El descanso: ¿qué significa para nosotros?

Alejandro Fontana, PhD

Descansar es para algunos un arte. Un famoso médico americano que trabajaba con mucha intensidad durante la semana, solía decir que solo sabe descansar quien ha trabajado con intensidad. Sin duda, es algo que muchos desean. Pero la realidad también nos dice que es un estado que no todos consiguen.

El adolescente se caracteriza por no saber qué hacer con su tiempo. Eso sí, reclama que se respete su tiempo. Siempre está pensando en descansar; sin embargo, no suele conseguirlo. La falta de actividad le inquieta, pero cuando está en una actividad de descanso, piensa que sería mejor estar en otra. Y como no está seguro si eligió bien, no descansa.  

Al llegar la juventud, la experiencia es distinta.  La persona joven suele sumergirse en una actividad laboral y profesional. Surgen las urgencias: todo debe ser para hoy. Además, hay adrenalina, y uno se entusiasma con la actividad. Se trazan objetivos exigentes; se quiere producir más, hasta el punto de que agobia la falta tiempo. Y no suele encontrarse tiempo para el descanso; y si se consigue algo, se queda inquieto, porque al igual que al adolescente, le preocupa no estar en lo que debería. Suele pensar que otras actividades serían más necesarias, y esto le pesa.

El inicio de la madurez supone un dominio mayor del tiempo. Uno reconoce que la persona humana es un ser histórico, y por tanto, que sus actividades deben seguir un devenir. No es posible decidir y conseguir la ejecución en un mismo acto; tampoco que varias actividades se hagan al mismo tiempo. Uno se da cuenta que es un ser secuencial -incluso la mujer, que aunque tiene una capacidad natural para estar en varias pistas al mismo tiempo- que requiere separar las actividades. Esto es algo que la sabiduría popular ha constatado: “quien mucho abarca, poco aprieta”. O el famoso, “despacito y buena letra: el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas”.

La etapa de madurez humana también se caracteriza por el orden, y en sus diversas manifestaciones: el dominio del espacio, del tiempo, y muy especialmente, el reconocimiento de los propios compromisos y la prioridad de acciones que estos demandan. La madurez también permite reconocer las limitaciones personales, y entonces, prevé el modo de proceder para evitar urgencias y descontrol.  Por ejemplo, el que ha aprendido que no puede confiar en su memoria, sabe que debe tener una lista impresa de pendientes. Como consecuencia de haber desarrollado estas capacidades, la persona madura tiende a vivir en un estado de tranquilidad, incluso, con una agenda apretada. Es alguien que ha aprendido a descansar de modo ordinario; o mejor dicho, que ha aprendido a no cansarse excesivamente.

El cansancio tiene varias fuentes. En primer lugar, y lo más inmediato es el cansancio que proviene de nuestra naturaleza. Luego de estar varias horas concentrado en un informe, o de atender intensamente un comité por Zoom, uno siente la pesadez de la cabeza. Por supuesto, que aquellos que han practicado algún deporte regular y disciplinado de adolescentes son capaces de aguantar más. Sin duda, su organismo está más preparado para una actividad exigente.

Al mismo tiempo, uno descubre que el cansancio no solo es físico, o psíquico: el aburrimiento, o el sentirse inútil. La inteligencia, a pesar de ser una potencia espiritual, también se cansa. Le ocurre esto cuando está en el error y no encuentra el camino hacia la verdad. Le supone un estado de inquietud, o porque aún no llega a la verdad o porque no quiere aceptar la verdad. Y esta inquietud la cansa.

Algo semejante ocurre cuando la voluntad se atora en un vicio; y a mayor profundidad del hábito, mayor cansancio. La persona que ha caído en el consumo de estupefacientes tiene mucha dificultad para descansar. Y lo mismo le ocurre a quien se deja llevar por el consumo excesivo de alcohol, o una fuerte dependencia del impulso sexual. En todos estos casos, la falta de enfoque de esta potencia espiritual genera un cansancio.

Como ya hemos examinado dos fuentes de cansancio, creo que podríamos pasar a la tercera que es más profunda: el alejamiento voluntario del Creador.

La trascendencia que tanto vemos necesaria para darle sentido a la vida humana reclama el reconocimiento de un vínculo con el Creador. La carencia de esta relación genera una inquietud; y a mayor lejanía, mayor es la inquietud.

A lo largo de la historia, ha habido muchas personas que han resuelto la cuestión de esta inquietud. Y lo que llama la atención es la capacidad de hacer y el empuje que han tenido durante sus vidas. Han sido personas que han sabido encontrar el descanso a una inquietud más profunda. Agustín de Hipona, un pensador del siglo V, lo expresó de una manera muy clara: “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Podríamos,  por tanto concluir, que el auténtico descanso tiene mucho de paz: en la inteligencia, en la voluntad, y… en el corazón.        

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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