La atención de nuestros hijos: una responsabilidad que comienza en casa

Alejandro Fontana, PhD

Los directivos suelen preocuparse por desarrollar en sus empresas una cultura que favorezca la concentración, el pensamiento crítico, la capacidad de análisis y la toma de buenas decisiones. Sin embargo, esas mismas capacidades que consideramos indispensables para el futuro profesional de una persona pueden estar debilitándose desde la infancia debido al uso excesivo de pantallas.

Clare Morell, en The Tech Exit: A Practical Guide to Freeing Kids and Teens from Smartphones, advierte que el problema no se limita al teléfono móvil. Las computadoras portátiles, las tabletas, los Chromebooks y otros dispositivos presentados como herramientas educativas también pueden interferir con el aprendizaje. Durante los años en que los colegios y los gobiernos impulsaron programas para entregar un dispositivo a cada estudiante, los resultados de matemáticas y lectura en Estados Unidos no mejoraron. Por el contrario, la tendencia descendente ya se había iniciado antes de la pandemia.

La inversión en tecnología, por sí sola, no garantiza una mejor educación. Los estudios sobre los Programas de Una Computadora por Niño, en USA, encontraron que el mayor acceso a equipos e internet no aumentó los años de permanencia en el sistema educativo ni la participación posterior en estudios superiores. Del mismo modo, Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE citado por Morell, observó que algunos de los sistemas educativos con mejores resultados, especialmente en Asia oriental, han sido prudentes al introducir tecnología en las aulas. Los estudiantes que utilizan computadoras y tabletas con mucha frecuencia tienden a obtener peores resultados que quienes las utilizan con moderación.

El problema no consiste únicamente en qué contenido observan los niños, sino en lo que el medio digital hace con su manera de atender. La atención es una capacidad profundamente humana. Permite detenerse, comprender, relacionar ideas, contemplar la realidad y descubrir su significado. Como cualquier capacidad, necesita ser cuidada, ejercitada y cultivada.

Las pantallas, sin embargo, acostumbran a la mente a la novedad constante. Maryanne Wolf, directora del UCLA Center for Dyslexia, Diverse Learners, and Social Justice, advierte que su uso intensivo puede impedir que los niños desarrollen una alfabetización plena. La lectura digital favorece el escaneo rápido, el salto entre estímulos y la búsqueda de información inmediata. La lectura profunda, en cambio, exige lentitud, esfuerzo, memoria, interpretación y reflexión.

Los estudios citados por Morell muestran que los estudiantes que leen un texto impreso comprenden mejor que quienes leen el mismo texto en una pantalla. Investigaciones realizadas con resonancia magnética también han encontrado circuitos neuronales de lectura más sólidos en los niños que pasan más tiempo leyendo libros impresos. Los neurocientíficos educativos del Teachers College de Columbia University encontraron, además, que la lectura en papel permite relacionar mejor lo leído con nuevos conceptos y construir redes de significado más ricas.

Algo semejante ocurre con la escritura. Escribir a mano ayuda a reconocer mejor las letras y favorece la memorización de las palabras. Sustituir prematuramente el lápiz y el papel por teclados y pantallas puede debilitar algunos de los procesos básicos mediante los cuales el niño aprende a leer, escribir, recordar y pensar.

Resulta significativo que algunos profesionales de empresas tecnológicas de Silicon Valley envíen a sus hijos a colegios que limitan la tecnología. Morell menciona la Waldorf School of the Peninsula, a la que asisten hijos de trabajadores de compañías como Google y Apple. En esa escuela se privilegian las actividades prácticas, la experiencia directa, los libros y el trabajo manual, mientras que la tecnología se incorpora de manera restringida durante la educación secundaria.

También es ilustrativo el caso de la doctora Sandra Cremers. Ella y su esposo defendieron inicialmente la incorporación de más pantallas en el colegio de sus hijos. Sin embargo, después de atender a numerosos pacientes jóvenes con sequedad ocular crónica asociada al uso de dispositivos, modificó su posición y comenzó a valorar la educación con poca tecnología que recibían sus propios hijos.

Sin embargo, los padres no pueden pedir a sus hijos que abandonen el teléfono durante la comida si ellos mismos lo mantienen sobre la mesa. Tampoco pueden reclamarles que lean, conversen, hagan deporte o disfruten del silencio, si durante su tiempo libre, los adultos permanecen pendientes del correo, las noticias, las redes sociales o los mensajes de trabajo.

El ejemplo familiar resulta más educativo que cualquier norma. Reducir las pantallas no puede limitarse al horario de estudio. También es necesario recuperar formas de descanso que reconstruyan la atención: leer un libro, conversar sin interrupciones, caminar, practicar un deporte, escuchar música, trabajar con las manos o simplemente aprender a permanecer en silencio.

Proteger la atención de los hijos no significa rechazar la tecnología. Significa utilizarla con criterio, subordinándola al desarrollo integral de la persona. La primera decisión no corresponde al colegio ni al Estado. Comienza en el hogar, cuando los padres muestran con su propia conducta que la realidad, las personas y la conversación merecen una atención que ninguna pantalla debería interrumpir.

Fuente principal

Morell, C. (2025). “Getting Rid of Other ‘Educational’ Screens”. En The Tech Exit: A Practical Guide to Freeing Kids and Teens from Smartphones (pp. 136–140).

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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