Aquello que se nos ha dado y no percibimos con claridad

Alejandro Fontana, PhD.

En las últimas décadas estamos asistiendo a una apertura a decidir sobre el propio destino cada vez mayor. Probablemente, este sea uno de los mayores dones que hemos recibido los habitantes de este tiempo. Esta capacidad de decisión permite que cada uno de nosotros pueda desplegar todo el potencial de su libertad.

La consecuencia natural de esta situación debiera ser, por tanto, la aparición cada vez mayor de personalidades más y mejor cultivadas; sin embargo, desafortunadamente, no es esto lo que encontramos a nuestro alrededor. Muchos de nuestros contemporáneos, especialmente las generaciones más jóvenes, no consiguen cuajar en una personalidad madura, solvente y cultivada. Muchos son inestables de carácter, volubles en sus decisiones, poseen horizontes muy cortos, se manejan con criterios elementales y sus realizaciones son muy pobres.  Por ejemplo, muchos se contentan con tener una figura fitness: dedican muchas horas de entrenamiento, e incluso se muestran preocupados por la dieta alimenticia. Y todo para un resultado, que siendo importante, es desproporcionado a la dedicación de esfuerzos y tiempo, porque no es un bien que produzca un crecimiento específicamente humano.

De algún modo, los criterios para decidir sobre uno mismo se han dejado a la espontaneidad, a la moda y a lo políticamente correcto. Es más cómodo hacer lo que uno siempre ha hecho; arrastrarse por la moda no obliga a pensar; y siempre uno queda bien cuando no desentona con las normas que prevalecen en el ambiente.

Sin embargo, como menciona Peter Drucker, el éxito no se planifica. El éxito solo se consigue cuando uno está preparado para aprovechar las oportunidades que se le presentan. De modo que la gran tarea de una persona es prepararse para las oportunidades que se le pueden presentar en el futuro. Las pasadas no cuentan; en todo caso, hay que sacar experiencia de ellas, pero hay que seguir mirando hacia el futuro, y hay que hacerlo preparándose para las posibles oportunidades que surgirán.

En este sentido, Drucker sugiere que la preparación para una carrera exitosa exige responder a las siguientes preguntas: ¿cuáles son mis fortalezas?, ¿cuál es mi modo de trabajar?, y ¿qué valores tengo?

Si uno no conoce sus fortalezas no puede sacar el mayor partido de sus capacidades. Lo que hace bien, no lo hará mejor: es mucho más fácil pasar de hacer algo bien a hacerlo excelente, que pasar de hacer algo mal a hacerlo mediocre. Hay una razón de eficiencia.

Ahora bien, el mismo Drucker sugiere usar el método de feedback para conocer las propias fortalezas: cada vez que se toma una decisión importante definir cuál es el nivel al que se desea llegar. Pasado unos meses, revisar dónde se ha llegado y contrastarlo con el nivel original. En dos o tres años, uno tendrá suficiente información sobre las principales fortalezas y las debilidades de uno mismo.

Con relación al modo de trabajar Drucker sugiere que cada uno identifique las características más relevantes: si resulta fácil trabajar en equipo o de modo individual; si uno se siente cómodo como decisor o como asesor; si improvisa con facilidad o más bien requiere contar con toda la información antes de actuar; si aprende escribiendo, hablando, leyendo o escuchando. 

En tercer lugar, los valores de una persona también son determinantes. Por ejemplo, definirán que una persona se sienta cómoda en una determinada posición de una organización. No hay que olvidar lo que señala Drucker: las organizaciones también tienen valores, y para que alguien esté satisfecho en esa organización no puede haber un contraste fuerte entre sus valores y los de la organización.  Los valores son las razones de fondo por las que alguien decide algo: aquello que le obliga a moverse o dejar de hacerlo. Podrán ser éticos o no; la ética agrega una cualidad más profunda a las decisiones, pero ahora no tenemos espacio para detallarla. Lo dejaremos para otro artículo.

En todo caso, sí creo conveniente adelantar otra pregunta que también debiéramos hacérnosla cada uno: ¿cuál será mi contribución? Si tengo la oportunidad de decidir sobre mis competencias y lo que busco es el mayor desarrollo de mi personalidad, no puedo dejarme de interrogarme por lo que será mi principal contribución: aquello por lo que deseo ser recordado, como comentaba Joseph Schumpeter.

Y como esta contribución no podrá ser ajena al entorno que nos rodea,
lo que cada uno también debiera preguntarse es: ¿cuál es mi lugar?

Si el don más grande que hemos recibido los habitantes de esta parte de la historia humana es la capacidad de decidir sobre sí mismos, no está de más que echemos una mirada a cómo lo estamos haciendo.

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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