¿Es válido concretar un propósito personal?

Alejandro Fontana, PhD

Últimamente, la cuestión del propósito ha llamado la atención del mundo directivo. Desde el año 2019, en este contexto, se ha dejado de hablar de la maximizar los beneficios del accionista, para discutir sobre el propósito de las corporaciones. Sin embargo, cuando los hombres de ciencias han querido trabajar en sus formulaciones, han notado que es muy difícil hacerlo si antes no se discute el propósito personal de cada uno de los directivos. En este sentido, me permito interrumpir tu actividad, y proponerte algunas ideas disruptivas -como la innovación de Christensen- como aperitivo de este viaje, que muy probablemente muy pronto harás.

            ¡A propósito!, estando a inicios de un nuevo año, el timming parece muy apropiado como para dedicarle unos minutos a esta lectura.

            Antes de empezar esta breve prueba de producto ilustrada, desearía resolver contigo una cuestión: ¿la persona humana es realmente capaz de propósito, o esto es una ilusión que nos han presentado los consultores de empresas y las Escuelas de Negocios para ofrecernos otros servicios?

            “Toda persona humana tiene una razón de ser, y esta es una pregunta que ella se hará en algún momento de su vida”, me comento Andy Wicks, un profesor de Darden, mientras almorzábamos en Charlotsville. Wicks es un profesor de Business Ethics que gusta de conversar con sus colegas, practicar jogging y disfrutar del buen vino. Además, antes de incorporarse al equipo de Edward Freeman, en Darden, él había dedicado varios años de su vida a estudiar la relación entre la religiosidad de una persona y la dirección de empresas.

            A esta sabia observación, podríamos agregar también que toda vida, aunque no parezca, es implícitamente una llamada a existir que refleja una elección. Si en el momento de la fecundación esta la hubiera hecho la célula masculina inmediata a la que lo hizo, simplemente ya no estaría cada uno de nosotros, sino un hermano nuestro, al que tampoco hubiéramos tenido la oportunidad de conocer. Pero además, la experiencia que cada uno tiene de su propia vida, le permite concluir que somos seres libres a los que nadie les preguntó si deseaban ser libres. Tenemos una capacidad de elegir, que no ha abarcado la primera elección, la elección de la propia existencia. Hasta aquí, podríamos decir que todo parece indicar que hay una razón para estar, y que esa razón hay que descubrirla.             Sigamos adelante con nuestras observaciones. Cuando un nuevo ser humano aterriza en tierra, vemos que requiere una serie de protecciones y ayudas, y además, por un buen tiempo. Al mismo tiempo, observamos que esto no se da en los otros seres que pueblan la tierra. Ahora, no solo se da esta necesidad, sino que para satisfacerla, hay un plus que proviene de la producción de los  seres humanos mayores, que lo entregan gratuitamente. El

ser humano, a diferencia de los demás, es un ser donante; tiene la capacidad de producir no solo para asegurar su existencia, sino también la de aquellos otros que lo requieren.

            Con estas consideraciones, pienso que podemos responder la pregunta que nos habíamos hecho al inicio: efectivamente, el hombre es un ser capaz de propósito, porque es alguien cuya existencia responde a una razón de ser. Y como ampliando esta afirmación, podríamos agregar: el descubrimiento de esa razón de ser es al mismo tiempo la respuesta más radical a la capacidad de dar que le es innata.

            Y entonces, ¿por dónde hay que empezar a buscar el propósito personal? Tenemos dos opciones: ponernos a pensar en cómo nos hacemos mejores a nosotros mismos o nos abrimos a las necesidades de los demás. Si el acento lo ponemos en el desarrollo de la propia personalidad, aunque no parezca, nos despistamos rápidamente. Frankl afirma que la autorrealización es un subproducto, que nunca se alcanza cuando se busca. Es decir, el camino directo no llega a puerto. Por eso, en todas las decisiones que tomemos, y aunque lo veamos como irrelevante, hay que estar atento a las intenciones que nos mueven.

            La otra vía sí llega a puerto. El resultado de la cuestión por el propio propósito es distinto cuando se va por la vía de buscar resolver las necesidades de los demás seres humanos. Y aquí, conviene poner el acento en las últimas palabras de esta sentencia. Es muy distinto atender una mascota o sentir pena por un pequeño animal abandonado, que preocuparse por otros seres humanos. En el caso de los primeros, nuestra salida de sí mismo topa con un límite: hemos entregado algo a algo, no a alguien. El alguien tiene la posibilidad de proyectar dicha acción de entrega al infinito: puede hacerlo con otro, y ese otro con un tercero, y así hasta toda una cadena que no se agotará nunca. Una acción que sale de un ser humano y que se proyecta sobre otro ser humano, es como una estrella que se sembró en el firmamento al inicio de los tiempos, brillará por siempre sobre muchos, muchos seres más. La fecundidad de haber salido de uno mismo, seguirá siendo actual siempre.

            Por eso, conviene plantearse la cuestión del propósito personal. ¿A qué estoy llamado? ¿Por qué estoy aquí? Y saber que la respuesta está vinculada con el contexto humano y social que nos rodea…

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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