La necesidad de entender el rol de las empresas en Latinoamérica y el enorme impacto social de las empresas virtuosas

Alejandro Fontana, PhD y Alberto Ballve, MBA

El empresario es la fuerza creadora de la economía, son co-creadores, y sin ellos las economías estarían muertas. Pepe Mujica, ex presidente de Uruguay, y quien ha sido el líder del Movimiento de Participación Popular, sector mayoritario del partido de izquierda Frente Amplio, definió al capitalismo con frases de mucho sentido común y actualidad, para ser aplicadas en nuestra región:

El verdadero enemigo es otro. Somos hijos del capitalismo. El capitalismo desató en el mundo una cosa maravillosa. Domesticó a la ciencia y la metió en el incremento de la tecnología y multiplicó el trabajo, la productividad del trabajo por todas partes y cambió el mundo. Pero, cuál es el motor de eso?: la ganancia. Lo que empuja es la ganancia… si mato la necesidad de ganar en la inversión empresarial no estoy castigando a la empresa, estoy matando el motor que permite multiplicar los panes de la sociedad… Le falta a la izquierda y al mundo comprender esto, porque todos somos capitalistas, los más supuestos revolucionarios no renuncian a las mieles que desató el capitalismo y a todas las comodidades que generó el capitalismo. Vaya contradicción la nuestra.

La contradicción que genera el capitalismo y a la que hace referencia Mujica es la de producir bienes y que estos tengan como origen el egoísmo. Sin duda, el objetivo del lucro ha traído beneficios, pero como valor único, ha fomentado desvalores sociales que deben combatirse: el mismo egoísmo, la avaricia, el puro materialismo, el cortoplacismo, la corrupción, los daños al medio ambiente, la falta de preocupación social, la indiferencia…

Pero frente a estos casos, existen muchas iniciativas empresariales con propuestas que superan el solo interés personal. En ellas, el lucro es un objetivo básico, y ha demostrado ser un buen motor, pero no es el único objetivo que se busca. Hay empresas que al ser dirigidas por personas íntegras, han nacido también para aumentar el impacto social del negocio. Y habiendo comprendido que deben neutralizar la avaricia de ciertos accionistas, hacen un balance entre sus beneficios y el aporte a la sociedad. De este modo, son empresas que muestran un rostro humano, centrado en las personas y compatible con la obtención de beneficios.

Estas empresas, a las que se puede llamar virtuosas, se apoyan en valores que deberían estar en todo ADN y comportamiento empresarial: benevolencia, ética, emprender, innovar, crear, generar conocimiento, valentía, magnanimidad, empatía, servicio, integridad, solidaridad… En el sector empresarial hay ejemplos de empresas que sirven al ser humano en forma más completa. Y el impacto social de estos ejemplos se extenderá, porque el bien es, de por sí difusivo, y porque la educación es a través de testimonios.

Las empresas que quieran sumarse a este movimiento podrían comenzar por:

  • Reconsiderar el objetivo de maximizar el beneficio del accionista a corto plazo, y la práctica de relacionar estos beneficios a unos bonos desproporcionados a sus ejecutivos.
  • Diferenciar la figura del empresario del inversionista especulador. La vocación y los valores empresariales no se identifican siempre con los que tiene un inversor en acciones o títulos.
  • Reforzar un modelo organizacional basado en una concepción completa del ser humano. Que al dirigir, se refleje mejor la naturaleza humana, que tiene necesidades que van más allá de lo económico.
  • Darle a la empresa un sentido de propósito. Un término que está emergiendo en las empresas para definir el aporte más representativo al bien común de la sociedad.
  • Definir objetivos de triple impacto: económicos, sociales y ambientales, dando prioridad similar a cada uno de ellos, y definiendo estrategias para que haya sinergias.
  • Gestionar la empresa teniendo en cuenta el interés de los stakeholders o las partes relacionadas, y ampliar así, el impacto social de sus acciones.

En Latinoamérica, hay muchas empresas con esta visión que han incrementado sus beneficios, demostrando que no hay contradicción entre ser rentable y servir a la sociedad. Hay ejemplos de empresas con rasgos virtuosos cuyos valores fueron las claves para su éxito. Pero, al igual como sucede con las personas, las empresas no son perfectas, ni amigas de todo el mundo. Viven bajo muchas tensiones y pueden evolucionar para bien o para mal. Como seres libres, el esfuerzo por no desviarse será siempre un reto. Quizás haya personas que piensen que este modo de proceder del rol empresarial no es viable, porque es muy difícil vencer la opción del corto plazo. A esta inquietud, solo responderíamos aludiendo, que por eso mismo, las llamamos empresas virtuosas.

Conclusiones

Como señala Mujica, el gran problema es que el rol de la empresa no ha sido comprendido aún por la mayoría de los actores políticos y líderes de opinión de Latinoamérica. Y ni hablemos de los partidos de izquierda… Su modo de percibir a la empresa limita y hacen estériles los esfuerzos empresariales para lograr el bienestar, y en consecuencia, no dan ocasión a que ganen en legitimidad o licencia social.

El problema es profundo, y no es solo de imagen. Si fuera así, podría solucionarse con inversión en comunicación. En Latinoamérica, hay una cultura estatista que va más allá de lo deseable y necesario, que debería ser revertida en el siglo XXI. Para muchos, aún no ha caído el muro de Berlín, y no han visualizado aún los grandes impactos que han tenido las empresas en los últimos cincuenta años.

Los gobiernos y la administración pública en la región -salvo excepciones-, no han sabido ser eficientes ni capaces de articular los controles justos y necesarios con unas reglas atractivas para la inversión. Han faltado políticas de estado favorables para el desarrollo de buenos empresarios, que permitan, en conjunto, agregar suficiente valor social. Algunos estados han caído en una corrupción estructural, y esto dificulta que se conviertan en protagonistas activos del bien común.

Esto ha generado que existan compañías privadas con virtudes; otras abusivas o con defectos; y en el extremo, casos no deseables, que no deben llamarse empresas, ni empresarios sus accionistas. No cualquiera por poner un negocio es un empresario. El verdadero sector empresarial ha fallado al no haber asumido su rol de empresas virtuosas, y al no haber trabajado lo suficiente para mejorar la narrativa de sus aportes.

Es necesario que los dirigentes políticos, sindicales, eclesiales, académicos y los mismos empresarios tomen conciencia del rol fundamental de las empresas virtuosas en la sociedad. Las empresas deben ser como “el caballo que tira del carro”, que logren sacar a la sociedad del pantano en que se encuentran nuestros países desde hace muchos años, como se ha hecho en países de distintos continentes. Esto implicará un cambio cultural en la clase dirigente, y como todo cambio, requerirá que se lleven a cabo iniciativas para lograrlo.

Si la promoción de la vocación empresarial como un factor clave en la lucha contra la pobreza, el desempleo y el bienestar social no es comprendida, ni está claro en la sociedad, le corresponde a las cámaras empresariales y a las universidades hacer una tarea de enseñanza y de clarificación de ideas a este respecto. Nos corresponde defender y promover empresas virtuosas, con el apoyo de un Estado que comparta esta visión y que busque remediar los problemas que el capitalismo pueda generar, sin apagar “el motor que multiplica los bienes”.

Muchas empresas están ya actuando individualmente en esta dirección, pero no tienen el suficiente impacto global que ayude a que la sociedad comprenda estos aportes. En este sentido, echamos de menos la existencia de voces que defiendan la actividad privada como base de la creación de riqueza. No podemos subsumir ni restarle importancia a la participación privada en la construcción de lo colectivo.

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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