducta verbal o física o gesto de naturaleza sexual, o cualquier otro comportamiento de naturaleza sexual que razonablemente pueda esperarse o percibirse como causante de ofensa o humillación a otra persona. Dicho acoso puede, además, pero no necesariamente, darse en una forma que interfiere con el trabajo, se convierte en una condición de empleo o crea un ambiente de trabajo intimidante, hostil u ofensivo. (UN ST/SGB/2008/5, page 1).

Ella también presenta la encuesta que ILO-Lloyd’s Register Foundation-Gallup realizó a casi 125,000 individuos de 121 países y territorios, en 2021, y que signficó el primer intento de mostrar una evidencia internacional sobre la violencia y el acoso sexual en el trabajo utilizando una metodología consistente. En dicha encuesta, una de las preguntas fue: “¿Usted, de modo personal, ha experimentado alguna vez algún tipo de violencia o acoso sexual como tocamientos sexuales no deseados, comentarios, imágenes, correos electrónicos o solicitudes sexuales mientras estaba en su lugar de trabajo?”

La Figura 1 muestra los porcentajes sobre el total de empleados que respondieron afirmativamente a este pregunta por región, según el nivel de ingresos del país y por sexo.

Figura 1. Porcentaje de empleados que han experimentado violencia o acoso sexual en el trabajo por región, por nivel de ingresos del país y por sexo, 2021

Los resultados muestran que el acoso o la violencia sexual es más frecuente en América que en otras regiones; que en todas las regiones las mujeres están más expuetas que los hombres; y que la exposición de las mujeres es mayor en los países con más ingresos económicos.

De otro lado, como señala Hersch en su artículo, cuando esta actitud está presente en el lugar de trabajo se producen una serie de costos para las víctimas y para la organización. Hay una evicencia muy amplia de que en este tipo de contextos se da una baja satisfacción por el trabajo y que la salud psicológica y física se deteriora; de que se presenta un alto absentismo entre los empleados; de que existe un compromiso menor con la organización; y de que se produce un mayor número de renuncias. Además, en la organización se genera un ambiente de menor productividad; se requieren más procesos de contratación; se producen pérdidas del tiempo de los directivos que deben dedicarse a las invetigaciones; y se presentan una serie de gastos adicionales, como gastos legales e indemnizaciones para las víctimas.

En los últimos años, para evitar este tipo de situciones se han establecido diversos sistemas de compliance en las empresas y en muchas organizaciones. En su artículo, Hersch también muestra cómo estas medidas han permitido que el número de casos -conocidos solo de modo indirecto a través de estudios- ha disminuido en las últimas décadas. Y para mostrarlo, ella recoge en su artículo un estudio sobre los empleados del gobierno de los Estados Unidos (cfr. Figura 2).

Figura 2. Evolución del porcentaje de empleados del gobierno de los Estados Unidos que han sufrido acoso o violencia sexual en los dos últimos años

Podemos, por tanto, extrapolar que algo semejante se ha dado en nuestro país: el número de situaciones de esta naturaleza debe haber disminuido por la implementación de políticas de compliance en las empresas. Pero no obstante esto, el acoso sexual es un problema aún no resuelto; y uno, que sin darnos cuenta, podemos estar cultivando con algunas políticas corporativas.  

En agosto 2011, Fox News publicó una entrevista al Dr. Keith sobre el impacto que el contexto cultural genera en la orientación sexual. Keith es un psiquiatra que ha ayudado a muchos adolescentes y adultos a encontrar el sentido de su sexualidad; y que esta convencido que el ambiente y las influencias sociales pueden impactar en los deseos y el comportamiento sexual.

En esa ocasión, Keith había escrito en su blog sobre el caso de una niña de 10 años que había salido fotografiada en la edición francesa de la revista Vogue en poses diseñadas para lucir seductiva usando ropa de adultos. Y él objetaba, en esa ocasión, que este tipo de imágenes de niños comercializadas al público podían “crear” nuevos pedófilos. Su explicación era la siguiente:

Cuando una revista publica fotos de un niño que pretenden ser eróticas y muchos miles de mujeres adultas compran esa revista -aceptando implícitamente su contenido-, entonces, automáticamente, se normaliza la noción de que los niños pueden ser objetos apropiados para la fantasía sexual. Y aunque no parezca así, esto tiene el poder en envalentonar a hombres que de otro modo nunca hubieran expresado su interés sexual inconsciente por los niños, pero que ahora pueden actuar así con ellos.

Y él concluía:

Los seres humanos nos dejamos influir poderosamente por los demás y por los valores culturales y enfoques que promulgamos como válidos. Y estas influencias pueden impactar en la sexualidad de manera tan dramática como para determinar no solo si uno está actuando o no sobre sus sentimientos sexuales hacia hombres, mujeres o niños; sino también, sobre el inicio en el sentir de tales deseos.

En consecuencia, la supervivencia del acoso sexual en el contexto laboral va a depender también del modo como las empresas gestionen sus políticas sobre las manifestaciones de las orientaciones sexuales. Como comentó Carmen Camey en un artículo de noviembre de 2017, y después de la publicación de los abusos de Harvey Weinstein, de otros directores, productores, actores, altos directivos de empresas, colectivos artísticos y políticos: “es la cultura hipersexual de nuestra sociedad la que genera este tipo de maltratos”. Y ella misma luego agregó: “con la excusa de la libertad sexual, hemos dejado pasar muchos comportamientos que dejan la puerta abierta a relaciones abusivas”.

Siendo precisamente las mujeres el principal target de este tipo de violencias -con actos que provienen de hombres y también de otras mujeres; en ambos casos, en posiciones de poder en la organización-, y teniendo en cuenta los traumas, miedos y culpabilidad que se genera en la mujer agredida, y los costos que producen a la organización, convendrá no solo contar con políticas que hagan seguras las denuncias y quejas que las víctimas puedan plantear (Camey, 2017), sino también, tomar medidas para evitar que estas situaciones no se presenten nunca más en la organización.

En este sentido, una tarea delicada será repensar también la actitud que las propias organizaciones adopten sobre las manifestaciones de las orientaciones sexuales. Caso contrario, en las empresas se estará fomentando una cultura que normaliza y que puede dar pie a que se generen este tipo de maltratos a la mujer.   

¿Las Escuelas de Negocio incuban criminales?

Alejandro Fontana, PhD

A los alumnos del MBA les pedimos que leyeran el artículo de Luigui Zingales «Do Business Schools incubate criminals?», y les pedimos que respondieran dos preguntas:

1) ¿Qué estaban haciendo ahora para evitar ir a la cárcel en 10 años?

2) ¿Qué deberíamos hacer en el PAD para no incubar criminales?

Con sus respuestas, y la ayuda de un programa de AI, obtuvimos las siguientes conclusiones.

¿Qué debemos hacer en el PAD para no incubar criminales?

Analizando las respuestas de los alumnos, se pueden identificar varios temas y recomendaciones clave:

  1. Ética obligatoria: La recomendación más mencionada es la necesidad de cursos de ética obligatorios y más extensos. Esto sugiere que los alumnos creen firmemente en la importancia de la educación ética para prevenir la incubación de conductas criminales.
  2. Programas de voluntariado: Incluir programas de voluntariado es visto como una manera efectiva de inculcar valores positivos y responsabilidad social.
  3. Casos de estudio con consecuencias: Estudiar casos reales con consecuencias, especialmente los de alto impacto como Lava Jato, es recomendado para mostrar los efectos de las acciones no éticas.
  4. Mentoría y coaching: Se destaca la importancia de tener mentores con un comportamiento ético demostrado y la relevancia del coaching para guiar a los estudiantes en la toma de decisiones correctas.
  5. Cultura de valores: Promover una cultura que valore más los principios éticos que los resultados académicos o económicos es considerado fundamental.
  6. Calidad en la formación y profesorado: Se sugiere tener profesores con experiencia en negocios que puedan brindar asesoría ética incluso después de que los estudiantes hayan terminado sus estudios.
  7. Habilidades blandas y altos estándares: Incluir el desarrollo de habilidades blandas en la formación académica y mantener altos estándares de ingreso para asegurar la calidad ética de los estudiantes.
  8. Regulación y supervisión: Verificar antecedentes de todos los stakeholders, tener certificaciones como ISO 37001 y sistemas de reporte para cualquier comportamiento extraño son medidas recomendadas para asegurar la integridad dentro de las instituciones.

En resumen, las respuestas de los alumnos se centran en la importancia de la educación ética obligatoria y continua, la influencia positiva de la mentoría y el voluntariado, la promoción de una cultura de valores, y la implementación de mecanismos de supervisión y regulación para prevenir la incubación de conductas criminales. ​​

¿Qué estás haciendo ahora para no ir a la cárcel en 10 años?

Analizando las respuestas de los alumnos a la pregunta «¿Cómo evitar ir a la cárcel en 10 años?», se pueden identificar varios temas y recomendaciones recurrentes:

  1. Cumplir la ley: Esta es la recomendación más mencionada por los alumnos. Cumplir con las leyes y normativas vigentes es visto como una forma fundamental de evitar problemas legales en el futuro.
  2. Informarse al tomar decisiones: Varios estudiantes destacan la importancia de estar bien informado, especialmente en cuanto a los cambios de leyes y regulaciones. Esto sugiere que una buena educación y mantenerse actualizado puede prevenir situaciones ilegales.
  3. Participar en actividades positivas: La participación en voluntariados y actividades comunitarias es mencionada como una forma de mantener una vida enfocada en el bien común y, por ende, alejada de actividades delictivas.
  4. Finanzas personales: Un estudiante menciona la gestión de las finanzas personales como un factor crucial. Esto indica que manejar bien los recursos económicos puede evitar caer en actividades ilegales por necesidad financiera.
  5. Trabajo bien hecho: Realizar un trabajo honesto y de calidad también es visto como una forma de mantenerse dentro de los límites de la ley.

En resumen, las recomendaciones de los alumnos se centran en la legalidad, la educación, la participación en la comunidad, la gestión económica y la calidad en el trabajo. Estos aspectos son considerados fundamentales para evitar problemas legales y, por ende, la cárcel en el futuro.

Una gran oportunidad de mejora social: volver a introducir en el ámbito público los valores cristianos

Alejandro Fontana, PhD

Cuando visitamos un Estado del interior del país en Estados Unidos, encontramos un orden y un cuidado cívico que nos llama la atención. Las pistas no tienen agujeros, las veredas están preparadas para soportar lluvias fuertes, los jardines están cuidados, los automóviles paran a la distancia cuando ve que un peatón desea cruzar la pista por el paso de cebra, ningún conductor toca el claxon por ningún motivo, las calles están limpias y no hay pintas en las paredes de las casas o edificios. Y al ver esa realidad, uno se pregunta qué ha sucedido en estos lugares para que el comportamiento de las personas que viven allí sea de esta naturaleza. Y, sobre todo, ¿qué deberíamos hacer nosotros para tener también ese tipo de ciudades y ese cuidado de los bienes comunes?

Leyendo un libro –Free Markets with sustainability and solidarity, me pareció encontrar la respuesta. El Prof. Martin Schlag comenta en la Introducción que el concepto de libertad que tiene la cultura Americana es distinto del que tiene la cultura de Europa. Para el ciudadano americano, la libertad no solo es política; es, sobre todo, libertad social. Es decir, que la experiencia de libertad social Americana requiere de una combinación de instituciones y virtudes. De este modo, y citando a Michael Novak, Schlag recoge en la Introducción del libro: “América no es una geografía; es una forma de gobierno, un modo de vida… Y el corazón de esta idea que es América es transformar el interés propio en un interés personal por el bien público”.   Y luego, Schlag añade: “esta libertad ordenada es el distintivo de la definición Anglo-Americana de libertad: una libertad bajo la ley, libertad para hacer lo que los ciudadanos deben hacer, y por tanto, la ley como habilitante de la libertad”.

En cambio, como el mismo autor recoge, la tradición continental de Europa entiende la libertad como libertad a partir de la ley; y por tanto, ve la ley como límite de la libertad: todo aquello que no está prohibido, está permitido. Y esta es la concepción que también tenemos en nuestro país. Por eso, en nuestro ideal, la libertad personal consiste en el despliegue de las acciones que solo tienen como límite lo que la ley impone. Para nosotros, donde nadie controla la velocidad, uno va a la velocidad que quiere; si no existe una ley que impida tener mascotas que molesten a los vecinos, no tengo ningún inconveniente en tenerlos, aunque les ocasionen graves molestias a los vecinos; mientras nadie impida que tire una basura en la vía pública, lo haré; y así una serie de actitudes y modos de actuar.

De allí que las normativas se multipliquen en nuestro país. Cada vez que aparece un comportamiento disfuncional en una institución o en un grupo de personas, la autoridad legislativa actúa con prohibiciones y sanciones. Pero siempre serán prohibiciones poco eficaces, porque ninguna ley puede contemplar todas las circunstancias; y como “hecha la ley, hecha la trampa”, nunca faltará un creativo que encuentre una salida para un comportamiento disfuncional, incluso con la nueva ley. Como comenta el Prof. Schlag, en nuestro enfoque, “todo aquello que no está prohibido, está permitido”.

Bajo estas circunstancias, ¿qué podríamos plantearnos para conseguir un cambio de actitud en nuestra sociedad, y adquirir ese sentido de la libertad propio de la concepción Americana? Pienso, que el camino más corto sería reforzar cada vez más nuestros valores cristianos. Es decir, devolverle a nuestra actuación social el sentido moral personal. Debemos recordar que no son las personas las que nos van a juzgar, sino que es Dios mismo el que nos pedirá cuenta del uso que le dimos a los talentos recibidos; y que El mismo nos preguntará al final de nuestra vida qué hicimos por las personas que estuvieron a nuestro lado, especialmente, por aquellos que tuvieron menos oportunidades que nosotros.

Al respecto, es muy sugestiva una exposición del Prof. Clayton Christensen. En ella, este profesor de Harvard comentaba que en una ocasión tuvo la oportunidad de conocer y tratar con mucha cercanía a un profesor de la China continental que pasó una temporada en Boston estudiando el comportamiento de la sociedad americana. Este profesor, que todo su vida había vivido en el régimen totalitario y marxista de China, le comentó que observando el comportamiento de los ciudadanos americanos, él consideraba que el fundamento del buen funcionamiento de la democracia en Estados Unidos se debía a la presencia del cristianismo en el país. Para este profesor chino, la única razón para que los ciudadanos siguieran un comportamiento ético, enfocado en el bien común y no en el interés propio radicaba en la autoregulación que cada uno de ellos se imponía por el hecho de tener que dar cuentas a un Dios trascendente al mundo.

Por lo tanto, ¿qué podríamos concluir de estas reflexiones para mejorar el comportamiento en nuestra sociedad?

Pienso en dos ideas sencillas. En primer lugar, que en lugar de sacar a Dios del ámbito público, conviene promover mucho más su presencia en dicho ámbito. Pascal, un genio de la matemática y la lógica comentaba: es mejor vivir pensando como que Dios existe a vivir pensando como que Dios no existe. Porque si vives pensando como que no existe, pero existe, luego te encontrarás en un gran apuro; en cambio, si vives como que si existe, aún en el caso de que no existiese, habrías vivido aportando mucho a los demás.

Y en segundo lugar, y casi como un corolario de lo anterior. Que conviene recordarnos -y también recordarlo a las personas que tenemos cerca- de que al final de nuestra vida seremos juzgados por lo que hayamos hecho y lo que hayamos dejado de hacer a las personas que estuvieron cerca de nosotros. Esta idea nos puede ayudar a sacarle mucho provecho a los bienes materiales y espirituales que tenemos. Pero lo más maravilloso de actuar así, será que veremos asombrados en poco tiempo cómo dichos bienes se multiplican al compartirlos.    

Mujeres contra la escasez de nacimientos: una entrevista con Catherine Pakaluk *

Escrito por Jonathon van Maren, Publicado: 07 Junio 2024

* Reproduzco este artículo de Jonathon van Maren, porque recoge un análisis económico que puede explicar el porqué varias familias optan por no tener una familia numerosa. En su artículo, este autor recoge una entrevista a  Catherine Pakaluk, una economista y socióloga que hizo una investigación cualitativa en los Estados Unidos entrevistando a 55 madres universitarias y con familias numerosas. Tengo la impresión que puede ayudar a algunos matrimonios jóvenes en nuestro país.

El artículo lo extraje de www.almudi.org

La autora es socióloga y madre de ocho hijos y decidió investigar por qué el antinatalismo se ha convertido en la norma

Hasta que leí el nuevo y fascinante libro de Catherine PakalukHannah’s Children: The Women Quietly Defying the Birth Dearth, ignoraba que había crecido en lo que hoy se considera una «familia numerosa». Soy el mayor de cinco hermanos, pero mi padre procedía de una familia de once y mi madre de una de siete. En las comunidades protestantes rurales donde me crie, una familia de cinco hijos se consideraba «media» más que «numerosa». Pero ese tipo de comunidades son consideradas por muchos ahora como una aberración social. Con la excepción de unos pocos focos religiosos, la tasa de natalidad se está desplomando en todos los países occidentales.

Pakaluk, socióloga y madre de ocho hijos, decidió investigar por qué, a medida que las familias pequeñas, las «DINK» (dual income, no kids) y el antinatalismo se convierten en la norma, alrededor del 5% de las mujeres estadounidenses deciden tener cinco o más hijos. Pakaluk viajó por todo el país y entrevistó a 55 madres con estudios universitarios y familias numerosas para preguntarles por qué habían decidido tener hijos y por qué habían decidido tener más de lo habitual. Pakaluk también da pistas sobre por qué, a pesar de los esfuerzos de algunos gobiernos en pro de políticas natalistas, ninguno ha conseguido elevar la tasa de natalidad hasta el nivel de reemplazo.

Catherine Pakaluk accedió amablemente a una entrevista sobre quiénes son estas madres, qué las motiva y qué enseñanzas nos ofrecen para el futuro de Occidente:

¿Qué te llevó a embarcarte en este proyecto?

La convergencia mundial hacia un bajo número de nacimientos durante la vida de una mujer (menos de 2,1 por mujer) es un hecho irrefutable de la demografía moderna. Ocurre en países con generosas ayudas públicas a las familias y en países sin ellas, en países ricos y en países pobres. Se avecinan crisis fiscales para las naciones que pagan las prestaciones prometidas a su población de mayor edad mientras que recurren a un número cada vez menor de trabajadores jóvenes. Los países tendrán que acoger (y gestionar) los crecientes flujos de inmigrantes para evitar el estancamiento económico. Resolver el «problema» de la baja natalidad es la cuestión más acuciante para el Estado moderno.

Empecé a interesarme por la economía en la universidad; había trabajado antes en la investigación del SIDA en los Institutos Nacionales de Salud. Allí conocí a investigadores brillantes que veían con aprobación el esperado efecto despoblador del sida en África. Esto, en cierto modo, me radicalizó. Me hizo ser consciente sobre la incapacidad de tantos «expertos» para emitir juicios acertados. También me hizo plantearme grandes preguntas sobre la población, la carga de morbilidad y las causas de la prosperidad. Así que abandoné la investigación en medicina y salud pública para cursar estudios de doctorado en economía en la Universidad de Harvard. Pronto aprendí que el dogma de la superpoblación era totalmente infundado. La verdad era que las tasas de natalidad ya eran peligrosamente bajas en la década de 1990 y lo habían sido desde hacía años.

Durante mis estudios de posgrado conocí a Michael, mi marido, y me casé con él. Tuvimos varios hijos que fueron una gran alegría para nosotros. Y llegamos a conocer a muchas otras personas como nosotros, ya que las familias numerosas tienden a encontrarse. Mis experiencias profesionales y personales no podían ser más opuestas. Conocí a economistas, demógrafos y políticos de élite que estaban perplejos ante un mundo en el que las tasas de natalidad se desplomaban. Pero conocí también a muchas familias que estaban teniendo hijos y llevándole la contraria a lo que parecía la norma no escrita. Se me ocurrió una pregunta natural: ¿podría el estudio de las familias con tasas de natalidad más altas arrojar luz sobre las familias con tasas de natalidad más bajas? Me convencí de que esa idea tenía fundamento.

He aquí el motivo. Si se pregunta a un alcohólico qué necesita para dejar de beber, algunos de ellos dirán que necesitan más dinero y que cuando sus condiciones económicas sean mejores dejarán de beber; otros dirán que necesitan más apoyo de su familia, y así con otras excusas. En cambio, si preguntas a alcohólicos que han abandonado la bebida las respuestas son totalmente diferentes y no se parecen en nada a lo que dicen los alcohólicos. Las personas que han superado su alcoholismo dicen que tuvieron que tomar una decisión, una determinación drástica, confiar en un alguien y encontrar a personas que les exigían cumplir lo prometido. Para vencer al alcoholismo se necesitan las estrategias de las que hablan los sanos, no las de los enfermos. Lo mismo ocurre con la obesidad: imagínense intentar ayudar a las personas con sobrepeso sin una comprensión clara de los hábitos de dieta y de ejercicio de las personas sanas.

Nuestra aversión a hacer juicios normativos hace que nos sea difícil decir la verdad: el colapso de las tasas de natalidad es una disfunción, un estado de enfermedad; deberíamos consultar urgentemente a las personas que han escapado a este resultado y deberíamos introducir sus puntos de vista en la conversación sobre el descenso de la natalidad.

¿Consideras que existe una correlación consistente entre las creencias religiosas y tener familias numerosas?

Sí, pero también no. Me explico. Obviamente, la mayoría de la gente, incluso en un mundo que se seculariza rápidamente, sigue profesando alguna creencia religiosa. Pero no todas las personas que creen en Dios tienen familias numerosas. Así que tenemos que indagar en la naturaleza de las creencias religiosas. ¿Qué tipo de religión está correlacionada con tener hijos?

En mis entrevistas aprendí que las familias numerosas surgen cuando las personas valoran mucho el ser padres en comparación con otras cosas. Tienden a estar motivados por la convicción de que tener un hijo vale más que cualquier otra cosa que puedan hacer con su tiempo, talento o dinero. Para la mayoría de las personas con las que hablé (el 98%) esa convicción procedía de una fe profundamente bíblica: creían que el primer mandamiento de Dios, «creced y multiplicaos» era inseparable de la Providencia de Dios. No sólo en el sentido de que Dios proveería en caso de tener más hijos, sino más fundamentalmente en que los hijos son una expresión de la bondad de Dios y de su plan. Los hijos son bendiciones. Esta convicción tenía diversas manifestaciones: algunos tenían tantos hijos como podían, otros adoptaban un enfoque más prudencial, esperando a ver cuál era el mejor momento. Pero en general, veían su fertilidad como un don, y «no pones un don en una estantería», como me dijo una de las mujeres entrevistadas.

El tipo de religión que se correlaciona con tener familias numerosas es el tipo de religión con un contenido muy específico en relación con los hijos: un contenido que valora la santidad de la vida por encima de la calidad de vida. Acoger a un niño siempre es bueno. Los hijos son la finalidad del matrimonio. Nuestros matrimonios y nuestras vidas adultas deberían organizarse para tener y criar bien a nuestros hijos. Si encuentras una comunidad religiosa que habla vagamente o que guarda silencio sobre el valor de los hijos, una comunidad que pone muchas condiciones para el momento adecuado de tener un hijo, una comunidad que guarda silencio sobre el significado del matrimonio y la procreación en el plan de Dios, entonces no será una religión en la que abunden las familias numerosas.

En tu investigación, ¿has descubierto que exista un estilo de vida típico de las familias numerosas?

En realidad, ¡no! Por supuesto que las mujeres de mi estudio se parecían entre sí en que daban prioridad a los hijos por encima de otros aspectos: cosas importantes y buenas a menudo pasaban a un segundo plano ante la posibilidad de tener otro hijo. Así que, en este sentido, podría decirse que la maternidad se convierte en un «estilo de vida», y no sólo durante una breve «temporada de la vida», como lo es para la mayoría de las mujeres hoy en día.

Pero en lo que se refiere a las cosas externas, las mujeres y familias de mi estudio muestran una increíble diversidad: las madres trabajaban a tiempo completo, a tiempo parcial o no trabajaban fuera de casa; los niños hacían homeschooling o asistían a escuelas públicas o privadas; las madres y los padres eran profesionales muy bien pagados (ingenieros, abogados, contables), trabajadores con ingresos medios (fontaneros, obreros de plataformas petrolíferas, músicos) y, en algunos casos, incluso estudiantes; algunos vivían en zonas aisladas, otros en grandes suburbios metropolitanos. Algunas familias vivían en los lugares más caros de Estados Unidos y poseían casas valoradas en varios millones; otras residían en zonas de bajos ingresos y vivían al día.

Dos cosas me llamaron la atención en relación con el estilo de vida. En primer lugar, una cierta actitud hacia el ahorro. Tanto las madres más ricas como las menos pudientes hablaban de las alegrías de la infancia que no cuestan dinero, de la bondad de reutilizar, de compartir cosas. Y coincidían en que, al tener hermanos, sus hijos no necesitaban tantas cosas. «Se tienen los unos a los otros», dijo una madre, «y eso es muchísimo».

Un segundo rasgo común de ese estilo de vida era la aparente ausencia de lo que ahora llamamos «crianza helicóptero». Las madres delegaban responsabilidades de forma muy natural (y deliberada) y daban independencia a los hijos mayores que participaban en el cuidado de los más pequeños. También insistían en una conexión entre las responsabilidades y la felicidad, señalando que cuando los niños, incluso los relativamente pequeños, asumen tareas de cuidado de los más pequeños, saben que tienen un propósito y que marcan la diferencia. Escuché historias en este sentido en casi todas las entrevistas.

A menudo, en conversaciones con otras personas laicas, les oigo decir aquello de «yo nunca podría tener más de uno o dos hijos» o «no puedo imaginarme tener tantos hijos». Cada vez me doy más cuenta de que lo dicen literalmente: que proceden de familias pequeñas (a menudo de un solo hijo) y que, sencillamente, no creen que sea posible formar una familia numerosa. En ‘Gritos primigenios. Cómo la revolución sexual creó las políticas de identidad’ (Rialp), Mary Eberstadt describe cómo la reducción/ruptura de las familias ha provocado la ruptura del aprendizaje familiar. ¿Crees que muchas personas no creen que sea posible criar a más de uno o dos hijos porque no lo han visto?

¡Sí!, creo que esta idea es muy acertada. Una madre contó que estaba en el parque con sus (muchos) hijos. Otra madre con su hijo se le acercó, tímidamente, y le dijo: «¿Puedo preguntarle cuántos hijos tiene?». La madre de mi estudio contestó que su familia era numerosa: si no recuerdo mal, tenía nueve o diez. La mujer la miró y dijo sin comprender: «¿Pero cómo lo haces?».

Creo que la falta de exposición a la vida familiar se autoperpetúa de maneras profundas. En primer lugar, como dices, la gente no sabe que es posible porque no lo ha visto. Pero en segundo lugar, y lo que es más importante, ni siquiera saben que los niños son algo deseable. ¿Y cómo van a saberlo? En una familia con dos hijos separados por un par de años, ninguno de ellos recordará haber tenido un bebé o un niño pequeño en casa. De adolescentes, cuando empiecen a formarse su visión de las cosas, no cogerán en brazos ni mecerán a un bebé, no le cambiarán el pañal, no jugarán a pelota ni recibirán el asombroso cariño y afecto que puede dar un hermano menor. No aprenderán que los bebés y los niños pequeños «proporcionan su propia terapia». No sabrán que puedes soportar las dificultades de criar niños con gran entusiasmo cuando un pequeño se ha convertido en tu «posesión» más preciada.

La buena noticia es que muchas de las madres de mi estudio no habían conocido las bondades de una familia numerosa. Pero gracias a algún acontecimiento de su vida, una conversión religiosa, una historia matrimonial o simplemente la reacción a una infancia solitaria, decidieron tener varios hijos. Esas madres relataron haber aprendido mucho con la práctica y muchas nos hablaron de entrañables mentores y amigos que les ayudaron a descubrir su potencial interior para ser madres de muchos. En mi opinión, merece la pena insistir en esto: si estamos hechos para tener hijos, la habilidad para ser padres es recuperable en el corazón humano.

En los últimos meses, han aparecido diversos informes indicando que las tasas de natalidad en los países desarrollados siguen cayendo en picado, incluso en países donde hay muchas ayudas públicas y se incentiva tener hijos. En tu opinión, ¿a qué se debe este descenso demográfico?

–Cierto. No creo que el declive se deba a una falta de apoyo social en el sentido de incentivos estatales, aunque creo que las consecuencias no deseadas de varios programas estatales han creado obstáculos a la formación de familias. No, tenemos que adoptar una perspectiva más amplia para descubrir el origen de la situación presente. La vida moderna ha asestado al menos dos golpes críticos al valor económico de los hijos para un hogar: la erosión de su valor laboral a medida que el lugar de producción se desplazaba fuera del hogar y la socialización de su valor para proporcionar apoyo a la vejez. En lugar de que los hijos de una sola familia mantengan a los adultos mayores de una sola familia, el apoyo socializado a la vejez requiere que los hijos de cualquier familia mantengan a los adultos de todas las familias. Como resultado, tener hijos es menos valioso económicamente para cualquier familia: no contribuyen a sus ingresos ahora y no contribuyen a tu pensión más adelante.

Junto a esta pérdida de valor económico, la revolución anticonceptiva del siglo XX trajo nuevas oportunidades para que las mujeres accedieran a profesiones sin renunciar al matrimonio. Desde el punto de vista del cálculo de tener hijos, significó que el coste de oportunidad de tener hijos aumentó rápidamente, tanto en términos de ingresos no percibidos, como en términos de la reputación y la satisfacción que conlleva (algún) trabajo fuera del hogar. Sabemos que la píldora tuvo un impacto causal y negativo en la fertilidad conyugal.

En conjunto, llevamos unos 150 años de disminución de la racionalidad económica para tener hijos, para la unidad doméstica. Ahora bien, las razones económicas no son las únicas para tener hijos, aunque muchos de nosotros hacemos lo correcto cuando aún no somos tan virtuosos (¡sobre todo cuando somos jóvenes!) sólo porque la lógica es ineludible. ¿Para qué trabajar? ¿Para adquirir las virtudes del trabajo? ¿Por ese noble propósito? No, la mayoría de la gente busca un trabajo porque tiene que hacerlo. Más tarde, gracias a nuestra laboriosidad, a la reflexión y a la gracia, podemos descubrir las recompensas intrínsecas del trabajo.

Así que, yendo a lo esencial, yo veo el descenso de las tasas de natalidad como una historia sobre la erosión del valor económico a través de la industrialización, la escolarización no doméstica y los planes de pensiones socializados, y el aumento de los costes de oportunidad para las mujeres. En resumen: el valor bajó, el coste subió y la fecundidad disminuyó en ausencia de una razón no económica de peso para tener hijos. Así es como yo entiendo el que las mujeres con una intensa fe bíblica no hayan entrado en esta dinámica: tienen una razón de peso que supera los nuevos cálculos para optar por la maternidad.

¿Hay algo que te sorprendiera realmente al escribir este libro?

–¡Sí! Tantas cosas… compartiré sólo una aquí. Fue el descubrimiento de que mujeres de tradiciones religiosas muy diversas (judías, mormonas, católicas, evangélicas, baptistas) habían llegado a «razones del corazón» comunes para tener hijos confiando en la providencia de Dios todopoderoso. Estas mujeres tenían diferentes credos y diferentes creencias sobre el control de la natalidad. Lo que las unía era una actitud de fondo: los hijos son bendiciones y Dios recompensa nuestros sacrificios con una retribución sin igual.

Jonathon van Maren en eldebate.com (publicado originalmente enThe European Conservative)

Imaginación y estrés: riesgos para la Dirección Empresarial

Foto Clever Visuals on Unsplash

Alejandro Fontana, PhD

La imaginación es un aspecto presente en todos los ámbitos de la vida, incluyendo el empresarial. En las personas, la imaginación es un sentido que nos brinda información sobre la realidad. Al igual que nuestros cinco sentidos externos, la imaginación contribuye a nuestro entendimiento y percepción del entorno. Por ejemplo, la vista nos permite percibir colores; y el oído, sonidos. Esta información particular nos ayuda a tomar decisiones. Si escuchamos un estruendo natural, podemos correr, porque lo asociamos con un terremoto. Los sentidos nos proporcionan información para reaccionar y adaptarnos. Los antiguos llegaron a afirmar que: “nada hay en la mente que antes no hubiera estado en los sentidos”.

Los sentidos internos

Pero además de los cinco sentidos externos, las personas también poseen cuatro sentidos internos: el sentido común, la memoria, la imaginación y la cogitativa. Y al igual que los externos, participan en esta dotación de información particular a la mente. Digo particular, porque el conocimiento que se genera a través de ellos no es universal, sino sensible: permanece en el plano de lo fáctico. El sentido común asocia sensaciones percibidas por los sentidos externos. Por ejemplo, el sonido de los pasos de un miembro de la familia es fácilmente asociado por el resto de la familias con una persona específica. La memoria evoca hechos pasados; sin ella, una persona no tiene recuerdos. La imaginación reconoce imágenes, palabras y hechos, lo que nos permite aprender y asociar ideas. Quien aprende un idioma potencia su imaginación: la activa con un conjunto paralelo de fonemas para la misma realidad. Lo mismo ocurre con el que aprende un teorema geométrico o quien se adiestra en el juego medio del ajedrez. Por último, la cogitativa nos ayuda a planificar el futuro, permitiéndonos organizar nuestras actividades.

La importancia de la imaginación

Quisiera centrarme en la imaginación y su impacto en el ámbito profesional. Marian Rojas, una reconocida psiquiatra española, señala que el organismo humano no distingue entre una imagen real y una imaginada. Ambas desencadenan la producción de cortisol, una hormona relacionada con el estrés y la alerta. Aunque el cortisol es una respuesta natural, su exceso puede ser perjudicial para la salud.

En el entorno empresarial, es crucial controlar la imaginación para evitar angustias innecesarias. Por ejemplo, no se debe dar crédito a rumores, no proyectar tragedias futuras a partir de problemas actuales, ni preocuparse por una mala reacción de un jefe. El exceso de imaginación puede causar inseguridad, inquietud y reducir la creatividad y el enfoque, afectando el rendimiento laboral.

El descontrol de la imaginación

El descontrol de la imaginación puede ser resultado de la falta de ejercicio de este sentido interno. Cuando optamos por ver videos, películas o fotografías en lugar de leer, adoptamos una posición pasiva, recibiendo imágenes ya fabricadas. Según el profesor Manzur, decano de Física de la Universidad de Harvard, los niveles de actividad cerebral más bajos se registran cuando los estudiantes solo escuchan a los profesores o ven películas, incluso más bajos que cuando duermen.

Conclusión

Para mantener un buen control de la imaginación, es recomendable leer más para desarrollarla adecuadamente. También nos viene bien aprender idiomas o desarrollar teoremos de geometría. Esto nos ayuda a evitar fantasmas que solo existen en nuestra imaginación y que no tienen razón de ser. No tiene sentido sufrir «gratuitamente» por algo que solo es producto de un sentido interno.