El amor a la Patria

Alejandro Fontana, PhD

Hay bienes que solo se estiman cuando se pierden. Uno de ellos es el sentido de la patria. Quienes por algún motivo han perdido su condición de ciudadano de un país, han experimentado una soledad y una pérdida muy grande, quizás semejante a la que experimenta un niño cuando pierde a sus padres.

La patria es una realidad que cumple un papel semejante al del hogar; es ese terruño donde a uno se le comprende y quiere por el simple hecho de ser, y no por lo méritos muchos o pocos que posea. Por eso, una patria ofrece su cobijo sin preguntar el color, ni la estatura, ni el coeficiente intelectual. Simplemente acoge, y brinda su apoyo -en la medida de sus posibilidades: de las posibilidades de los que son mayores en la casa. Todos los que hemos tenido la gracia de nacer en nuestro país hemos recibido ciudadanía y un reconocimiento ante los demás pobladores del mundo. Y junto con ello, hemos heredado una historia: los hechos que unas vidas concretas han desplegado en este espacio, y que de una manera u otra han marcado nuestro modo y estilo de vivir.

El amor a la patria no puede dejar de reconocer que la patria impacta en la identidad personal. La patria como la familia imprimen carácter. Nuestro ser tiene un contenido peruanísimo, que solo se adquiere cuando se nace o se arraiga aquí, y sin que esto deteriore contenidos que alguien pueda haber heredado o forjado en otros espacios y tierras. La persona humana es un ser interiormente infinito, y así, está abierto a las interacciones con otras personas humanas, y es capaz de adoptar en su personalidad formas de terceros hasta hacerlas propias.

Como la primera actitud del auténtico amor es el aceptar, el amor a la patria se manifiesta en aceptar la identidad que ella nos da. Aquí no interesa si la patria que nos ha acogido es grande o pequeña; si es poderosa o débil; cultivada o incipiente; rica o pobre. Es el reconocimiento de que somos de esa nación, como lo somos de una familia, de unos padres y hermanos. De allí que el verdadero amor a la patria se acompañe, de un lado, por el conocimiento de la realidad -tal como fue-; y de otro, no exista un juicio crítico y superficial de los hechos pasados. Algo propio de quienes se juzgan mejores que los antepasados, porque ellos saben lo que debió hacerse, y olvidan que “después de la guerra, todos somos generales”.

Y nuestra identidad peruana no puede construirse al margen de la realidad: los peruanos somos hijos de extremeños, andaluces, castellanos, aragoneses, tallanes, chachapoyas, huancas, quechuas, aimaras, mochicas y chimúes en primera instancia; y luego, de otras culturas con el resto de las migraciones, formando así una mixtura que solo el amor humano puede imaginar. No debemos dejar de tener presente, que en una de las primeras normas de la Corona de Isabel y Fernando fue la promoción de los matrimonios entre españoles y mujeres indias, y entre indios y mujeres españolas.

El amor a la patria supone también una inquietud por conocer la verdad sobre nuestra historia, y no quedarnos con lo que intereses particulares muestran. Debemos estar atentos a ellos no nos cambien la narrativa. Durante mucho tiempo, intereses extranjeros han distorsionado la realidad española con la llamada Leyenda Negra. Solo a modo de ejemplo: la conquista del imperio Inca y del imperio Azteca no fue una obra solo de españoles; fue una alianza entre ellos y los pueblos indígenas sojuzgados por los gobernantes de ambos imperios. Los Chachapoyas: los habitantes de lo que hoy llamamos Kuelap, lucharon junto a Francisco Pizarro contra Atahualpa.

El amor a la patria también debe percibirse en el cuidado del bien común, de la infraestructura pública, del ornato de nuestras ciudades, de sus parques y avenidas; y por supuesto, del ambiente en las vías públicas. Todo lo que podamos hacer por mejorar nuestro civismo construye más patria.

Y un elemento que nunca puede faltar en el amor a la patria: la preocupación por los débiles de nuestro país. Dicho así, todos podemos ocuparnos de otros. Esto es una parte importante del sentido de la patria. Por eso es que muchos extranjeros se hacen completamente peruanos, porque viven y buscan la mejora de nuestros compatriotas más necesitados. Estoy seguro que se nos vienen muchos nombres a la mente; hoy solo quiero mencionar tres: Adolfo Cazorla y su preocupación permanente por las mujeres aimaras; Willen van Immerzeel, fundador de Pachamama Raymi, que ha cambiado la vida de muchos compatriotas nuestros en el interior del país; y Richard Graeme, el primer CEO de Gold Fields, que le dio una oportunidad nueva a Hualgayoc y a muchas comunidades de esa zona.    

Publicado por Alejandro Fontana

Profesor universitario, PhD en Planificación y Desarrollo,

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