Directivos adolescentes: el paso de la autoconsciencia de la sensibilidad a la autoconsciencia de la racionalidad

Niño adolescente. Imagen cortesía de Pixabay

Alejandro Fontana, PhD

Una problemática frecuente en nuestros días es encontrarnos con muchos colaboradores e incluso colegas en quienes aún prima la dependencia a lo sensible en el gobierno personal, en lugar de una motivación racional. Frases como: “ese tema no me gusta”, “no me siento bien”, “estoy aburrido”, “me desanima tanta gestión” son bastante frecuentes; y si no se usan, lo que vemos es una actitud que se caracteriza por sus equivalentes.

Sin embargo, este tipo de comportamientos no nos deben llamar la atención excesivamente. La persona humana es un sujeto que pasa, a lo largo de una parte de su vida, por un proceso de cambio en el eje de su autoconsciencia. En concreto, pasa de una conciencia basada en la sensibilidad a una basada en lo racional.

Cuando un bebé llega al mundo, su contacto con el entorno se hace enteramente a través de sus sentidos; y no todos al mismo tiempo, sino unos primero y otros después. Por ejemplo, al inicio no abre los ojos, pero siente y oye. Reconoce, fácilmente, el sonido de los latidos del corazón de su madre -los mismos que ya percibió cuando aún estaba en su seno. Y luego, cuando abre sus ojitos, su mirada lo observa todo con atención, y cada vez va siendo más consciente de dónde está, qué debe hacer para comer, cómo puede llamar la atención, etc.

En la persona humana, por tanto, el ingreso a la autoconsciencia se da por la puerta de la sensibilidad; pero de allí debe seguir avanzando, y este avance supone un cambio de fuente de la autoconciencia, pasar de la sensible a lo racional.  En concreto, este paso caracteriza una etapa de la vida, la adolescencia, el momento donde se produce esta crisis de crecimiento.   

Junto con el asentamiento de la racionalidad como fuente de autoconsciencia, en este momento también se da el despertar de la voluntad como capacidad para perseguir unos bienes que ya no son sensibles, sino que poseen un carácter de bondad que ha sido descubierto, precisamente, por la inteligencia; y que de ordinario, no son inmediatos, sino lejanos; y que exigen un esfuerzo; y que además, deben competir con aquellos otros bienes que siendo sensibles, son inmediatos, y que se presentan, en este momento, con todo el fulgor de su atractivo. La adolescencia es, por tanto, la etapa de la vida donde nacen los conflictos entre bienes pequeños y grandes; inmediatos y lejanos. Y este conflicto es el que genera las crisis que observamos en los adolescentes.

Pero, ¿en qué radica la importancia de esta crisis?

Este paso es crucial para la persona humana, porque el ser humano para sobrevivir -a diferencia del resto de seres en la naturaleza-, no se adapta al ambiente; sino que, más bien, adapta el ambiente a sus características naturales, y esto lo hace a través de su trabajo. Ahora bien, las facultades de la naturaleza humana que permiten el trabajo son, precisamente, la inteligencia y la voluntad. De allí la importancia del desarrollo de estas facultades, y que ellas sean las que definan las decisiones personales. Y ¿cuál es el principal peligro en este proceso de maduración personal, de paso de una autoconciencia basada en lo sensible a una fundamentada en la racional?

El peligro en esta maduración interior, no externa o física, es que el individuo se quede a mitad de camino, y siga viviendo aún con una dependencia grande a lo sensible. Es decir:

  • Tiene ideas en su intelecto, pero estas son débiles; no terminan de definir su actuación, y sigue escuchando mucho las advertencias y consejos de sus sentidos externos e internos.
  • Posee una voluntad que acepta el esfuerzo como un medio necesario, pero que al mismo tiempo lo rehúye, y lo esquiva lo más que puede. Reconoce que es bueno, pero es un camino que le cuesta mucho, y que por tanto, no es imprescindible recorrerlo. En todo caso, más adelante; pero ¡hoy, …mejor no!
  • Una dependencia muy marcada a cómo se siente: “no estoy animado”, “no sé que quiero”, “estoy cansado”, “no sé si estoy deprimido”, “me aburro…”

De hecho, si tienes hijos adolescentes, habrás visto este tipo de reacciones con frecuencia. Lo que debemos señalar, ahora, es que de este estado conviene salir pronto, porque es fácil que se extienda si no se reacciona, y que nos encontremos, en la empresa, con directivos adolescentes.

Las facilidades y comodidades que nos ofrece nuestra sociedad y un conocimiento poco adecuado de la naturaleza humana por parte de los padres de familia y educadores están favoreciendo que la adolescencia se extienda, incluso, más allá de los 40 años, y a parejas con hijos. Se trata de personas dependientes de su propia sensibilidad, y como consecuencia, dependientes también de los recursos y medios de sus padres. Una madre de familia joven comentaba en una ocasión: “en mi casa yo no cocino; mi mamá me trae todos los sábados por la noche la comida para toda la semana”.

Y para salir de esta crisis de crecimiento personal, ¿qué conviene hacer?

En primer lugar, ser consciente que es una fase del desarrollo humano; que es una crisis de crecimiento personal; y que, por tanto, cuando se presenta en dimensiones acotadas, no debe extrañarnos, ni hacer que nos sintamos mal. Si en cambio, la percepción es que se ha escapado de contexto, será necesario pedir ayuda.

En segundo lugar, que es necesario que de modo personal se dé el paso del cambio de criterio de la autoconciencia: activar la inteligencia y la voluntad. Para esto, razonar las alternativas antes de decidir; y marcarse metas a cumplir, es decir, desarrollar la voluntad. El Prof. Joan de Dou, responsable del curso sobre Self-Management en el IESE, nos sugería a un grupo de profesores del PAD Escuela de Dirección la conveniencia para la madurez de la personalidad, de contar con un pequeño horario diario y una agenda semanal. El horario debía consistir solo en seis actividades a hacer siempre a la misma hora: levantarse, desayunar, almorzar, comer, acostarnos, y alguna a libre elección. La agenda semanal consistía en fijar al inicio de la semana las seis actividades del conjunto de pendientes que debíamos intentar resolver esa semana.

Y en tercer lugar, algo que los pensadores escolásticos ya habían descubierto: que hay que dedicar tiempo a descubrir el propio fin personal, la razón del propio ser. Los clásicos griegos, y en esto se basaron los pensadores de la Escolástica, afirmaban que “el fin es lo primero en la intención, y lo último en la consecución”. Por eso, si alguien está dentro de esta crisis de crecimiento, lo conveniente es que se pregunte por su propia razón de ser, por cuál es el fin de su vida, y cuál es el aporte que se espera que él haga. Como comenta Viktor Frankl, “no importa tanto qué esperas tú de la vida, sino lo que la vida espera de ti”.    

Felizmente, siempre podemos caer en la cuenta que somos seres libres que no eligieron ser libres. Esa elección la hizo Alguien, y la hizo previa a nuestra existencia. Por tanto, a El le podemos pedir que nos ayude a ver qué espera de cada uno de nosotros, al mismo tiempo que le agradecemos habernos elegido para vivir y gozar de tantas cosas maravillosas que hemos vivido; sin duda, como el cariño desbordante de nuestra mamá.

Quizás tome tiempo descubrir este fin personal; pero una inquietud abierta por conocerlo, nos permite dar un gran paso en este proceso de cambio de una autoconsciencia centrada en la sensibilidad a una enfocada, cada vez más, en la racionalidad.     

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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