Revertir el Deterioro Social: Una Tarea que Comienza en la Dirección Empresarial

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Alejandro Fontana, PhD

En las últimas décadas, hemos asistido en nuestro país al esfuerzo de diversos grupos por expulsar los criterios cristianos del ámbito público, como si se tratara de una doctrina que contamina la pureza de las decisiones sociales. Esta exclusión ha contribuido a una creciente indiferencia ante las preguntas trascendentes. Se percibe un desconocimiento de nuestra historia y nuestras raíces, e incluso —lo que resulta más preocupante— de la naturaleza humana. Como consecuencia, ha disminuido el interés de muchos jóvenes por entregarse a Dios y al servicio de los demás. Sin embargo, lo más alarmante es que no relacionamos este proceso de descristianización con el evidente deterioro social que enfrentamos.

Los signos de ese deterioro son visibles. En el Perú, la corrupción ha alcanzado niveles críticos: el país ha registrado su mayor caída en el Índice de Percepción de la Corrupción desde 2012, y más de 2,000 personas fueron condenadas por este delito solo en 2024. La Fiscalía, además, ejecutó 67 operativos de gran envergadura. A esto se suma un alarmante aumento de homicidios, con más de 640 casos registrados en lo que va del año. Esta realidad no es ajena a otros países. En España, el caso del inspector jefe de la Policía Nacional, Óscar Sánchez, arrestado por vínculos con el narcotráfico, refleja cómo la corrupción puede instalarse en las instituciones. También allí, el Consejo de Europa ha llamado la atención sobre la falta de independencia en la elección del Poder Judicial. En México, los horrores del narcotráfico siguen estremeciendo a la población: los hallazgos en Teuchitlán, tras el hallazgo en el rancho Izaguirre de restos óseos y evidencias de cremación atribuida al Cártel Jalisco Nueva Generación; y la desaparición de jóvenes como Pablo Joaquín Gómez Orozco exponen un drama social que se intensifica.

Si este diagnóstico es correcto, la solución no está lejos de nosotros. Y por eso conviene prestar atención a algunos hechos concretos que nos ayuden a vislumbrar por dónde empezar a recomponer el tejido de nuestra sociedad. Uno de esos caminos lo señaló con lucidez Johannes Messner, cuando afirmó: “Resulta evidente lo acertado de la idea de la reforma social cristiana, de que la cuestión social ha de ser resuelta sobre todo en la empresa, si ha de serlo de alguna manera”. En efecto, para Messner la empresa constituye un espacio privilegiado desde donde se pueden afrontar los problemas sociales, integrando la ética cristiana y promoviendo la dignidad humana y el bien común desde el ámbito económico.

La vivencia cristiana no es un asunto privado desconectado de la actividad empresarial, sino un principio activo que transforma la forma de dirigir, trabajar y servir

En esta línea, encontramos ejemplos valiosos de empresarios que han conducido sus organizaciones guiados por el sentido cristiano de la vida: el convencimiento de que daremos cuenta de nuestras acciones; que la verdadera riqueza radica en el amor a Dios y el servicio a los demás; y que quienes han recibido más oportunidades están moralmente llamados a preocuparse por quienes han tenido menos facilidades. Para estos líderes, la empresa no es simplemente una unidad productiva, sino una comunidad donde se pueden vivir la justicia, la caridad y la promoción integral de la persona humana.

El empresario cristiano, movido por su fe, asume la dirección de su empresa como una vocación orientada al servicio del bien común. Así lo muestra Dave Thomas, fundador de Wendy’s, quien promovió una cultura empresarial basada en el respeto y la dignidad de sus trabajadores, y creó la Dave Thomas Foundation for Adoption, con el fin de dar un hogar a niños en situación de abandono. Blake Mycoskie, por su parte, fundó TOMS Shoes bajo el principio “uno por uno”: por cada par vendido, otro se dona a un niño necesitado. Su modelo no solo atiende una carencia básica, sino que también promueve el desarrollo económico de comunidades vulnerables.

Un enfoque similar se ve en James Cash Penney, fundador de J.C. Penney, quien concebía el éxito como un medio para servir a Dios, mediante un liderazgo centrado en el servicio y el crecimiento humano de sus colaboradores. Dave Ramsey, desde el campo financiero, enseña principios bíblicos aplicados a la economía personal y empresarial, alentando a vivir sin deudas, ahorrar con responsabilidad y colocar a Dios en el centro de las decisiones cotidianas. Estos casos muestran con claridad que la vivencia cristiana no es un asunto privado, sino un principio activo que transforma la forma de dirigir, trabajar y servir.

Estos ejemplos nos invitan a repensar el valor que tiene para la sociedad el hecho de que existan empresarios que orienten su acción por una visión trascendente de la vida. El deterioro moral y social que presenciamos cada día no es irreversible, ni está fuera de nuestro alcance. Tal vez la solución esté, simplemente, en volver a integrar los valores cristianos en nuestras empresas. El resto —como bien advertía Messner— vendrá por añadidura.

Sensibilidad en clave directiva: el músculo olvidado del liderazgo con sentido

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Alejandro Fontana, PhD

La sensibilidad humana se manifiesta en el juego de nuestros instintos en las decisiones que tomamos. La naturaleza humana ha sido dotada de un aparato sensible que vela por la subsistencia tanto del individuo como de la especie. Contamos con un conjunto de mecanismos —físicos y emocionales— orientados a la supervivencia individual y colectiva: el dolor nos alerta frente al peligro; el miedo activa respuestas ante amenazas; el hambre y el sueño garantizan el mantenimiento corporal; y el afecto y la empatía favorecen la cohesión social y la continuidad de la vida.

Por ejemplo, sentimos hambre, y esta sensación resulta tan crucial para la subsistencia del individuo que su desaparición prolongada genera consecuencias serias. La pérdida de apetito sostenida en el tiempo puede desencadenar desnutrición, pérdida de peso, debilidad muscular, deterioro del sistema inmunológico, e incluso afectar negativamente el estado de ánimo, la concentración y la vida social.

Lo mismo ocurre con la falta de sueño. Cuando se vuelve crónica, afecta profundamente la salud física, mental y emocional. Dificulta la concentración, la memoria y el rendimiento cognitivo, y aumenta el riesgo de accidentes. También debilita el sistema inmunológico, altera el metabolismo y está asociada a enfermedades. En el plano emocional, incrementa la irritabilidad, la ansiedad y la posibilidad de desarrollar depresión.

Sin embargo, estos mecanismos no actúan en el ser humano como lo hacen en los animales. En el mundo animal, el instinto es imperativo; en cambio, en la persona humana, se presenta con una arquitectura más débil. El animal, ante la comida, no puede evitar comer. El ser humano, en cambio, aun teniendo hambre, puede elegir no comer, o hacerlo en menor medida.

Esto queda de manifiesto, por ejemplo, en las prácticas de ayuno. Según la Harvard Medical School y la Mayo Clinic, el ayuno intermitente o prolongado —cuando se lleva a cabo de forma adecuada— puede mejorar el metabolismo, reducir la inflamación y regular los niveles de insulina, favoreciendo la pérdida de peso sin comprometer la masa muscular. Un artículo del New England Journal of Medicine (Mattson et al., 2019) señala que el ayuno también mejora la salud cardiovascular, incrementa la sensibilidad a la insulina y protege el cerebro mediante la activación de procesos como la autofagia y la neurogénesis, que podrían tener efectos preventivos frente a enfermedades neurodegenerativas.

Ahora bien, en el desarrollo de la personalidad humana —especialmente en los más jóvenes—, lo habitual no es que se confronte a estos mecanismos sensibles, sino que se los siga sin mayor reflexión. Cada uno de ellos se presenta acompañado de una sensación placentera, con la fuerza de un bien inmediato, pretendiendo convertirse en imperativo. Después de un buen almuerzo, por ejemplo, la somnolencia se impone como la opción más atractiva.

Pero como estos instintos no son fuertes en sí mismos, el ser humano puede optar por seguirlos o por resistirse a ellos en nombre de criterios más elevados que el placer sensible. Cumplir con un compromiso o respetar a otra persona son ejemplos de bienes mayores que pueden orientar nuestras decisiones más allá del impulso inmediato.

Y es importante advertir, que cada vez que una persona elige no confrontar un instinto que se opone a un bien superior, este instinto se fortalece. Con el tiempo, puede adquirir tal fuerza que termine por dominar la voluntad, al punto que la persona ya no pueda hacer otra cosa que seguirlo. Es decir, pierda la capacidad de decidir libremente.

Por ello, en el proceso de maduración de la personalidad humana —y muy especialmente en la etapa formativa—, es fundamental entender que estos mecanismos sensibles cumplen una función, pero no pueden ser gestionados como fines en sí mismos. El riesgo más grande al que se enfrenta el ser humano es dejarse arrastrar únicamente por la búsqueda del placer sensible, perdiendo así su capacidad de dominio sobre sí mismo.

El regreso de la hipótesis de Dios: descubrimientos científicos clave según Stephen Meyer *

Alejandro Fontana, PhD

En una extraordinaria conferencia en Cambridge, en agosto 2024, Stephen Meyer presentó cómo los descubrimientos científicos recientes han reabierto el debate sobre la existencia de Dios dentro de la ciencia. Basándose en su libro Return of the God Hypothesis, Meyer destacó tres descubrimientos fundamentales: el origen del universo, el fine tuning y la información digital en el ADN. Según Meyer, estos hallazgos desafían el paradigma materialista predominante y respaldan la idea de un diseñador inteligente.

El origen del universo: un comienzo que incomodó a muchos

Meyer comenzó explorando el origen del universo, centrándose en el descubrimiento de Edwin Hubble en los años 1920 sobre la expansión del cosmos. Al observar que las galaxias se alejan unas de otras, Hubble concluyó que el universo se está expandiendo. Por lo tanto, al retroceder en el tiempo, este proceso apuntaba a un punto de inicio definido: el Big Bang. Una idea a la que muchos científicos se resistieron.

Albert Einstein, por ejemplo, introdujo inicialmente en sus ecuaciones una “constante cosmológica” para evitar aceptar un universo dinámico. Sin embargo, después de visitar el observatorio de Hubble y revisar los datos, Einstein admitió: “estaba equivocado”; y calificó su resistencia inicial como “el mayor error de mi vida”.

En Cambridge, otros físicos, como Sir Arthur Eddington, también mostraron su incomodidad. Eddington llegó a afirmar: “filosóficamente, la noción de un inicio del orden presente me resulta repugnante.” A pesar de sus reservas, la evidencia acumulada por Stephen Hawking y Roger Penrose en los años 60 confirmó que el universo tuvo un origen específico, similar a lo que Meyer llamó “creación ex nihilo” (creación a partir de la nada, en latín).

Meyer argumentó que este descubrimiento es coherente con la perspectiva teológica, en particular con la frase inicial del Génesis: “En el principio”. Este no es el tipo de universo que esperaríamos si el materialismo, la creencia de que la materia y la energía son eternas y autosuficientes, fuera cierto. En cambio, la evidencia apunta a una causa más allá del universo físico.

El fine tuning del universo: una firma de diseño inteligente

El descubrimiento del fine tuning del universo es uno de los pilares más convincentes en la hipótesis de un diseño inteligente. Este concepto se refiere a cómo las constantes y condiciones iniciales del cosmos están ajustadas de manera tan precisa que incluso una pequeña desviación haría imposible la existencia de vida. Físicos como Fred Hoyle y Sir John Polkinghorne, ambos con conexiones profundas a Cambridge, exploraron este fenómeno y reconocieron que había una asombrosa precisión.

Fred Hoyle, inicialmente un opositor vehemente de cualquier explicación teísta, se sorprendió al descubrir que la formación del carbono, esencial para la vida, dependía de una secuencia extremadamente precisa de condiciones. Si la fuerza nuclear fuerte o la constante gravitatoria fueran incluso ligeramente diferentes, los átomos no podrían haberse unido para formar los elementos químicos que sustentan la vida. Esto llevó a Hoyle a declarar: “una interpretación de sentido común sugiere que una superinteligencia ha trabajado la física, la química y la biología, para hacer posible la vida.”

Sir John Polkinghorne utilizó una metáfora visual para describir el fine tuning: la «máquina de creación del universo». Imaginó un panel de control en el que cada constante física (la fuerza gravitatoria, la constante cosmológica, la masa de las partículas elementales) está configurada con una precisión exacta. Si alguna de estas constantes se modificara ligeramente hacia arriba o hacia abajo, el universo colapsaría sobre sí mismo o se expandiría demasiado rápido para formar las galaxias, las estrellas o los planetas. “El ajuste es tan preciso,” comentó Polkinghorne, “que no parece fruto del azar, sino de una configuración intencional.”

Este fenómeno se conoce como el principio antrópico, que sugiere que el universo parece diseñado específicamente para permitir la vida humana. Para Meyer, el fine tuning no es algo que esperaríamos en un universo gobernado únicamente por procesos aleatorios y ciegos. En cambio, señala hacia un diseñador inteligente que estableció estas condiciones fundamentales desde el inicio del cosmos.

El misterio del ADN: información digital en la base de la vida

El ADN es, sin duda, uno de los descubrimientos científicos más sorprendentes del siglo XX, y su complejidad sigue desafiando las explicaciones materialistas sobre el origen de la vida. En 1953, James Watson y Francis Crick, trabajando en Cambridge, revelaron la estructura de doble hélice del ADN. Sin embargo, lo más revolucionario no fue solo su forma, sino su contenido: el ADN es un portador de información digital. Como explicó Francis Crick en 1958 a través de su hipótesis de la secuencia, los nucleótidos del ADN, ordenados como letras en un alfabeto, funcionan como un código que dicta la construcción precisa de proteínas esenciales para la vida.

Este descubrimiento marcó un punto de inflexión en la biología molecular, pero en los años 1990 se alcanzaron nuevos hitos que ampliaron aún más nuestra comprensión sobre la naturaleza informativa del ADN. Durante esa década, el Proyecto Genoma Humano reveló que el genoma es un vasto depósito de instrucciones codificadas. Lo asombroso fue descubrir que esta información no es simplemente lineal, sino jerárquica y modular, similar a un sistema de software complejo en el que ciertas secciones activan o desactivan otras. Meyer explicó en su conferencia: “el ADN no es solo una secuencia ordenada de nucleótidos, sino un sistema de almacenamiento y procesamiento de información perfectamente organizado. Se comporta como un software sofisticado que regula la vida misma.”

En esa misma década, se descubrieron los mecanismos de reparación del ADN, que protegen y corrigen la información genética cuando se producen errores. Por lo que Meyer señaló: “el sistema de reparación del ADN es un claro ejemplo de cómo la información no solo está codificada, sino protegida. Es un mecanismo de defensa intrínseco que actúa como si hubiera sido diseñado para asegurar la estabilidad genética a largo plazo.” Este hallazgo sugiere un sistema de control altamente sofisticado, más allá de lo que podría esperarse de procesos aleatorios.

Otro descubrimiento fundamental fue el de las funciones críticas del “ADN no codificante,” antes etiquetado como “ADN basura.” Los estudios de los años 1990 revelaron que este ADN desempeña un papel clave en la regulación de la expresión genética, desafiando la idea de que la evolución había dejado residuos funcionales sin propósito. “Lo que una vez se consideró inútil,” explicó Meyer, “resultó ser esencial para la supervivencia y desarrollo de los organismos vivos. Este es otro indicio de diseño intencional.”

Meyer también señaló que Bill Gates había comparado el ADN con el software más avanzado, y había afirmado que “es mucho más complejo que cualquier programa que hayamos creado.” Para Meyer, esta complejidad informativa no puede explicarse simplemente mediante procesos químicos aleatorios. “Nunca hemos observado,” señaló, “que la información digital compleja surja de procesos no guiados. En nuestra experiencia, siempre es el resultado de una mente. El ADN apunta claramente hacia un diseñador inteligente que codificó la base misma de la vida.”

El método de Darwin y la inferencia de Meyer

Stephen Meyer destacó que su enfoque científico para investigar el origen de la vida se inspira en el método de razonamiento de Charles Darwin. Darwin propuso que los científicos, al estudiar eventos del pasado, deberían aplicar lo que llamó la inferencia a la mejor explicación; es decir, elegir la causa conocida más capaz de producir el fenómeno observado. Darwin aplicó este razonamiento en su teoría de la evolución, pero Meyer lo adapta para explorar el origen de la información digital en el ADN. Como Meyer afirmó: “si queremos explicar algo en el presente, debemos buscar una causa que sepamos que tiene el poder de producir ese tipo de efecto.”

Meyer explicó que, cuando analizamos la información digital contenida en el ADN, debemos preguntarnos: ¿qué causa conocida es capaz de producir códigos y sistemas de información complejos? “La respuesta es clara,” afirmó, “en nuestra experiencia, la información compleja siempre proviene de una mente.” Este principio es evidente en contextos como la programación informática, la escritura de textos o la creación de lenguajes de comunicación. “No vemos códigos complejos surgiendo del azar; siempre son el resultado de una inteligencia.”

Para Meyer, este enfoque puede aplicarse al estudiar el ADN: “si en nuestra experiencia el único tipo de causa que genera información digital es una inteligencia, entonces es razonable inferir que el ADN tiene su origen en una mente.”

Según Meyer, esta inferencia no es un salto de fe, sino una conclusión lógica basada en la evidencia. “Así como un jeroglífico tallado en piedra es evidencia de una civilización antigua, el ADN es evidencia de un diseñador inteligente,” concluyó. Por ello, Meyer sostiene que el método de Darwin, cuando se aplica de manera rigurosa, nos lleva inevitablemente a considerar la posibilidad de un diseñador detrás de la vida.

La vuelta de la hipótesis de Dios

Para concluir, Meyer sostuvo que la convergencia de pruebas—el origen del universo, el fine tuning y la información digital en el ADN—respalda el regreso de la hipótesis de Dios. Mientras que materialistas como Richard Dawkins ven el universo como producto de la “indiferencia ciega y despiadada”, la evidencia sugiere lo contrario. Meyer argumentó que la hipótesis de Dios proporciona una explicación más coherente y satisfactoria para el origen y diseño del universo.

La conferencia también resaltó el papel de Cambridge como un epicentro de descubrimientos científicos y reflexión teológica. Desde Newton hasta Watson y Crick, esta universidad ha sido el escenario de avances que desafían el materialismo y apuntan hacia el diseño.

* Stephen Meyer es un filósofo de la ciencia, director del Center for Science and Culture del Discovery Institute, y autor de libros influyentes como Return of the God Hypothesis y Signature in the Cell. Su trabajo se centra en el origen de la vida, la información biológica y el diseño inteligente, desafiando el paradigma materialista. Es reconocido por su enfoque interdisciplinario, combinando biología, cosmología y filosofía.

Integración inteligente de la IA: una guía para directivos de empresas basada en Co-Intelligence de Ethan Mollick

Alejandro Fontana, PhD

Co-Intelligence: Living and Working with AI de Ethan Mollick es una guía práctica que explora cómo la inteligencia artificial (IA) puede transformar la vida personal y profesional cuando se utiliza de manera estratégica y consciente. A lo largo del libro, Mollick argumenta que la IA no debe ser vista únicamente como una herramienta, sino como un «colega» con el que es posible colaborar para potenciar la productividad, la creatividad y la toma de decisiones. A través de explicaciones claras y ejemplos concretos, Mollick destaca cómo la IA puede mejorar procesos empresariales, desde la generación de ideas creativas hasta la automatización de tareas cotidianas.

El autor, sin embargo, también advierte de los riesgos y las limitaciones de la IA, como su tendencia a «alucinar», es decir, generar información falsa o inexacta con un alto grado de confianza. Para un uso efectivo, propone cuatro principios clave: invitar a la IA a participar activamente en las tareas diarias; que una persona humana supervise críticamente la actividad; especificar con claridad el rol que se espera de la IA en cada situación; y asumir siempre que la tecnología seguirá evolucionando, por lo que es muy importante mantenerse actualizado.

¿Cómo funciona la IA?

Para tomar decisiones informadas, es clave entender cómo funciona la IA moderna, especialmente los modelos de lenguaje grande (LLM, por sus siglas en inglés). Estos modelos se basan en un patrón de actuación: el reconocimiento de los patrones mediante una predicción probabilística.

Para el reconocimiento de los patrones, la IA analiza grandes volúmenes de datos para identificar relaciones y tendencias y hacer una predicción probabilística de las palabras que debe colocar en el discurso. Un ejemplo sencillo expuesto por el propio Mollick: si uno le pide al AI que termine la siguiente frase: “pienso, luego…”; la IA predecirá siempre que se le pida la palabra “existo”, porque es sumamente probable que este sea el caso. Sin embargo, si uno escribe algo más singular como: “los marcianos comen plátanos, porque…”, la IA ofrecerá respuestas diferentes cada vez que se le dé esta instrucción o “prompt”.

Según Mollíck, “para enseñar a la IA como entender  y generar una escritura similar a la humana es necesario pre-entrenarla con una cantidad masiva de texto de diversas fuentes, como páginas WEB, libros y otros documentos digitales. Y a diferencia de lo que ocurría al inicio de la IA, esta actividad ya no es supervisada”. Por eso, agrega este autor, “este pre-entrenamiento es un proceso iteractivo, que requiere de computadores muy poderosos, en un proceso que implica costos que superan los 100 milloes de dólares”.  

Una hecho que puede llamarnos la atención es saber que en este proceso de elaboración de respuestas no existe una comprensión real de parte de la IA. La IA no «comprende» la información, solo predice respuestas basadas en las correlaciones de datos.

Los cuatro principios de Ethan Mollick

A continuación, se explica cómo aplicar sus cuatro principios clave de forma estructurada y sencilla.

Invitar a la IA a la mesa (incorporación proactiva)

Mollick recomienda incorporar la IA de forma activa en las tareas empresariales cotidianas. Su uso debe ser amplio, salvo que existan restricciones legales o éticas. Por ejemplo, resumir informes: condensando reportes financieros o de mercado; analizar datos: identificando tendencias y patrones de ventas; automatizar tareas: redactando correos, creando presentaciones o programando reuniones.

Mantener el control del proceso (supervisión crítica)

Un riesgo importante de la IA es su tendencia a “alucinar”: inventar información falsa, pero convincente. Por ello, Mollick enfatiza la importancia de la persona humana como supervisor crítico. Algunas áreas donde la supervisión es esencial: contratos legales: la IA puede generar borradores, pero un abogado debe validarlos; análisis de mercado: verificar que los datos y las proyecciones presentadas sean reales y basados en fuentes verificadas; gestión de riesgos: revisar las recomendaciones de inversión o predicciones financieras con juicio humano.

Nunca confiar ciegamente en los resultados, sino usar la IA como un asistente, no como la única fuente de verdad.

Tratar a la IA como una persona, y especificarle su rol

La calidad de los resultados de la IA mejora significativamente cuando se le asigna un rol específico al interactuar con ella. Por ejemplo, puede ser útil pedirle que actúe como analista financiero: “evalúa estos datos desde la perspectiva de un consultor financiero”; pedirle que actúe como un creador de campañas publicitarias: “genera ideas creativas para una campaña de lanzamiento de producto”; pedirle que actúe como un redactor legal: “prepara un borrador de contrato de servicios”. Al definirle un rol, la IA genera respuestas más ajustadas al contexto y las necesidades de la empresa.

Asumir que la versión en uso es la peor IA que uno usará (mentalidad de mejora continua)

Mollick enfatiza que la IA está en constante evolución. Lo que hoy parece avanzado, pronto será básico. Por tanto, es vital mantener una actitud de mejora continua y actualización tecnológica. Por eso algunas de sus recomendaciones son: una formación continua: capacitar a los equipos en el uso de herramientas de IA y sus avances; hacer pilotos y pruebas: implementar IA en pequeños proyectos antes de aplicarla a gran escala; y evitar la complacencia: no asumir que la tecnología actual es definitiva ni infalible.

A modo de conclusión

La IA puede ser un aliado estratégico en la dirección de empresas si se utiliza correctamente, y se adopta un enfoque equilibrado. Es decir, si se aprovechan las ventajas de la IA de manera proactiva, sin dejar de ejercer control humano y el juicio crítico.

¿Qué nos trae la Navidad?

Alejandro Fontana, PhD

Sin duda, Navidad es un tiempo muy especial en todos aquellos lugares del mundo donde la Buena Nueva del nacimiento del Hijo de Dios ha llegado. No importa las circunstancias del momento, hay algo que se produce en las almas sencillas, que las lleva a compartir.

Pero ¿qué es lo que la Navidad nos trae? Conocer a las personas no es nada fácil; incluso conocerse a sí mismo es muy complicado. Y es llamativo que esto último sea así; porque la cercanía al objeto de conocimiento no puede ser mayor: ¿qué nos falla?

La respuesta no podría ser otra; nos falla el instrumento con el que uno mismo se conoce. Algo se ha enturbiado dentro de uno mismo, y eso ha hecho que perdamos capacidad de reconocer lo que hay en el interior. Cuando a una persona le llama la atención alguna actuación suya; por ejemplo, es consciente de un pequeño sacrificio o de que ha dado una limosna generosa, lo que está ocurriendo es que ese hecho ha sido tan singular entre su modo de vida que destaca sobre el resto de la uniformidad de sus actos habituales. Es decir, habitualmente lo que nos parece adecuado, se presenta así, porque nos hemos acostumbrados a ese tipo de acciones.

El día de ayer un amigo me pasó un breve video que muestra cómo ha cambiado el uso del tiempo personal desde el año 1930 hasta la actualidad. Si en ese año, una persona usaba el 22.7% de su tiempo a la atención de su familia; en la actualidad, lo que se le dedica es solo el 4.52%. Pero, lo que más sorprende es que al mismo tiempo, esa persona dedica el 60.76% de su tiempo a las redes sociales. Por eso, es muy frecuente que cuando nos cruzamos con alguien a quien le ha quedado algo de tiempo disponible de modo inesperado, esa persona esté viendo su celular, revisando el WhatsApp, esté inmerso en el Tik Tok, en Instagram o alguna otra aplicación. Con facilidad, adoptamos prácticas que se convierten en habituales; y estas prácticas habituales son las que muchas veces reducen nuestro campo visual interior.

Ante este fenómeno totalmente común entre los individuos humanos, el Dios de la Verdad ha querido venir a explicarnos lo que es el Amor. Y a diferencia de lo que nosotros pensábamos de esta realidad tan gozosa, lo que ha venido a decirnos es que solo es posible amar cuando uno renuncia a poseer lo amado. Que los otros modos de entender el amor no son verdaderos, que son falsos; que no llevan a la paz, sino al conflicto interior. Que solo ama quien actúa pensado en la persona amada, pero sin reclamar su posesión, su gratitud o su disponibilidad total. Es decir, ha venido a enseñarnos que para aprender a amar hay que también aprender a no poseer.

Esto es, por tanto, lo que nos trae la Navidad. El descubrimiento de lo que realmente significa amar a alguien. Esta es la impronta que necesitábamos los pobrecitos hombres para movernos adecuadamente dentro de esta realidad gozosa del amor. Por eso, desde que se dio la primera Navidad en la historia de la humanidad, muchas mujeres y muchos hombres han podido vivir de modo muy feliz -antes no era posible, aunque nos cueste imaginarlo. Extraordinario suceso también para nosotros, que tenemos esta oportunidad.

¡Muy Feliz Navidad!  

Una imagen sencilla que ayuda a crecer en madurez

Alejandro Fontana, PhD

La semana pasada tuve la suerte de participar en un curso de retiro espiritual organizado en un centro del Opus Dei para personas casadas. Estuvimos unas 25 personas, profesionales de diversas empresas, profesores de colegios y de universidades y algunos jubilados. Le pedí a un profesor de psicología que diera una breve exposición sobre la educación de la afectividad personal y de los hijos; y fue un gran acierto, porque a todos los presentes nos permitió acercarnos con rigurosidad científica a una realidad que a veces conocemos poco: nuestra propia personalidad.

Alguno quizás se cuestione por la ortodoxia de una exposición de psicología en una actividad religiosa, por lo que paso a explicar un punto que para muchos puede ser novedoso. Hablar de la religión cristiana o católica es muy diferente que hablar de otra religión. La diferencia es abismal, porque mientras todas las religiones son un movimiento del hombre hacia el Ser Superior, lo característico del judeo-cristianismo es ser un movimiento del Ser Superior al hombre. Pero además, cuando el cristianismo se presentó en sociedad -allá por el siglo IV de nuestra era-, nunca lo hizo del lado de las religiones; sino más bien, del lado de la filosofía.

La gran preocupación del cristianismo siempre ha sido conocer la realidad, que la inteligencia alcance la verdad. De allí, que el catolicismo nunca ha temido a la ciencia. El auténtico conocimiento científico -el que no está sesgado por un interés particular- converge en el mismo lugar a donde la doctrina católica lleva: el conocimiento de la realidad -tangible e intangible- que nos rodea.

Volviendo a la exposición sobre la educación de la afectividad a la que asistí, hubo una idea que pienso puede ser también útil para muchas personas, sobre todo para aquellas que tienen responsabilidad sobre terceros.

Al tratar sobre la madurez de la persona humana, el expositor comentó: “la madurez es el proceso por el que el ‘yo’ personal disminuye y el ‘tú’ crece”. Y agregó lo siguiente: “ el niño entra en el mundo con un yo muy grande; y por tanto, el proceso de su madurez personal no será otro que conseguir que ese ‘yo’ este menos presente en sus decisiones, dando espacio al tú”.

En el ámbito laboral, nos topamos con muchos ‘tú’: desde el vigilante, la persona de la limpieza, los colegas, los proveedores y los clientes. Ante todos ellos, es fácil considerar qué podríamos hacer para priorizar la atención al ‘tú’. Y en el entorno familiar, el espectro es también muy grande. Allí, lo más probable es que la madurez nos lleve a adivinar lo que los otros miembros de la familia puedan necesitar, antes de que ellos nos lo pidan.  

Finalmente, no olvidar que de niños, nuestro ‘yo’ ha sido muy grande; y que el auténtico crecimiento radica en alcanzar la capacidad de anteponerle el ‘tú’.  

Hablemos del tiempo: el gran tesoro de los hombres

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Alejandro Fontana, PhD

El ser humano es el único ser del mundo creado que tiene consciencia de su existencia; sabe que ahora es y que un día ya no estará aquí. Por tanto, el tiempo es para cada uno de nosotros el gran recurso recibido; el principal talento. Cuando en los años 80 del siglo anterior, varios científicos llevados por la teoría de Malthus alarmaban al mundo sobre la futura carencia de los recursos naturales y la población mundial debía disminuir, Julian Simon, otro científico, les contraargumentaba diciendo que la gran riqueza de una nación es su propia población.

Simon argüía -y con absoluta razón, porque se comprobó luego- que los recursos naturales no pueden verse con un enfoque estático. En el análisis de la disponibilidad de los recursos naturales hay que incorporar la capacidad del ser humano para descubrir usos más eficientes o técnicas que hacen posible la explotación de recursos que se consideraban inaccesibles. En esta línea, y como ejemplo, podemos afirmar que a pesar de la cantidad extraída de oro en nuestro país desde el año 1980 hasta la fecha, las reservas probadas actuales de oro en nuestro país son mayores que las reservas probadas de oro del año 1980.

El tiempo o la vida -que es lo mismo- es el gran recurso de todos los hombres. Es cierto que algunos tienen más oportunidades que otros para explotar este recurso. Este es un tema que podemos tratarlo en otra ocasión, porque esta situación también tiene su razón de ser; y además, una razón muy humana. Ahora, vamos a centrarnos en el aprovechamiento de este recurso; quizás nos sirva para identificar grietas por donde perdemos parte de él.

Para examinarlo, creo que conviene poner atención en una característica del ser humano: es un ser que mira al futuro; que siempre está en proyecto. De hecho, contamos con un sentido interno -poco conocido- que nos sirve atender este reto. Se trata de la cogitativa: la capacidad de planificar el tiempo futuro. Como sentido o potencia sensible es perfectible; como le ocurre a la memoria y a la imaginación. La cogitativa se entrena con los planes que uno hace. Por eso, podemos descubrir personas que planifican a un día vista, otras que lo hacen con un horizonte de un mes, y unas terceras que son capaces de tener una agenda de todo un año. La imposición de metas futuras ayuda a entrenar este sentido interno.

Una segunda variable es el hecho de que solo podemos planificar actividades: escribir, dormir, correr, estudiar, nadar, etc. El éxito, en cambio, no se planifica. El éxito llega solo, cuando uno ha adquirido las competencias que le permiten aprovechar las oportunidades que las diversas circunstancias le han brindado. Pero estas competencias son el resultado de secuencias de actividades ejecutadas para desarrollarlas.

La tercer variable es tener en cuenta la propia limitación. No contamos con todo el tiempo que desearíamos en el momento que lo desearíamos. El tiempo es un recurso no ahorrable, sino circulante: que se consume siempre, sea consciente o no de ello. Y esta realidad nos lleva a pensar en la necesidad de enfocarnos. No podemos abarcar todo lo que desearíamos. Por eso, es más importante profundizar que extenderse. Aquí se aplica bien el dicho: “quien mucho abarca, poco aprieta”.

Finalmente, si deseamos conocer nuestra capacidad para gestionar este recurso tan valioso, mi sugerencia sería examinar el modo como gestionamos el tiempo libre. ¿A qué hora nos levantamos el domingo? ¿a qué hora nos vamos a dormir el sábado? ¿Qué actividades hacemos esos días?

No está demás mirar también qué hacemos en los entretiempos de nuestras jornadas laborales. Es posible que estemos buen tiempo en Instagram o en Tik Tok consumiendo un tiempo buscando algo que uno mismo no sabe qué es. Si el tiempo es el principal recurso que tenemos los seres humanos,  quizás convenga volver a pensar qué hacemos con él; y preguntarnos, con qué prioridades lo consumimos.  

La vida familiar del directivo de empresas (II)

Imagen de Matla Brand en Pixabay

Alejandro Fontana, PhD

Hace unas semanas escribí una breve reflexión sobre la confusión de contextos que sufrimos cuando evaluamos las acciones de la vida familiar con los criterios del entorno laboral. Ahora, quisiera completar esas ideas con cuatro peligros, que según Juan Luis Lorda, nos amenazan en casa.

Este autor los denomina como los “cuatro demonios domésticos”, y son circunstancias con las que tendremos que lidiar siempre para que el ambiente familiar sea acogedor y no agote. El primero de estos peligros es la proximidad. En el ámbito familiar no hay distancia. No se coincide con los demás solo cuando uno está bien peinado y lavado; o cuando está totalmente despierto y en todas sus capacidades, como si sucede en el ámbito laboral. En casa, uno está en vitrina las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Por eso, se pueden generar con facilidad situaciones de tensión; y muchas de ellas, causadas por detalles insignificantes, pero que nos han afectado en momentos en los que tenemos las “defensas bajas”.

Este peligro siempre está y estará presente, aunque no se perciba, incluso entre los miembros de la familia que mejor se llevan. Por eso, hemos de estar alerta para que una pequeña chispa no se convierta en un incendio que amenace con quemar toda la casa. Y para eso, pienso que la mejor actitud nace de ser consciente de esta realidad de la convivencia humana y de estar alerta.

El segundo peligro es la impertinencia. En el ambiente familiar, el grado de confianza es tan alto, que se genera espontáneamente un juego familiar en el que todos participan. El juego consiste en molestar al otro; y en dar, precisamente, en aquello que más molesta. Y lo curioso es que el modo de divertirse familiar es observar cómo el otro se molesta. Por eso, no es raro que los hermanos menores molesten a los mayores sacando en la mesa las situaciones que los dejan en ridículo, o que los mayores fastidien a los menores riéndose de algún defecto: el tamaño de las orejas o la necesidad de seguir usando pañales.

Este modo de diversión familiar tiene el peligro de herir y de generar resentimientos; y por eso, lo que convendría es tener medida, y no seguir molestando cuando uno ya se percató la vez anterior del comentario, que él no fue nada oportuno. El secreto es la medida; por lo demás, es parte de la vida familiar.

El tercer peligro es el caos. Una casa sin orden agobia, y por tanto, no hay tranquilidad ni el descanso que uno esperaría tener. En consecuencia, conviene un cierto horario: levantarse, desayuno, almuerzo, comida y acostarse. El horario familiar no solo es una ayuda para la convivencia; también es un requisito importante para la salud física y mental de cada uno de los miembros del hogar. Un médico psiquiatra, profesor del IESE, nos explicaba a los profesores del PAD que el organismo humano funciona biológicamente mejor cuando el cuerpo tiene rutinas fijas. Y por eso, él nos aconsejaba que tuviéramos unas horas fijas para levantarnos, desayunar, almorzar, comer y acostarnos.

Además del horario, también conviene el orden material. El hogar no es un lugar para dejar todo por todas partes. Y en el orden de la casa, todos podemos y debemos colaborar. El caos también lo causan los gritos que provienen de servicios que nadie desea asumir. Todos estos detalles generan un ambiente de carencia de coordinación que hace que la vida familiar sea poco grata, y que canse. Para modificarlo, lo mejor es el ejemplo, pero sin reclamar que los demás hagan lo mismo. La educación siempre es por imitación. Basta hacer, seguir haciéndolo y no reclamar que los demás lo hagan. Terminarán haciéndolo, aunque tomará tiempo.

El cuarto peligro es el aburrimiento, es decir, que con facilidad se implantan unas rutinas. En el hogar, es fácil que se instale la argumentación del siempre se ha hecho así; y que, por tanto; todas las semanas se siga la misma rutina. La inercia nos suele ganar. Sin duda, estas rutinas son las que crean tradiciones en las familias; pero de lo que también debemos ser conscientes es que conviene cierta dosis de sorpresa y de innovación para generar dinamismo y expectativa. Esto supone un poco de esfuerzo, especialmente de quienes hacen cabeza. Por tanto, conviene tenerlo en cuenta: es parte de la tarea. Una frase muy sugerente es la siguiente: “adivinar es servir”. En la vida familiar, hay que ser un tanto adivino: qué sorprenderá a los demás, qué agradará.

Espero que estas breves reflexiones nos ayuden a identificar de modo concreto las expresiones de estos peligros en nuestra propia casa. Siendo más conscientes de ellos, podremos procurar no caer en ellos. Con seguridad mejorará la calidad de la vida familiar; y como consecuencia, también la calidad de nuestra actividad directiva.

Tiene igual mérito el trabajo de un barrendero que el de un gobernante

Foto de Refhad en Unsplash

Alejandro Fontana, PhD

Siempre me llamó la atención la siguiente frase: “todo trabajo es hermoso a los ojos de Dios si se hace con amor y se termina con esmero. (…) Ante Dios tiene igual mérito el trabajo de un barrendero que el de un gobernante si esos trabajos se hacen bien, con amor, con finura en los detalles, con afán de servir”.

Sin duda, quien las pronuncia tiene una visión trascendente de la vida; y precisamente por esto, es capaz de reconocer el alcance que puede tener una actividad humana por sencilla y humilde que sea. Vamos a llegar a lo mismo, pero partiendo de un plano más vivencial. De paso, comprobaremos cómo los hombres santos pueden otear con facilidad lo que nos supone razonamiento y esfuerzo a quienes no tenemos esos niveles de intimidad con Dios.

Una sentencia que suelo proponer en las sesiones que doy y que ordinariamente sorprende al auditorio -directivos de empresas- es la afirmación de que el ser humano no es un consumidor, sino un ser que aporta. En las empresas, cuando se piensa en las población de una localidad, siempre se analiza su realidad desde el enfoque de consumidores: un sujeto con necesidades no satisfechas y que siempre está buscando satisfacerse.

Indudablemente, toda persona tiene necesidades y estas, ordinariamente, lo mueven a resolverlas; pero él no solo es necesidades; o dicho de otro modo, a él no solo le importa satisfacer sus necesidades. Hago una aclaración: al hablar de sus necesidades, pienso también en las necesidades de sus seres queridos: a fin de cuentas, cuando alguien quiere a otro, lo identifica consigo mismo; y por eso cabe comprender las necesidades de los seres queridos dentro de las necesidades propias.

Retomando el hilo, el ser humano es más que necesidades. Es un sujeto con intimidad; y por tanto, único, irrepetible e insustituible; y tener intimidad significa biografía y reflexión. Pero además, es un ser capaz de auto-movimiento, y un auto-movimiento que dirige su intimidad fuera de sí. Por eso es posible la vida social, el bien común y la capacidad de construir con otros lo que no podría construir solo. Es decir, por esta característica de su naturaleza, las necesidades de unos seres humanos con los que no tenía ningún vínculo se convierten en reto que debe asumir; en aporte al que se siente invitado a participar.

Ahora bien, si trasladamos este análisis al ámbito laboral, podemos entonces comprender que el oficio, la profesión o el trabajo es mucho más que medio para una relación solo contractual. Desde la perspectiva personal: es una tarea que procede de alguien único, irrepetible e insustituible; pero además, es el aporte singular de ese alguien a un conjunto de otros seres humanos. Algo, por tanto, invalorable. Pero como para que esta tarea sirva realmente, tiene que ser bien hecha y pendiente de los detalles, entonces, como decía nuestra cita inicial: “tiene igual mérito la labor de un barrendero que el de un gobernante si esos trabajos se hacen bien, con amor, con finura en los detalles, con afán de servir”.     

Desde aquí quiero expresar un agradecimiento muy especial y sincero a todas las personas que cada mañana nos limpian las calles y las veredas de nuestras ciudades. A todos aquellos que cada día o cada noche hacen posible que nuestra ciudad no esté llena de basura, y por tanto, de todos los problemas que eso generaría. El trabajo que Ustedes hacen es sumamente importante y valioso para todos los demás que vivimos en la ciudad; y que muchas veces no sabemos agradecer como deberíamos. Son Ustedes, que con su trabajo nos cuidan de modo muy especial.

No es un trabajo para nada prescindible; es sumamente necesario, y es el aporte personal que Ustedes nos hacen.  ¡El regalo que nos brindan! ¡Gracias por su trabajo!

Un proyecto educativo atrayente: hacer que la vida de nuestros alumnos sea diferente

Alejandro Fontana, PhD

Existe un estrecho vínculo entre lo que un profesor es y el nivel de educación que alcanzarán sus alumnos o discípulos. Por eso, una tarea imprescindible para un profesor de postgrado es el conocimiento personal y la capacidad de auto-dirigirse que haya conseguido.

Para auto-dirigirse adecuadamente es necesario profundizar en la realidad antropológica. Necesitamos tener un concepto claro de lo que la persona humana es y las realidades y capacidades que posee. Por ejemplo, es difícil saber lo que uno es capaz de hacer, porque no se tiene experiencia previa de lo que no se ha hecho antes.

Ahora me limitaré, siguiendo a Juan Fernando Sellés, a hacer una reflexión breve sobre la vida humana: la vida es un movimiento desde dentro, unitario y regulado.

En primer lugar, la vida se caracteriza por ser un movimiento interno, es decir, desde dentro. Todo aquello que tiene vida, define su movimiento desde dentro de él, no desde fuera. Es una acción, no una reacción. A diferencia del cohete que va hacia la luna, el movimiento del ser con vida es siempre suyo. Ahora bien, si la característica de la vida es el desde dentro; el fin de la vida no puede estar fuera de ella, sino que debe ser interior. El fin de los seres vivientes es vivir, más aún, alcanzar más vida. De allí que notemos que el anhelo de la vida no es solo vivir, sino vivir mejor, lograr una vida más perfecta: mejores condiciones, más comodidades, etc. Hay por tanto grados de vida. Y en estos grados, la  vida es más perfecta en la medida que hay más reflexión personal: cómo quiero ser en unos años, qué objetivos quiero alcanzar, qué aportaré, por qué hago esto. Sin esta autodeterminación el nivel de vida es mínimo.

En segundo lugar, la vida es un movimiento unitario. La unidad del ser vivo indica que en él hay un principio unificador que es precisamente la vida. La vida es auto-movimiento unitario. Por eso los grados de vida son más altos cuanto más integrados están. En el hombre esta unidad puede contemplar aspectos de su actuación personal. El hombre que aúna sus apetitos es un hombre más vivo que el que no lo logra. Quien unifica sus decisiones en torno a un ideal, a un objetivo común, a un modelo es un hombre con más vida. Por eso la forma de vida más elevada en el hombre es la vida que hace referencia a la relación personal -íntima- con Dios.

Por eso podemos afirmar que el hombre más sociable es vitalmente más pujante que el que se aparta o disgrega de la convivencia. Ha desarrollado virtudes para esa sociabilización; y las virtudes son formas muy altas de vida; son cualidades que permiten la unidad en un estadio más alto: la organización, la empresa, la sociedad. Sin asociatividad no se pueden afrontar algunos retos, pero interactuando con otros es posible vencer dificultades imposibles para el individuo. La unidad del conjunto, por tanto, habilita para la producción de bienes. Pero estas estructuras sociales requieren que los individuos engranen con facilidad, y esta capacidad la adquiere un hombre cuando desarrolla virtudes. Por eso es necesario trabajar en el nivel personal para conformar organizaciones eficientes y eficaces.

En tercer lugar, la vida es un movimiento regulado, ordenado. La vida implica orden interno, compatibilidad de todas las partes entre sí. En las formas sensibles de vida hay una subordinación de las partes inferiores a las superiores, y todas respecto del principio vivificador: el individuo tiene que adaptar sus funciones al entorno, y el individuo es para la especie. Por tanto, en este ámbito quien regula es el principio vivificador de la especie.

Esta observación nos permite mostrar la inmaterialidad del principio vivificador que ordena lo inferior a lo superior. Pero además, también permite comprobar que a más vida, más exigencia de orden, de subordinación de las partes. Este orden es mucho más patente en el cuerpo humano que en los animales y vegetales. Sin embargo, como la vida humana no se reduce a lo corpóreo, en el hombre se dan también otros niveles de orden. Una persona puede ser más ordenada que otra en sus pertenencias, en sus planes, en su trabajo, en sus intereses. El orden se constituye así en una señal de mayor vitalidad, y el orden más importante se dará a nivel de los fines. Una vida ordenada en sus fines es una vida con mayor nivel vital, con mayor perfección. 

Como profesores de carreras empresariales nos toca enseñar un conocimiento que genera más conocimiento técnico; y nos toca enseñar unas técnicas. Pero aunque no seamos conscientes, también transmitiremos nuestra visión de la realidad, del mundo, de la vida. Siempre habrá un mensaje de este índole en nuestras enseñanzas, en nuestra opinión y en nuestra conversación. Y como la educación es por imitación, si por algún motivo hemos conquistado la admiración o la atención de nuestros alumnos, ellos, sin ser del todo conscientes,  van a imitarnos o van a asumir nuestra visión particular.

Por lo tanto, en nuestros alumnos influye mucho nuestro modo de ser. No solo la profundidad de un concepto comercial, estratégico o financiero, sino también el modo como lo decimos, como lo formulamos. Por eso interesa mucho que estemos atentos a cómo respondemos una pregunta en clase: con serenidad, con claridad, con aplomo, sin apuro y valorando la intervención. También conviene que reflexionemos nuestras opiniones sobre la realidad nacional, y sobre aquello que valoramos o damos importancia: el comentario que hacemos sobre un excelente beneficio después de impuestos, el análisis que presentamos ante una venta a un precio desorbitante, o el modelo de auto que más nos impresiona, etc.

Todos estos aspectos reflejan de algún modo el nivel de vida que cada uno posee: si está  determinada desde dentro, si es unitaria y si es ordenada. Nuestra reflexión debe hacerse en estas coordenadas;  y en la medida que estas características estén presentes en nuestra propia vida, nuestro nivel de vida será más alto, y transmitiremos un mensaje de mayor calidad antropológica.  

Hasta aquí hemos visto que como profesores necesitamos un conocimiento más profundo de las realidades antropológicas.

Hablemos ahora del objetivo de nuestro proyecto educativo. Lo que hemos revisado sobre la vida apunta a considerar que en la realidad humana se pueden superponer distintos niveles de vida. En este sentido, uno  de los más altos es el que se abre a la atención de las necesidades de quienes tiene cerca. En consecuencia, yo quiero proponer para nuestro proyecto educativo el mismo objetivo que Joseph Schumpeter se propuso en su madurez: hacer que la vida de nuestros alumnos sea diferente.

Como profesores de carreras empresariales pienso que tenemos el peligro de quedarnos en el plano del hacer. Una gran preocupación por conseguir que nuestros alumnos dominen unos conceptos, unas materias y unas técnicas: la enseñanza de la herramienta y del análisis. Incluso, nuestra preocupación puede ir algo más allá; y entonces resulta que nos preocupa también que ellos redacten mejor, que se comuniquen oralmente con soltura. Pero aún así, seguiremos estando en el plano del hacer.

Conviene recordar aquí una verdad a veces olvidada: lo más importante de un proyecto o de un negocio no son los resultados. Lo más importante siempre será el aprendizaje que queda en cada uno de los que participó de dicho proyecto o negocio. Por eso, pienso que nuestra actividad docente tiene que centrarse más en este aprendizaje, y en concreto en: ¿qué actitud tienen nuestros alumnos frente a la verdad? y ¿cómo responden ante una posibilidad de servicio?

Somos una Escuela de Negocios, y por tanto, un colectivo que busca la verdad. La Escuela no es un mecanismo para la certificación profesional. No se pasa por la Escuela para cumplir los requisitos necesarios para el ejercicio profesional: esta visión es limitada. Se pasa por la Escuela para aprender a explicar la realidad, para tener una metodología que permita profundizar en el conocimiento,  adquirir la capacidad de diseñar e implementar unos procesos, para seleccionar y motivar a otras personas.

Por eso, para el alumno el gran motivador de su aprendizaje no puede ser una nota, ni tampoco un comentario externo. Tiene que ser la misma fuerza del querer saber más lo que le lleve a profundizar en su materia de concocimiento. Por eso, parte de nuestra tarea debe centrarse en conseguir que nuestros alumnos prueben la fuerza motivacional del saber.

Y como el saber debe abrirse necesariamente hacia los demás, si se quiere profundizar en él: la alegría se incrementa cuando se comparte; el conocimiento, también como lo propone Ricardo Yepes; en el mundo intelectual será imprescindible fomentar la actitud de servicio. Para que el propio conocimiento crezca, hace falta enseñarlo.

Entre nuestros alumnos hay que promover esta actitud de servicio: que no teman perder tiempo enseñando a otros lo que ellos ya saben. Es la mejor forma de aprender, pero también, la manera más sencilla de abrirse a las necesidades de los demás. Y esta apertura les permitirá acceder a un conocimiento de la realidad más preciso; diferente -muchas veces- al de la burbuja en la que han vivido inmersos durante mucho tiempo. 

Tenemos muchas oportunidades para trabajar en el cambio de actitud de nuestros alumnos: iniciativas de investigación, proyectos, grupos de desarrollo o de interés, clubes de lectura o de análisis. Estas iniciativas nos permitirán conocer mejor las circunstancias, los dominios, las carencias y las necesidades de cada uno de ellos; y por tanto, tendremos más elementos para ayudarlos. 

Después de estas reflexiones, pienso que podríamos concluir con dos ideas y un propósito. Si deseamos dar una educación de otro nivel; nosotros -profesores- debemos, en primer lugar,  buscar ser más persona: una decidida apertura al crecimiento personal. Esta apertura nos llevará a hacer que la vida de nuestros alumnos también sea distinta. Nos corresponde enseñarles la belleza de la verdad, la fuerza del saber y la realización personal que supone el servicio a los demás. Por eso, el principal aporte que podemos darles es actuar para cambiar su actitud personal.