
Foto de Anni Spratt
Alejandro Fontana, PhD
Una de las realidades que probablemente más difícil nos resulte comprender es nuestra libertad. De allí se despierta el deseo de independencia, la autonomía en el propio comportamiento, el derecho a que nadie nos juzgue ni nos imponga ningún tipo de restricción. Incluso, la experiencia de libertad la identificamos con la carencia de compromisos con relación al uso de nuestro tiempo. Un fin de semana libre es aquel en el que nada está aún “escrito”: no hay ninguna obligación; y todo está disponible a lo que se presente según el momento, manteniendo, por tanto, la opción de acceder o no a la invitación que se presente.
Pero esta idea de libertad es solo una imagen ilusoria. Quien actúa así, quien no se compromete con ningún plan previo, probablemente quede de lado por las oportunidades que se le presenten; y más bien, termine siendo objeto de las decisiones de los demás.
La auténtica libertad lleva consigo la decisión oportuna; y por tanto, la necesidad de decir que NO a otras opciones. En una ocasión, a un amigo le propusieron una muy buena posición profesional en el extranjero. Como él había pasado por nuestra Escuela siendo un profesional con muy buenas aptitudes, se había planteado no moverse del país para hacer algo por el Perú. Por lo tanto, estaba frente a un dilema significativo en su vida: o seguía los planes que sus jefes le habían preparado para bien de la empresa y bien suyo yendo a ocupar una posición de alta responsabilidad en una región fuera del país, o renunciaba a la empresa, porque su posición en el país se cerraba por la reestructuración organizacional que se estaba llevando a cabo en su empresa. Finalmente, optó por lo segundo; y cuando se comunicó con su superior inmediato para decirle que no aceptaba lo que le ofrecían por unos motivos personales, este le pidió que él mismo se lo comentara al regional. Tanto su superior inmediato como el regional le habían preparado esa posición en el extranjero; y ahora que él no la aceptaba, le pedía que él mismo fuese quien se lo plateara.
En estas circunstancias, conversamos; y me comentó que ya había tomado la decisión, pero que sentía que no tenía piso, y que le dijera algo que fuese un apoyo … Fue entonces que se me ocurrió decirle algo relacionado con lo que hemos venido viendo en este artículo: únicamente las personas que son capaces de decir que NO a algo que es grande, luego son capaces de decir que SÍ a algo que es más grande aún…
Con esto que pretendo mostrar: que los seres humanos somos seres que necesitamos de los límites para definirnos como individuos autónomos. Como menciona Fabio Rosini en su libro El arte de recomenzar, así como no podemos identificar un país sin tener en cuenta sus límites, los seres humanos requerimos de unos límites para definir nuestra identidad.
Los límites son por tanto indispensables para comprender lo que es la libertad. Sin límites ni siquiera somos libres. Un buen profesional debe reconocer que su actividad profesional tiene un límite, porque además de ser profesional también es esposo y es padre de familia; o un hijo debe reconocer que hay un tiempo para el deporte, o que sus padres le agradecerán que les dedique algo de tiempo el fin de semana. Lo mismo nos ocurre con la cuestión física: debemos reconocer o que el cuerpo humano requiere dormir al menos siete horas al día, y mejor si es de noche.
Aunque a veces podemos pensar que estas limitaciones atentan contra nuestra libertad, en realidad no lo hacen: únicamente definen quien somos en ese ámbito difuso de la identidad interior. El ámbito donde cada uno debe reconocerse.
Ahora que terminamos un año y empezamos otro, quizás nos convenga repasar internamente, solos o con la ayuda de un buen amigo, estos límites que nos sirven para reconocernos. ¡Mis mejores deseos para el 2024!