
Foto de Vitaly Gariev en Unsplash
Alejandro Fontana, PhD
Un rasgo típico del profesional joven: competente, curioso, exigente consigo mismo es que vive rodeado de inputs. WhatsApps que no terminan, Instagram como “pausa” entre tareas, noticias de última hora, videos breves, TikTok, correo, reuniones, audios. Y al final del día aparece una paradoja: el cansancio no conduce al silencio, sino a buscar más estímulos. Se confunde descanso con entretenimiento, y se busca alivio en aquello mismo que agota.
En su charla TEDx en Manchester, Chris Bailey ofrece una clave útil para entender esa paradoja. Bailey no es un moralista que condena la tecnología desde fuera; es más bien, un investigador por práctica. Canadiense, autor y conferencista, ha construido su trabajo a partir de autoexperimentos rigurosos sobre productividad, foco y calma, que luego traduce en ideas aplicables. Sus libros más conocidos: The Productivity Project, Hyperfocus y How to Calm Your Mind giran alrededor de una tesis simple: la productividad no se juega en “hacer más”, sino en gestionar atención, energía y ansiedad en ambientes de alta estimulación.
El punto de partida: no vivimos distraídos, vivimos sobreestimulados
Bailey inicia desde una experiencia cotidiana: saltaba de pantalla en pantalla desde que despertaba, y el teléfono se había convertido en el dispositivo rector de su atención. La intuición que guía su exposición es relevante: la “distracción” suele presentarse como el problema, pero en realidad es el síntoma. El problema de fondo es la sobreestimulación: la acumulación de novedades, interrupciones y micro-recompensas que deja al cerebro “encendido” de manera crónica.
Esta inversión conceptual importa. Si creemos que la distracción es el enemigo, luchamos contra episodios aislados: apagar notificaciones, prometer “mañana sí me concentro”, comprar una nueva app. Pero si entendemos que el enemigo es la sobreestimulación, la estrategia cambia: hay que bajar el umbral interno de estimulación para que el foco vuelva a ser natural, no heroico.
Dopamina y sesgo por la novedad: el cerebro aprende a pedir más
Bailey explica que el entorno digital está diseñado para explotar un mecanismo básico: el sesgo por la novedad. Cada estímulo nuevo: un mensaje, un like, un titular, un video de 20 segundos activa circuitos de recompensa; esa recompensa está asociada a la dopamina y refuerza el hábito de “revisar”. En términos prácticos, el cerebro aprende una lección: cuando la tarea se vuelve exigente o monótona, hay una salida rápida, placentera e inmediata. Y como toda recompensa frecuente, el efecto es acumulativo: cuanto más estímulo recibimos, más estímulo demandamos.
Aquí aparece un punto fino, especialmente para jóvenes profesionales: no se trata de falta de carácter. Se trata de entrenamiento. Un cerebro entrenado en recompensas rápidas se impacienta ante el trabajo profundo. La atención pierde calidad no solo, porque “algo interrumpe”, sino porque la mente ya se acostumbró a operar a saltos.
Primer experimento: restringir el teléfono para que la mente “descienda” de revoluciones
Para probar su hipótesis, Bailey se impuso una restricción radical: 30 minutos diarios de smartphone durante un mes, usados solo para funciones esenciales (mapas, llamadas, música, podcasts). Tras aproximadamente una semana, dice, su mente se ajustó a un nivel menor de estimulación. Y allí observó tres efectos: (i) aumentó su capacidad de atención y concentrarse lo sintió más fácil; (ii) generó más ideas cuando dejaba que su mente divagara libre; (iii) pensó más en el futuro y planificó mejor.
La lectura es directa: el foco no es solo una técnica de oficina; es un estado interior que depende del nivel de “ruido” que llevamos dentro. Cuando el sistema se calma, la atención se vuelve más estable y la mente recupera perspectiva temporal: no vive solo reaccionando.
Segundo experimento: el hallazgo contraintuitivo del aburrimiento
Aquí Bailey introduce la parte más provocadora de su charla. Si la sobreestimulación era la causa, había que probar lo contrario: aburrirse deliberadamente. Pidió a lectores que sugirieran actividades “lo más aburridas posible” y durante un mes se obligó a aburrirse una hora diaria: leer términos y condiciones, esperar en línea sin hacer nada, contar dígitos de pi, mirar un reloj. Al cabo de una semana, reportó los mismos efectos positivos: más atención, menos fricción para concentrarse, más ideas y mejor planificación. Su conclusión es contundente: la mejora no viene solo de “tener menos distractores afuera”, sino de estar menos estimulado por dentro, de modo que el cerebro deja de exigir una recompensa inmediata cada pocos minutos.
Este punto cuestiona un hábito cultural de los jóvenes profesionales: “me cansa lo que me aburre”. En realidad, lo aburrido no es lo que cansa; lo que cansa es la adicción a la novedad. El aburrimiento, bien entendido, funciona como rehabilitación de la atención: desprograma la necesidad de estímulos y devuelve tolerancia a la profundidad.
Scatterfocus: el valor estratégico de dejar la mente vagar
Bailey distingue entre el foco intenso (cuando se trabaja con intención) y lo que denomina scatterfocus: permitir que la mente se divague libremente, pero sin consumir estímulos externos. En ese estado: que se da al caminar, ducharse, hacer tareas manuales y simples, las ideas conectan “constelaciones” que antes no se habían conectado. El punto no es romantizar la divagación libre, sino reconocer que un profesional creativo necesita alternar concentración con descanso real: descanso que no sea dopamina barata, sino reposo cognitivo en tareas simples.
Implicaciones para el profesional joven: descansar no es anestesiarse
Si uno mira el día típico de un joven profesional, el cansancio final suele interpretarse así: “necesito desconectarme”. Pero la desconexión termina siendo una reconexión a otros estímulos externos. Bailey obliga a replantear la idea de descanso: descansar es bajar la estimulación, no cambiar de estímulo.
Esto tiene un trasfondo más profundo: la atención no es solo un recurso productivo; es un recurso existencial. Aquello a lo que prestamos atención se convierte, lentamente, en lo que somos. Un día fragmentado produce una vida fragmentada: mucha actividad, poca dirección; mucha reacción, poca deliberación. Y lo que se erosiona no es únicamente el rendimiento, sino la capacidad de decidir con libertad y con propósito.
Conclusiones prácticas
Bailey cierra con propuestas simples, que pueden leerse como un pequeño plan de entrenamiento para recuperar soberanía interior:
- Reducir la estimulación por un periodo corto y medible. Dos semanas bastan para observar los cambios. La clave es la evidencia personal: ver qué ocurre cuando el cerebro deja de “pedir” estímulos.
- Introducir micro-dosis de aburrimiento. No hace falta una hora diaria; bastan minutos intencionales sin pantalla: esperar sin sacar el teléfono, caminar sin audífonos, estar con uno mismo.
- Crear rituales de desconexión real. Por ejemplo, cortar internet por la noche o reservar un bloque semanal sin redes: una suerte de “sabbath” tecnológico. La finalidad no es ascética; es estratégica: recuperar espacio mental.
- Devolver “espacio” al día. Bailey usa una analogía elocuente: el tráfico fluye no solo por velocidad, sino por espacio entre autos. La vida intelectual también necesita “whitespace” para pensar, conectar ideas y planificar.
En síntesis, la atención se fortalece menos por una fuerza de voluntad que por la ecología del entorno y la disciplina del estímulo. No se trata de “ganarle” a las redes sociales; se trata de reeducar el umbral de la mente.
*El video está disponible en YouTube con el título: “How to Get Your Brain to Focus”, Chris Bailey,TEDx Manchester