Es mejor aprender en cabeza ajena, que otros aprendan en la cabeza de uno

Alejandro Fontana, PhD

El incidente protagonizado por William Smith y Chris Rock, el pasado domingo 27 de marzo, en la Ceremonia de entrega del Oscar ha generado comentarios a favor y en contra de la reacción de Smith. No es raro que exista, por tanto, un cierto desconcierto con relación a la calificación del hecho.

El incidente ha traído una serie de consecuencias. Inmediatamente después de la acción de Smith, los ejecutivos de la Academia le pidieron a Smith que abandonara el local, pero él se rehusó. El Departamento de Policía de Los Ángeles estaba preparado para arrestar a Smith tras el hecho, y ha seguido pendiente de la presentación de una demanda para arrestarlo, pero Rock no lo ha hecho. De otro lado, los comediantes y los actores de roles semejantes se han mostrado inquietos por el hecho, y están a la expectativa de las medidas que la Academia de Arte y Ciencias tome contra Smith.    

El día de ayer, Smith ha presentado su carta de renuncia a la Academia, recogiendo en ella que deja la Academia con el “corazón roto”, que ha respondido de modo directo a la notificación de la Academia, y que aceptará todas y cada una de las consecuencias de su conducta.

Sin juzgar el hecho y menos a las personas, -estamos muy lejos de ellos y no tenemos la información suficiente para hacerlo- pienso que de este hecho público en sí-repito, sin violentar el fuero interno de las personas- podemos sacar criterios y aprendizajes para nuestra labor directiva en las empresas, y en general, para nuestra actividad profesional. Como ha comentado el Prof. Sellés, “es mejor aprender en cabeza ajena, que otros aprendan en la cabeza de uno”.

En las relaciones profesionales, hemos de cuidar el nivel de ironía. Una cosa es dejar en outside un comentario o una opinión de un colega; y otra cosa es ridiculizar un gesto, hacer referencia a un defecto físico o despreciar a la persona. En ocasiones, consideramos que la vía cómica es un canal abierto para las críticas, y se lanzan por este medio -con la justificación de que nos hace reír- comentarios hirientes para los demás. Esto no es nada adecuado, y es más bien una señal de pocas virtudes sociales.      

Tampoco es viable que alguien pierda el control de sí mismo. Y menos aún, si se trata de quien ocupa una posición de nivel C o es miembro del directorio. Esto se debe vivir, aunque se esté enfrentando una actitud ofensiva de otro: un subalterno o un colega. Un directivo no puede perder los papeles, porque para dirigir a los demás, en primer lugar, hay que dirigirse a sí mismo. No saber dirigirse a sí mismo, descalifica para dirigir una organización.

Somos seres sociales: no vivimos solos; sino que vivimos con, y esto nos obliga a educar nuestro temperamento y adquirir un carácter apropiado para la vida social. De allí la importancia que ha adquirido en el contexto empresarial el concepto de inteligencia emocional (EI), hasta el punto de llegar a decir, que en este contexto, el factor EI es mucho más relevante que el factor Intelligenz quotient (IQ).

Algo de lo que también debemos ser conscientes es que una actuación ofensiva de un tercero no justifica nunca una respuesta ofensiva. Dicho de modo más general: el que alguien haya actuado previamente mal no justifica que uno pueda actuar mal. Con otro error, no se resuelve un error previo; al contrario, la situación empeora. Y es el mismo criterio el que deberíamos seguir cuando observamos que en nuestro sector se ha extendido una conducta negativa: la adulteración de un insumo en la producción; el uso de estímulos económicos para agilizar los trámites públicos; etc.

Alguien podría comentar que no seguir estas prácticas es perder competitividad. Es cierto que estas prácticas son eficaces en el corto plazo, y además, que parecen inofensivas. Pero en la realidad, no son ni serán una fuente de competitividad, porque la competitividad se apoya en lo real: en las capacidades desarrolladas por la organización humana; o las posibilidades y oportunidades que brinda el territorio donde se opera: geográficas, de clima, de infraestructura, etc. Estas prácticas, en cambio, son cortocircuitos que no desarrollan capacidades, sino que más bien, profundizan cada vez más las deficiencias del contexto -territorio- donde se opera.

Y una última reflexión. La familia tiene un valor tan potente, que quienes no lo han conocido, y por algún motivo lo descubren, arrebata y pasa a pesar más que muchos otros bienes. Este ha sido el caso de William Smith. El mismo comentó que recién había descubierto el valor de la familia cuando llevó a cabo el papel de Richard Williams en la película King Richard.  

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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