La responsabilidad moral en unas elecciones presidenciales

Estimados amigos:

Me dirijo especialmente a quienes alguna vez compartieron conmigo un aula, a quienes enseñé y a quienes animé a tener una preocupación por el desarrollo del Perú. Quiero proponerles una reflexión serena. No escribo desde una militancia partidaria: nunca la he tenido. Escribo desde la inquietud de quien ha enseñado durante más de terinta años, de quien ha trabajado con jóvenes universitarios o profesionales;  y de quien, desde 1991, ha procurado mirar el país no solo desde Lima, sino también desde sus zonas rurales, sus comunidades olvidadas y sus familias que esperan oportunidades reales, en los diversos programas sociales que tuve la suerte de organizar.

He visto de cerca la pobreza rural. La he visto en pueblos que necesitan caminos, agua, desagüe, salud, asistencia técnica y mercados. También he visto la dignidad de muchas familias que no piden privilegios, sino condiciones mínimas para trabajar y progresar. Por eso me preocupa que, en momentos electorales difíciles, el discurso de la reivindicación social pueda convertirse en una herramienta de manipulación. No todo el que habla en nombre de los pobres trabaja realmente por ellos. No todo el que promete justicia social sabe construirla.

Algunos podrían pensar, que si ninguna de las dos opciones convence plenamente, lo mejor es no votar, votar en blanco o viciar el voto. Entiendo esa reacción. A veces nace del cansancio, de la decepción y del deseo de no sentirse responsable por ninguno de los caminos posibles. Pero en una segunda vuelta esa postura puede ser moralmente insuficiente. Cuando el país debe escoger entre dos alternativas reales, retirarse de la decisión no elimina sus consecuencias. Solo deja que otros decidan.

Quienes hemos recibido mayor formación tenemos una responsabilidad especial. No porque valga más nuestro voto, sino porque hemos tenido más oportunidades para analizar, contrastar información y distinguir entre un discurso atractivo y una propuesta viable. Si las personas con más formación se inhiben, el espacio público queda más expuesto a la emoción, al resentimiento y a las promesas que no se cumplirán. La neutralidad, en ciertos momentos, puede terminar favoreciendo justamente aquello que más nos preocupa.

Hay que mirar, por tanto, la calidad moral y política de quienes piden gobernar. La preocupación por los más débiles no se prueba en el mitin, ni en la frase emotiva, ni en la promesa de campaña. Se prueba cuando aparece una persona concreta que necesita verdad, cuidado y responsabilidad. Por eso el caso de Dante Castro Arrasco resulta especialmente grave como señal moral. Si la familia de un candidato fallecido en la actividad de campaña del Sr. Sánchez denuncia falta de información básica y falta de acompañamiento suficiente, la pregunta no es solo jurídica. La pregunta es humana: ¿cómo tratará a los débiles quien no responde adecuadamente ante el dolor de los suyos?

También debemos atender a la relación entre palabra y conducta. Una persona pública que cambia de posición según el auditorio puede generar dudas razonables sobre su confiabilidad. Si primero cuestiona duramente la autonomía técnica del Banco Central y luego se muestra dispuesto a garantizar continuidad para dar tranquilidad, el problema no es que rectifique. Rectificar puede ser bueno. El problema es no saber si la moderación nace de una convicción real o de una conveniencia electoral. En economía, la confianza no se construye con frases de último momento, sino con consistencia en palabras y acciones.

Lo mismo ocurre con las cercanías políticas. No se puede hablar de democracia, y al mismo tiempo, relativizar los vínculos con quienes han defendido caminos autoritarios como los de Nicaragua, Cuba y  Venezuela. No se puede pedir confianza democrática mientras se reivindica políticamente a figuras como Antauro Humala vinculadas a intentos de quiebre institucional. El Perú ha sufrido demasiado por la improvisación, la movilización social ideológica y la idea de que las reglas pueden cambiarse desde el poder para beneficio de los propios.

Algunos dirán: “Démosle una oportunidad”. Pero la prudencia exige otra pregunta: si tuvieras que entregar tu casa, tus ahorros, tu patrimonio familiar y el futuro de tus hijos a un grupo de personas, ¿lo harías si has visto señales reiteradas de contradicción, ambigüedad o falta de responsabilidad? El Perú es nuestra casa común. No podemos entregarlo a manos no confiables solo por cansancio, protesta o ilusión momentánea.

También conviene ser justos con el otro lado de la elección. Hay heridas, errores y recuerdos difíciles. Nadie debe pedir un voto ingenuo. Sin embargo, hay momentos en los que la política exige elegir no entre lo perfecto y lo malo, sino entre lo riesgoso y lo menos riesgoso; entre lo incierto y lo más gobernable; entre una promesa de ruptura y una posibilidad de orden. En 2006, muchos peruanos vivimos un dilema semejante. Alan García llegaba con el peso de un primer gobierno desastroso, pero muchos pensamos que podía intentar corregir su historia. Y su segundo gobierno, con sus limitaciones, fue eso: fueron años de crecimiento económico y mayor estabilidad, donde el nivel de pobreza descendió sustancialmente y donde hubo orden en el gasto público.

Esta situación me lleva a incorporar en esta reflexión un concepto que para muchos puede ser desconocido. En las familias tradicionales japonesas, el honor no se entiende solo como una cualidad individual, sino como un bien familiar que compromete el nombre, la memoria y la continuidad de la casa. Por eso, cuando un miembro de la familia comete una falta grave o provoca una deshonra pública, la vergüenza puede sentirse como algo que afecta también a los descendientes, no porque estos hereden jurídicamente la culpa, sino porque heredan una responsabilidad moral de cuidar el apellido, reparar la confianza dañada y mostrar con su propia conducta que la familia puede volver a ser asociada con los conceptos de rectitud, disciplina y respeto.

No puedo afirmar que una herencia cultural garantice una conducta política. Pero esta realidad de un deber moral y la experiencia vivida en la segunda elección de Alan García, me parece que deberían pesar más en nuestra decisión. Mi invitación es sencilla: no votemos desde la rabia, ni tampoco desde la comodidad de lavarnos las manos. Votemos pensando en el país real: en quienes necesitan trabajo, seguridad, caminos, salud, inversión, educación y un Estado que funcione.

Cuando ninguna opción entusiasma, la madurez consiste en elegir con seriedad. El voto no siempre expresa adhesión plena. A veces expresa responsabilidad frente al daño que queremos evitar y frente al orden que necesitamos reconstruir. El Perú lleva demasiados años de desorden. No podemos permitirnos decisiones tomadas con ligereza.

Un abrazo a la distancia.

Alejandro Fontana

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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